Vida y estilo

Manuel Martín Dávila, superviviente de cáncer: “Estoy más viejo, y eso es una suerte”

La historia de Manuel Martín Dávila comenzó con un diagnóstico inesperado y ese miedo que acompaña a cualquier cáncer. Ello desembocó en una conversación entre dos antiguos compañeros de facultad convertidos en médico y paciente. En aquel encuentro, Aleja
Manuel Martín Dávila / Cedida

“Estoy más viejo, lo cual es de agradecer”. Manuel Martín Dávila lo dice sonriendo. Tiene 58 años y hace tiempo que aprendió que cumplir años nunca es una mala noticia. Menos todavía cuando hace ocho recibió un crudo diagnóstico que le obligó a mirar de frente la posibilidad de no llegar a ver crecer a sus hijos. Hoy lo cuenta con calma, pero entonces todo ocurrió deprisa. Demasiado deprisa.

Tenía 50 años. Había estudiado Medicina en Salamanca, aunque nunca ejerció. Conservaba, eso sí, muchas amistades de aquella época. Entre ellas, la de Alejandro Martín García-Sancho, hoy hematólogo y uno de los especialistas de referencia sobre linfomas en el Estado. Treinta años después de compartir aulas y prácticas volvieron a encontrarse. Esta vez no en la facultad, sino en una consulta. Uno llevaba bata, el otro buscaba respuestas. Así lo relatan en la 10ª Jornada HematoAvanza ¡Una década prodigiosa para la hematología!

Aquella no era una relación cualquiera entre médico y paciente. Se conocían desde jóvenes, desde los años en los que compartían apuntes, exámenes y guardias de prácticas en la Facultad de Medicina de Salamanca. La vida los había llevado por caminos distintos. Alejandro se especializó en hematología, Manuel decidió no ejercer. Pero aquella amistad construida durante décadas se convirtió en un apoyo inesperado cuando apareció la enfermedad.

“Nos sentamos juntos muchas veces en clase y, años después, nos volvimos a sentar juntos para hablar de un cáncer”, resume Manuel. Todo había empezado unos meses antes. Manuel, fumador desde los veinte años, comenzó a notar que se cansaba más de lo habitual. Le costaba respirar cuando caminaba por el campo, una de sus aficiones favoritas. También tenía tos. Al principio no le dio demasiada importancia.

Manuel Martín Dávila ha contado su testimonio tras superar un cáncer Cedida

Miedo y susto

Una mañana se levantó y se vio el cuello extraordinariamente hinchado. “Aquel día sí me asusté”. Y llamó a varios amigos médicos. Le hicieron pruebas y una radiografía mostró una gran masa en el tórax. “Lo primero que pensé fue que tenía un cáncer de pulmón”, relata. Pero no era eso. Días después llegó el diagnóstico definitivo: un linfoma difuso de células B grandes, el subtipo más frecuente de linfoma no Hodgkin y uno de los más agresivos. La noticia llegó de golpe. Manuel recuerda aquellos días como una sucesión de pruebas, llamadas telefónicas y consultas médicas. Primero apareció el miedo a un cáncer de pulmón; después, la incertidumbre; finalmente, el diagnóstico.

“Miedo y susto. No creo que haya otra manera de definirlo”, admite. Sin embargo, decidió afrontar la situación a su manera. Aunque tenía formación médica, optó por no buscar información compulsivamente ni obsesionarse con pronósticos y estadísticas. “No quería saber demasiado. Tenía la idea de que me iba a curar y me aferré a ella”. Había una razón poderosa para hacerlo, sus hijos tenían entonces 12 y 9 años. “Yo solo pensaba en que quería verlos crecer”.

La enfermedad lo colocó frente a una situación inesperada. Había estudiado Medicina y conocía el lenguaje médico. Sin embargo, decidió afrontar el proceso de una manera distinta. “El hecho de ser médico no influyó demasiado. No pregunté mucho. Confié en mis médicos y me puse en sus manos”. Especialmente en las de Alejandro Martín. “La confianza entre médico y paciente es fundamental”, explica el hematólogo. “Y también la honestidad, porque la medicina no son matemáticas y nunca puedes garantizar lo que va a ocurrir”, sostiene el especialista.

La primera línea de tratamiento fue la quimioterapia. Al principio parecía funcionar. La masa tumoral disminuía y Manuel continuó trabajando durante buena parte del proceso. “No dejé de trabajar. Estaba más cansado, pero lo llevaba razonablemente bien. Lo que peor me sentó fue perder el pelo”, recuerda.

Paciente y hemaólogo relatan su experiencia. Cedida

Ensayo clínico

Desgraciadamente el tratamiento no consiguió el objetivo que buscaban los especialistas. La siguiente alternativa era una quimioterapia mucho más intensa y, si todo iba bien, un trasplante autólogo de médula ósea. Fue entonces cuando apareció otra posibilidad que cambiaría su situación.

Alejandro le propuso participar en un ensayo clínico que comparaba los resultados de la terapia estándar con una estrategia innovadora basada en células CAR-T. En aquel momento estas terapias apenas comenzaban a abrirse camino en la práctica clínica y todavía estaban reservadas a situaciones muy concretas.

Manuel no necesitó mucho tiempo para una decisión que tomó casi de forma inmediata. “Lo primero es que no quería más quimioterapia tan agresiva y, posteriormente, un trasplante autólogo. Y lo segundo es que, si me decían que era un tratamiento nuevo con muchas posibilidades y que podía ser menos duro, yo quería intentarlo. Me lancé de cabeza”. El ensayo asignaba los tratamientos de forma aleatoria. Había un cincuenta por ciento de posibilidades de recibir CAR-T. Y le tocó. Tuvo suerte.

El 13 de mayo de 2019 recibió la infusión - una infusión es la forma en que se introduce el tratamiento en el torrente sanguíneo-. Fue el primer paciente tratado con esta terapia en Salamanca y de los primeros del Estado. “Yo decía que era el uno”, recuerda entre risas. “Y también me llamaba a mí mismo la cobaya”. La broma tenía parte de verdad. Ni el hospital ni los profesionales tenían experiencia previa con este tipo de tratamiento. Todo era nuevo. “Pero confiaba plenamente en el equipo y, sobre todo, lo que deseaba con todas mis fuerzas era vivir”.

Día mundial contra el cáncer. Jose Mari Martinez

Vigilancia tipo ‘Gran Hermano’

“Le sometimos a una vigilancia tipo Gran Hermano”, admite Alejandro Martín, su especialista y amigo. “Las complicaciones eran diferentes a las de la quimioterapia y todavía estábamos aprendiendo a manejarlas”.

Manuel pasó 25 días ingresado en una habitación de aislamiento. Él la bautizó como “la cápsula”. “Parecía una nave espacial”. Las visitas estaban restringidas. Los controles eran constantes, le realizaban pruebas neurológicas cada día y vigilaban cualquier cambio. “Estos hematólogos son como sanguijuelas”, bromea. “A todas horas venía alguien a hacerte alguna prueba”.

Para hacer más llevadero el encierro instaló una pequeña oficina improvisada. Se llevó el ordenador y siguió trabajando desde la habitación. Aun así, hubo momentos complicados. Tras la infusión sufrió fiebre y una reacción inflamatoria, la conocida tormenta de citoquinas. “No fue una tormenta brutal, pero sí tuve un par de días malos”.

A pesar de ello insiste en una idea: “No lo pasé peor que con la quimioterapia”. Pero lo más difícil era otra cosa, que sus hijos tenían entonces 12 y 9 años y no sabían que su padre tenía cáncer. “No quería preocuparlos”. Tampoco quiso que lo supiera su padre. De hecho, cuando perdió el pelo inventó explicaciones. Cuando no podía acudir a alguna visita familiar buscaba excusas. “Pensaba que era mejor así”.

Los niños acudían al hospital y lo saludaban a través del doble cristal de la unidad. “Les hacía un corazón con las manos”. Hubo incluso un momento que hoy recuerda con humor. A los diez días del ingreso consiguió permiso para salir unas horas y votar. Después regresó al hospital. “Aún me quedaban varios días de encierro”.

Siete años después, la escena parece pertenecer a otra época. Las terapias CAR-T han evolucionado. Los especialistas conocen mucho mejor sus complicaciones y los ingresos se han reducido notablemente. Algunos pacientes pueden incluso recibir el tratamiento de forma ambulatoria.

Pero en 2019 todo era distinto. Por eso Alejandro Martín insiste en el valor de quienes participaron en aquellos primeros ensayos. “Detrás de estos avances hay muchos años de investigación básica, preclínica y clínica. Y también pacientes que decidieron apostar por estos tratamientos cuando todavía no conocíamos todos sus beneficios”.

Lazos símbolo de la lucha contra el cáncer Magnific

Largo superviviente

Manuel fue uno de ellos. Hoy acude a revisión una vez al año y sigue poniéndose nervioso cada vez que se acerca su cita. “Eso no desaparece nunca”. Pero la enfermedad no ha vuelto. “En medicina nunca puedes asegurar nada al 100%”, resalta Alejandro Martín, quien agrega que, en este tipo de linfomas, “cuando pasan dos años en remisión, las posibilidades de recaída son muy bajas y, cuando transcurren más de cinco, como es el caso de Manuel, ya sería excepcional que se produjera”.

Por eso, cuando se le pregunta a Manuel -que forma parte del cada vez más nutrido grupo de largos supervivientes tras esta terapia- qué siente al echar la vista atrás, no habla de hospitales ni de tratamientos, habla de tiempo. Del tiempo que ha ganado, del tiempo que ha podido compartir con sus hijos y de una ciencia que le permitió seguir aquí para contarlo. “Cuando me curé desapareció el miedo a hablar de lo que me había pasado”. Y sonríe, “estoy más viejo, y eso es una suerte”.

En los linfomas difusos de células B grandes, las tasas actuales de curación se sitúan en torno al 40% de los pacientes. Es una cifra que los especialistas esperan que siga mejorando en los próximos años gracias a la evolución de la terapia CAR-T y a su incorporación cada vez más temprana en el tratamiento. “Ya hay ensayos clínicos que están comparando el tratamiento estándar con CAR-T en primera línea”, explica el hematólogo Alejandro Martín. La idea es intervenir antes en la enfermedad, cuando el organismo del paciente todavía conserva una mejor capacidad de respuesta, y así aumentar las opciones de éxito.

11/07/2026