Los propios fabricantes de electrodomésticos nos han condicionado a hacerlo al diseñar ese espacio específico. Sin embargo, desde el punto de vista de la seguridad alimentaria y la conservación, la puerta es precisamente el peor lugar de toda la nevera para guardar los huevos.
El enemigo silencioso
La razón principal para no dejar los huevos en la puerta del frigorífico es la inestabilidad térmica. La puerta es la zona más expuesta y caliente de todo el frigorífico. Cada vez que abres la nevera para coger la leche, buscar cualquier ingrediente o mirar qué hay para cenar, los alimentos colocados en la puerta sufren un golpe de aire a temperatura ambiente.
Huevos, en una imagen de archivo.
Estos cambios constantes de temperatura dañan la estructura interna del huevo dado que la cáscara no es una pared lisa e impermeable, sino una superficie porosa cubierta por una capa protectora finísima llamada cutícula. Cuando el huevo experimenta cambios bruscos de calor y frío, la humedad del ambiente se condensa sobre la cáscara y esa condensación facilita que las bacterias que pueda haber en la superficie, como la Salmonella, penetren a través de los poros e infecten el interior. Además, el movimiento de abrir y cerrar la puerta termina destrozando la membrana del huevo, haciendo que la clara pierda textura y se vuelva acuosa antes de tiempo.
El lugar correcto dentro de la nevera
Para mantener la frescura y garantizar la máxima seguridad, el sitio ideal para almacenar los huevos es el estante central o bajo de la nevera, pegados hacia el fondo. En esa zona la temperatura se mantiene constante y fría y está lejos de las corrientes de aire exterior.
Tampoco es necesario sacarlos de su embalaje original. Lo más recomendable es conservarlos dentro del cartón con el que vienen. El cartón actúa como un aislante térmico perfecto, amortigua los golpes y evita que la cáscara absorba los olores de otros alimentos de la nevera, como pescados o quesos fuertes.
A la hora de manejar los huevos en el día a día, conviene olvidarse de un par de mitos que pueden jugarnos una mala pasada. El primer consejo es que jamás laves los huevos antes de guardarlos. Lavar el huevo con agua debajo del grifo elimina la cutícula protectora y abre los poros de la cáscara, dejando la vía libre para que la suciedad y las bacterias entren directamente al interior. Si un huevo tiene restos de suciedad, límpialo con un trozo de papel seco antes de cascarlo para cocinar.