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Ni el mismísimo rey de Castilla, Alfonso X el Sabio, ha osado perderse este sábado el mercado de antaño de Artziniega. No en vano, fue él quien, allá por 1272, le concedió la Carta Puebla que la convirtió en Villa, otorgándole una identidad jurídica y económica única con la que, entre otros privilegios, obtuvo exenciones de ciertos impuestos (o facilidades en su recaudación) y una regulación de los mercados que la impulsó como un punto estratégico clave en las rutas comerciales entre Castilla y los puertos del Cantábrico.
Así, 754 años después, la Corona ha hecho acto de presencia (mediante un actor, se sobrentiende) en lo alto de la Torre de Ortiz de Molinillo y Velasco (en breve reabrirá como alojamiento turístico) para pregonar las bondades de su protegida -declarada Conjunto Monumental por Gobierno Vasco en 1998- y dar la bienvenida a las decenas de vecinos y foráneos que, a eso de las once de la mañana, se agolpaban en Hiriko Atea, prestos a disfrutar de un gran día de mercado con sabor añejo.
Tañido múltiple de cuerno a los pies de la parroquia
No en vano, esta cita con el Medievo ha cumplido la friolera de 27 ediciones, manteniéndose en lo alto del podio en cuanto a longevidad de este tipo de eventos en Euskadi, y su fama le precede. Buena culpa de ello, sin duda, la tiene la asociación Artea, creadora hace ya 42 años del famoso Museo Etnográfico local e impulsora del propio mercado, que año tras año no deja de sorprender.
Saberes antiguos
Nos han enseñado a fabricar escobas de brezo, a amasar pan desde el sembrado del trigo, a elaborar ungüentos medicinales con las plantas de nuestro entorno, o a entender la importancia que supuso para el tráfico de mercancías de antaño la rueda de reja o ayalesa que se inventó en las fraguas de la localidad, por citar alguno; y en esta ocasión, nos han ofrecido toda una masterclass en la elaboración de vinagre de manzana, siguiendo en su empeño por demostrar que ese término moderno de economía circular, era algo que ya dominaban y llevaban a la práctica, en su día a día, nuestros ancestros.
“Antes no se tiraba nada. Las manzanas caídas del árbol y golpeadas, por ejemplo, se troceaban, añadían agua y azúcar y, al de un mes, reposando en un sitio oscuro, removiéndolo cada tres días los primeros 15, y cubriéndolo con un trapo para que respire y no fermente, se obtenía un maravilloso vinagre para ensaladas, encurtidos o hasta suavizante para el pelo”, aseguraba la miembro de Artea, Marisol Lafragua.
Mujeres de Artea elaborando vinagre de manzana
Por allí también andaba su presidenta, Paki Ofizialdegi, al frente del rincón de las doncellas, entretenidas con otro ancestral oficio: el del encaje de bolillos, del que resultaban puntillas de esplendorosa factura; el escultor Xabier Santxotena, con una curiosa txalaparta-tobera metálica, preparando el condumio junto a la fragua de Pablo Respaldiza, que abre cada domingo para enseñar el oficio del herrero; o el pintor Fernando Ureta, inmortalizandola con sus pinceles, tras haber dado por culminado hace ya dos años el mural de Goikoplaza.
Pueblo volcado
Otros infaltables, en las inmediaciones de la parroquia de Nuestra Señora de la Asunción, fueron los artesanos de talla y decoración de cuernos, dirigidos por el maestro Alaña, recientemente homenajeado por donar al Museo Sacro del Santuario de La Encina medio centenar de cuernos serigrafiados con el Gure Aita en varios idiomas; y que siempre escogen de telón de fondo las pinturas de las bóvedas del pórtico. Un auténtico reclamo para visitantes, buscando los anacronismos que recogen, pues los santos lucen desde móviles, bolígrafos, preservativos, botellas de cerveza, tiritas y plantas de cannabis, hasta un ordenador, unas páginas amarillas y un tatuaje con el símbolo de la hoz y el martillo.
La fragua de Pablo Respaldiza
También son de atractivo turístico innegable, edición tras edición, las rosquillas de las Madres Agustinas, los pases de tocados medievales que –elaborados por Estíbaliz Santisteban y su amatxu Maribi Cañibe- volvieron a lucir, de forma insinuante, las chamorras de la villa; o el rincón de infantes y el campamento de guerra de Artekale, con sus juegos y bailes al más puro estilo medieval, aunque si te portabas mal te metían al cepo castigado.
Refuerzo foráneo
Con todo, el ya consabido despliegue de vecinos ataviados de época, también contó con refuerzos foráneos. “Hay más de un centenar de puestos de venta de productos caseros y artesanos, y hemos repetido con varias compañías de teatro y animación de calle dado el éxito de pasadas ediciones”, ha matizado Unai Gotxi, portavoz del equipo vecinal organizador de la cita.
Grupo de animación callejera
Así, los herreros volvieron a forjar espadas y acuñar moneda local de 50 maravedíes al pie de la torre del Alcaide y, justo en frente, un rincón un tanto siniestro pues albergaba instrumentos de tortura, quitaba de la cabeza cualquier atisbo de cometer una fechoría; mientras Oliver y Liuba asombraban con sus trucos de magia.
Tampoco han faltado cuenta cuentos ni títeres, maestros en el arte de la espada y en el hilado de lana, un pastor esquilando ovejas, la batalla de catapulta lanzando globos de agua o músicos de calle como gaiteros de la propia comarca o los tambores locales de Builaka, acompañados de Turdion y Grimorium, una bailarina zingara, y una tétrica comitiva de orcos y seres mágicos surgidos de las entrañas del bosque.
Vecinos de Artziniega ataviados de peregrinos
No obstante, esta edición también ha tenido novedades muy bien recibidas como un maestro soplador de vidrio, con frágiles creaciones de cristal a fuego o un armero errante, que ha enseñado al público -rodeado de una ingente colección de cascos y espadas de muy diversas épocas y latitudes- desde cómo vestirse correctamente una armadura medieval hasta el arduo proceso de creación de una cota de malla.
En resumen, un largo peregrinar de gentes del mal vivir, leprosos, magos, afiladores, aguadores, saltimbanquis, pícaros, clero y realeza, o damas y caballeros, que trasladaban al siglo XV en un nuevo despliegue de un pueblo orgulloso de su pasado, que tuvo su broche de oro con un espectáculo de tambores y fuego que devolvió al municipio al presente, al filo de las nueve de la noche.