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A Zahara le puede la curiosidad y seguramente por eso lleva toda su vida reinventándose. La cantante y compositora andaluza (Úbeda, 1983) ha sido cantautora folk, primera espada indie y hasta pasó por una etapa metalera en Granada. Hace ya tiempo que Zahara se ha puesto a explorar la música electrónica y, más concretamente, la cultura de las raves. Su último espectáculo, Zahararave: Lite, surgió gracias a una especie de revelación que tuvo la artista una noche en la sala Dabadaba de Donostia; se puso a fantasear con montar su propia pista de baile y ahora se la está llevando de gira. Esta rave íntima, en versión de bolsillo, continúa su andadura por distintas salas de la península tras su paso por BIME Bilbao.
Si dijera que Zahararave: Lite es la suma de un concierto en vivo y dos DJ, ¿me estaría quedando corto?
Técnicamente estás describiendo lo que hay, pero, tal y como yo lo he concebido, es bastante más complejo. Para empezar, la parte del concierto está conectado con lo que ocurre en un club, desde aspectos que tienen que ver con el sonido hasta la manera en que mis canciones renacen y se transforman. Lo que más me gusta cuando me voy de club es que musicalmente es impredecible y con estos conciertos busco un poco eso mismo; que se reconozcan las canciones, pero que lo que pase debajo de ellas esté en continuo movimiento.
¿Cómo ocurre eso?
A lo mejor estás escuchando una canción como Tus michis, pero la estoy cantando sobre la base de un tema de Claudio PRC (un DJ y productor italiano) o Justice. Se trata de jugar con la música de otros, remezclarla con la mía y que surja algo nuevo. También quería quitarme un poco del artificio de la rave que este verano he llevado a festivales, con una puesta en escena supercuidada y nítida y quedarme en lo básico, que es la música. Sentir la música, expresarla y que no haya mucho más alrededor.
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¿La reacción del público es de mayor o menor conexión con este formato?
Si lo explico, quizá te genere inquietud. Pero, si lo vives, creo que justamente ocurre lo contrario. Se eliminan las barreras y el escenario se coloca a una altura bastante similar a la del público. Lo más guay de esta gira es que por momentos soy artista y en otros, público. Me bajo del escenario y dejo que Martí (Perarnau IV, músico, DJ y productor) esté 10 o 15 minutos mientras bailo entre la gente. Me da un subidón que no sé ni con qué compararlo. Se vuelve una experiencia de conexión extrema en la que rompo una barrera, que es aburridísima, pero que es la estructura jerárquica en la que se basa el pop.
¿Qué ha aprendido de la cultura rave?
Precisamente a romper esa barrera y deshacer el personaje que un artista interpreta bajo los focos. Me fascina que las raves por sí mismas sean espacios en los que se nos iguala y permite que puedas ser tú misma en conexión con la comunidad, que es algo que se está perdiendo. Aunque, bueno, justo con todo lo que ha pasado en las plazas de los pueblos y ciudades vemos que algo se ha recuperado.
¿Qué lugar ocupaba la música electrónica en su vida hasta la publicación del álbum Puta (2021)?
Creo que estaba muy presente, pero era muy poco consciente de ello. Tenía muchos prejuicios como persona que viene del mundo de la canción; consideraba que la música electrónica estaba en las antípodas del folk en un sentido negativo. Que no me estuviesen contando una historia, que los patrones fuesen repetitivos o no comprenderla me hacía ponerme encima de ella. La consideraba fría, cosa que no es verdad y que es algo que le sucede a mucha gente. Es una herramienta y una manera de expresión como cualquier otra. Si tú estás muerto por dentro, harás una música también muerta, sin alma, sea esta electrónica, indie, de cantautor, clásica o de lo que sea.
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¿En qué momento su cabeza hizo clic?
El fin de año previo de la pandemia acabé en una macrorave en Berlín, era una cosa tochísima. Entre la gente que pinchaba, estaba Richie Hawtin. No comprendía nada, pero, sin embargo, no podía dejar de intentar entenderlo hasta que me di cuenta de que tenía que eliminar el plano intelectual y llevarlo al plano físico para que el cuerpo me pudiese enviar una señal. Y eso fue lo que pasó. También por eso agradezco que las sesiones duren varias horas, porque necesitas un proceso de adaptación y de soltarte. Ahí fue cuando dije: “Vale, esto me gusta” (ríe).
Cambia mucho de estilo musical, de estética, de proyectos… ¿Qué es lo que permanece inmutable en Zahara?
La curiosidad. No pierdo la ilusión que va ligada a esa curiosidad. La música es infinita y eso es lo que me apasiona de ella. Cuando descubro algo no es que quiera llegar hasta el final y tenerlo dominado todo, pero sí que me pregunto: “¿Qué habrá aquí que no sé qué es?”. Y abro y miro y partir de ahí investigo, descubro, leo, escucho, viajo… Y eso me ha pasado desde siempre: cuando era cantautora y descubrí la canción de autor; en mi época metalera en Granada, que me dio muy fuerte; en mi periodo jazzero o con el indie-folk americano. Siempre quiero seguir aprendiendo.
Gozz records
Zahara fundó Gozz Records, su propio sello de música independiente, para poder tener el control total de su obra y lanzar también otros proyectos paralelos, como Juno, junto al músico Martí Perarnau. Más allá de las actividades musicales de Perarnau y Zahara, Gozz también es la casa del artista gaditano caracazador. Zahara bromea que para formar parte de esta pequeña discográfica lo primero que hay que tener claro es que no “quieras ser millonario”. “Si lo que quieres es petarlo, no me llames porque no sé hacerlo”, afirma. En cambio, si “amas la música genuinamente, quieres experimentar y no está entre tus objetivos vivir de esto, eres bienvenida o bienvenido”. Zahara añade que en Gozz hay una inclinación o un “sesgo” por proyectos capitaneados por el colectivo LGBIQ+ o, directamente, “creados, liderados e interpretados por mujeres”
¿De dónde le viene ese camaleonismo?
De una pulsión natural de búsqueda. En muchas cosas de mi vida he sido camaleónica para desaparecer y que no se me note. Lo camaleónico lo relacionaba con el escondite. Sin embargo, con la música me pasa todo lo contrario. Nunca esa pulsión ha estado condicionada a complacer o encajar. De hecho, ¡me lleva por el camino de la amargura! A veces me digo: “Si esto ya sabes hacerlo, ¿por qué tienes que ponerte a tocar la batería ahora?”. Podría ser menos curiosa y quedarme con lo que tengo, pero no. Me encanta. Me produce un placer único que me llena de ilusión y felicidad.
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¿Qué es lo que más teme si finalmente la extrema derecha llega a gobernar España?
Podría empezar a decir todos los puntos de su programa electoral, como eliminar el ministerio de Igualdad, abolir el aborto, todo lo que tiene que ver con los derechos conquistados de las mujeres y de la comunidad LGTBIQ+… Temo que desaparezca el sentido crítico y que, en lugar de ayudarnos en comunidad, todo se convierta en una transacción que pase por un intercambio económico. La base de la extrema derecha es simplemente aceptar las cosas, no cuestionarlas y repetir mensajes. Eso es muy peligroso. ¿A dónde vamos a llegar si eliminamos el pensamiento crítico de la sociedad?
Un paisano suyo me ha dicho que le pregunte si es más de ochíos o de virolos.
(Ríe). De ochíos. Es que el virolo nunca me gustó.