Verdadero o Falso

La vida a 1,5x, ¿por qué ya no soportamos escuchar a velocidad normal?

Aceleramos audios, vídeos, clases y pódcast para ganar unos minutos, pero acostumbrarnos a consumirlo todo deprisa puede volvernos más impacientes ante aquello que no permite pulsar un botón
Acelerar audios y vídeos para ganar tiempo puede hacer que el ritmo normal termine pareciéndonos demasiado lento. / NTM

Un mensaje de voz de diez minutos puede despacharse en seis minutos y cuarenta segundos. Una clase de una hora cabe en cuarenta minutos y un pódcast puede terminar antes de llegar a casa. Basta con pulsar un botón y elegir 1,5x. El cálculo parece incontestable: se gana tiempo sin renunciar al contenido. Sin embargo, cuando el audio termina, en su lugar aparece otro mensaje, otro vídeo o un nuevo episodio esperando turno.

La posibilidad de acelerar lo que escuchamos nació como una herramienta práctica, pero se ha convertido en una forma habitual de relacionarnos con la información. Las pausas desaparecen y una persona que habla con calma puede parecernos exasperantemente lenta. Ya no solo queremos escuchar algo: queremos terminarlo. La pregunta es si estamos aprovechando mejor el tiempo o entrenándonos para soportar cada vez menos aquello que no permite seleccionar otra velocidad.

Los primeros oyentes rápidos

Mucho antes de que alguien acelerara un pódcast, las personas ciegas ya buscaban la manera de leer con los oídos a mayor velocidad. Los “libros hablados” comenzaron a desarrollarse en la década de 1930 como una herramienta de accesibilidad. Sus usuarios, de hecho, emplearon discos de larga duración antes de que el LP se popularizara.

Uno de los primeros servicios se puso en marcha en Reino Unido en 1935 para personas que habían perdido la vista, entre ellas soldados heridos durante la Primera Guerra Mundial. Los discos giraban más despacio de lo habitual para almacenar unos 25 minutos en cada cara; aun así, una novela podía necesitar diez discos de doble cara.

Una persona ciega escucha uno de los primeros “libros parlantes”, creados en la década de 1930 para hacer accesible la lectura.

Los primeros títulos enviados fueron El asesinato de Roger Ackroyd, de Agatha Christie, y Tifón, de Joseph Conrad. Aquellas grabaciones no buscaban que sus usuarios consumieran más por impaciencia, sino reducir la desventaja de depender de una narración pronunciada palabra por palabra para acceder a la educación, la información y la literatura.

Al acelerar mecánicamente un disco o una cinta, la voz se volvía aguda y difícil de entender. Las tecnologías posteriores aprendieron a comprimir el tiempo y recortar pausas sin transformar el tono del narrador. Esa evolución permite hoy escuchar un mensaje a 1,5x sin que quien lo envía parezca haber inhalado helio. Lo que nació como una herramienta de accesibilidad terminó convertido en un botón cotidiano contra la espera.

Novecientos años en un día

YouTube incorporó el control de velocidad en 2010 y la opción se extendió a pódcast, clases grabadas, audiolibros y mensajes de voz. En junio de 2022, sus usuarios ahorraron cada día el equivalente a más de 900 años de reproducción. Cuando modificaban el ritmo, en más del 85% de las ocasiones era para acelerarlo. Después de la velocidad normal, preferían el 1,5x y, a continuación, el 2x.

Los usuarios de YouTube ahorraron en un solo día el equivalente a más de 900 años de reproducción.

En televisores y videoconsolas predominaba el ritmo normal; en los ordenadores se acumulaba más tiempo a 2x y, en los móviles, mandaba el 1,5x. YouTube Premium ya permite alcanzar 4x y ajustar la reproducción en intervalos de 0,05. La velocidad original se ha convertido en una opción más del menú.

La prisa también tiene horario. Según los datos de la plataforma, el uso del 1,5x aumentaba conforme avanzaba el día y alcanzaba uno de sus momentos más altos entre las nueve de la noche y la una de la madrugada, cuando quizá pesa más la sensación de que quedan demasiadas cosas por ver y demasiado poco día para terminarlas.

Todo empieza en tres segundos

La aceleración no consiste únicamente en reproducir más deprisa: muchos vídeos ya nacen acelerados. Comienzan con una pregunta o una promesa, eliminan saludos y explicaciones y encadenan planos, subtítulos y música para evitar que el dedo pase a la siguiente publicación. Ya no basta con contar algo interesante: hay que demostrarlo antes de que el espectador se marche.

TikTok recomienda presentar la propuesta principal de una publicidad durante los tres primeros segundos y situar el gancho en los seis iniciales. En los textos sobreimpresos aconseja mostrar entre cinco y diez palabras por segundo. El misterio permanece, pero ya no puede tardar demasiado en empezar ni permitirse una introducción que no prometa una recompensa.

Esta lógica se ha trasladado al resto del contenido: las recetas enseñan primero el plato terminado, los vídeos informativos adelantan la conclusión y las historias anuncian desde el comienzo que algo sucederá al final. Fórmulas como “espera a ver lo que ocurre” o “tres cosas que estás haciendo mal” funcionan como contratos de permanencia.

Un buen ejemplo es Owen Han, que condensa sus recetas en vídeos de apenas 35 segundos diseñados para atrapar al espectador desde el primer crujido.

Un vídeo de un minuto puede parecernos excesivo si tarda diez segundos en llegar al asunto, mientras consumimos otros veinte seguidos sin reparar en el tiempo acumulado. No necesariamente hemos perdido la capacidad de atender: todavía vemos películas, partidos o capítulos enteros. Lo que disminuye es la tolerancia a la espera.

Intentar escapar del aburrimiento puede producir el efecto contrario. Una investigación de 2024, con siete experimentos y más de 1.200 participantes, comprobó que saltar entre vídeos o avanzar dentro de ellos podía intensificar esa sensación. Quienes permanecían en uno solo se sentían más implicados, satisfechos y entretenidos que quienes cambiaban continuamente.

Hasta dónde podemos acelerar

El oído también se entrena. Para quien se acostumbra al 1,5x, regresar al ritmo original puede parecerse a caminar por una acera estrecha detrás de alguien desesperadamente lento: no ocurre nada grave, pero resulta difícil evitar la impaciencia.

Reconocer las palabras, sin embargo, no equivale siempre a comprenderlas y recordarlas. Un metaanálisis de 2025 sobre vídeos educativos encontró efectos muy pequeños a 1,25x y 1,5x. El deterioro se hacía más evidente a partir de 2x y aumentaba considerablemente a 2,5x.

El oído puede acostumbrarse a escuchar deprisa, pero el pensamiento no siempre puede saltarse las pausas que necesita.

También importan el contenido y el objetivo. No exige el mismo esfuerzo seguir una conversación ligera que una clase repleta de conceptos nuevos, recordar una idea general que recuperar después los detalles o escuchar pasivamente que tomar apuntes al mismo tiempo. La velocidad puede servir para repasar algo conocido, pero deja menos margen para relacionar ideas o advertir que una explicación no se ha entendido del todo. El oído puede acostumbrarse a escuchar deprisa, pero el pensamiento no siempre puede saltarse las pausas que necesita para comprender.

Los minutos que ganamos

A 1,5x, una hora se convierte en cuarenta minutos; a 2x, basta con media. El ahorro resulta útil cuando se acumulan clases, mensajes o episodios. Sin embargo, no solemos terminar antes para detenernos, sino para consumir algo más.

La velocidad elimina pausas ajenas, pero la vida conserva ritmos que no pueden modificarse desde un menú. Una conversación necesita silencios, una historia puede tardar en revelar su sentido y una persona no siempre sabe resumir en tres segundos aquello que quiere decir.

Quizá el riesgo de vivir a 1,5x no sea olvidar parte del contenido, sino considerar desperdiciado cualquier minuto que no ofrece una recompensa inmediata. Aceleramos para ganar tiempo, pero llenamos enseguida el espacio conquistado. Y, después de escuchar el mundo cada vez más deprisa, puede que lo único que hayamos conseguido sea que la vida a velocidad normal nos parezca demasiado lenta.

23/08/2026