Actualizado hace 9 minutos
Con la llegada del buen tiempo y el calor, nuestra rutina cambia por completo. Pasamos más tiempo fuera de casa, organizamos comidas al aire libre y, si no prestamos atención, descuidamos algunas normas básicas de higiene. El verano es la época del año donde los casos de intoxicación alimentaria más se disparan, y no es por casualidad. El calor es el caldo de cultivo ideal para que bacterias tan comunes como la Salmonella, el Campylobacter o la E. coli se multipliquen a toda velocidad en los alimentos.
Protegernos de ellas es una tarea que no requiere que condicionemos toda nuestra rutina a ello, sino aplicar el sentido común y tratar algunos alimentos perecederos con más cuidado. La cadena de frío es, de base, el eje central de la conservación de todo alimento fresco. Cuando compramos en el supermercado o en el mercado, los alimentos perecederos no deberían pasar más de una hora expuestos a la temperatura ambiente.
Una mujer abre la puerta de una nevera llena de alimentos.
Llevar una bolsa isotérmica en el coche es un hábito que nos puede evitar disgustos, y que nos asegura que carnes, pescados y lácteos lleguen a la nevera en buenas condiciones. En cuanto a la nevera, esta debe estar siempre por debajo de los 4°C para frenar el desarrollo microbiano.
La higiene y el peligro cruzado
Muchas veces el problema no está en el alimento en sí, sino en cómo lo manipulamos. El lavarnos las manos con agua y jabón antes de ponernos a cocinar sigue siendo la barrera de defensa más eficaz a nuestro alcance. Sin embargo, el error más frecuente en las cocinas de nuestros hogares es la contaminación cruzada. Esto ocurre cuando los líquidos de una carne cruda o un pescado que no ha sido cocinado entran en contacto con alimentos que ya están listos para consumir.
Para evitarlo, es fundamental que usemos tablas de cortar y cuchillos diferentes para los productos crudos y los cocinados, o lavarlos a conciencia entre uso y uso. Asimismo, un error clásico del verano es dejar reposar la comida cocinada encima de la encimera para que se temple antes de meterla en el frigorífico. En verano, los platos preparados deben guardarse en la nevera en un plazo máximo de dos horas, o incluso de una sola hora si la temperatura ambiente es mayor a los treinta grados.
Las salsas caseras y las comidas al aire libre
Las barbacoas, los días de piscina y las excursiones al monte son momentos propios de cualquier verano, pero también los de mayor riesgo para la seguridad alimentaria. Si vamos a llevar comida preparada fuera de casa, las clásicas tortillas de patatas y las ensaladillas rusas con mayonesa casera deberían quedarse fuera del menú. El huevo crudo es un alimento que no se lleva nada bien con el calor; por ello, para las salidas es obligatorio recurrir a salsas comerciales pasteurizadas y transportar siempre los platos en una nevera portátil bien provista de bloques de hielo. Además, es recomendable abrirla solo lo imprescindible para que no pierda temperatura.
Por otro lado, cuando preparamos carnes a la brasa en una barbacoa, debemos asegurarnos de que el calor llegue al interior del producto. La cocción completa de la carne es la única manera de garantizar que cualquier bacteria sea destruida. La carne picada de las hamburguesas o las pechugas de pollo nunca deben quedar crudas o sonrosadas en su interior.