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El pasado diciembre, en el marco del sorteo de la Copa del Mundo celebrado en Washington, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, fue obsequiado con el recién creado Premio de la Paz de la FIFA. A comienzos de este mes de julio, la FIFA inauguró una oficina en la Torre Trump. Durante el desarrollo del Mundial de Estados Unidos, México y Canadá, Trump –como él mismo admitió– contactó en diferentes ocasiones con el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, tratando de advertir –o presionar– de que la tarjeta roja vista por el jugador estadounidense Folarin Balogun, que le impedía disputar el partido de octavos de final frente a Bélgica, no era justa a sus ojos. El máximo organismo del fútbol revocó la sanción en un hecho sin precedentes en la historia de los Mundiales y finalmente el futbolista disputó el encuentro. Tras la conquista del título por parte de España, Trump e Infantino saltaron al césped para hacer entrega del trofeo. La imagen tuvo tintes de ridiculez: cuando los jugadores se disponían a alzar la copa, Trump decidió permanecer sobre la tarima con afán de protagonismo mientras Infantino trataba de apartarle con una sonrisa incómoda. Esa fotografía ya se dio en la pasada celebración de la Copa del Mundo de Clubes, cuando Trump también se saltó la tradición para figurar en la foto de los campeones. Son hechos que demuestran los estrechos vínculos entre la FIFA y Estados Unidos, y en concreto de Infantino con Trump.
Infantino trata de retirar a Trump de la celebración de España.
Ahora Jamie Raskin, miembro de la Cámara de Representantes de EE.UU., ha iniciado una investigación sobre el presidente de la FIFA que pretende explicar esclarecer si en esa conexión existen abusos de poder. Raskin ha solicitado cualquier documentación que pudiera estar relacionada con regalos, pagos o cualquier tipo de beneficio concedido a Trump o su círculo.
Mientras se pone en marcha este mecanismo de control, la FIFA ofrece una nueva muestra de que sus intereses parecen conectados a los de Estados Unidos, o al menos a los del Trump y su entorno. El organismo de Infantino posee un nuevo plan que ha producido una división en el fútbol. La FIFA trabaja en la creación de una nueva empresa destinada a gestionar los derechos comerciales de sus competiciones. El proyecto, bautizado como FIFA Forward Enterprise, contempla la entrada de inversores privados a cambio de una participación en el negocio generado por la Copa del Mundo masculina, la femenina y el Mundial de Clubes.
La operación, cuyo valor se sitúa en torno a los 17.500 millones de euros según diversos medios internacionales, persigue captar miles de millones para incrementar el reparto económico entre las federaciones nacionales. La FIFA sostiene que el modelo permitirá profesionalizar –¿no lo está ya?– la explotación comercial de sus competiciones y aumentar los recursos destinados al desarrollo del fútbol en todos los continentes. Es, proclaman, “la democratización del fútbol a nivel mundial”.
La UEFA se opone
La propuesta ha provocado una respuesta inmediata. La UEFA considera que el proyecto supone un cambio de paradigma con consecuencias intangibles para el fútbol y ha acusado a la FIFA de cruzar una línea que nunca antes se había traspasado. El organismo que dirige Aleksander Čeferin entiende que abrir la puerta a fondos de inversión es introducir intereses financieros en la gestión del torneo más importante del planeta. Para la UEFA, el “alma del fútbol” no puede convertirse en un producto negociable ni quedar condicionada por accionistas cuya prioridad sea la rentabilidad económica. De hecho, las 55 federaciones que componen la UEFA se reunirán de emergencia para discutir los planes de la FIFA.
En esa misma línea se ha pronunciado la Confederación de Fútbol de Norteamérica, Centroamérica y el Caribe (Concacaf), que también ha mostrado su profunda preocupación por el proceder de la FIFA. “Nos preocupa profundamente la falta de debido proceso”, critican además, acusando a Infantino de llevar a cabo un proceso con tintes dictatoriales, sin consulta y sin derecho de opinión.
El Mundial de 2026, un ejemplo para el debate
En este pasado Mundial ya se pudo observar cómo la introducción de las pausas de hidratación obligatorias, con independencia de la temperatura ambiental, engordó en unos 3.500 millones de euros las arcas de la FIFA, que no mostró sensibilidad por las consecuencias que podrían deparar esos parones a nivel deportivo. El dinero se antepuso al deporte y su tradición. La ampliación de número de participantes de 32 a 48 también generó debate sobre la conveniencia, un cambio que repercutía de manera directa en los ingresos. Y así, la FIFA alcanzó una recaudación insólita de alrededor de 13.100 millones de euros. Es decir, una cantidad tres veces superior a la de Rusia 2028 y el doble que la obtenida en Catar 2022.
Los clubes tienen otro escenario de batalla. Las tensiones entre estos y los organismos regidores no han dejado de aumentar. La ampliación del Mundial de Clubes, la saturación del calendario internacional y los conflictos sobre la liberación de futbolistas, todos ellos problemas en los que aparece la economía de fondo, ya habían deteriorado unas relaciones que atraviesan uno de sus momentos más delicados.
El discurso mesiánico de la FIFA
Mientras resulta obvió que vender los derechos de explotación significa vender el producto, la FIFA se defiende argumentando que el objetivo no es vender la Copa del Mundo, sino monetizar parte de su potencial comercial para reinvertir esos beneficios en el desarrollo global del fútbol. Un discurso mesiánico que sostiene que se multiplicarían las ayudas, como los panes y los peces, y que las federaciones nacionales serían las grandes beneficiadas por el incremento de ayudas que irían destinadas a infraestructuras, formación y competiciones locales.
Los opositores denuncian que el Mundial pertenece a los aficionados y no a los mercados financieros, y que una vez que se vende una parte del torneo, también se cede parte de su identidad. Asimismo, cuestionan cuáles serán las intenciones de esos futuros inversores, porque el riesgo de que el dinero salga del fútbol es real. He ahí otro asunto que vincula a la FIFA con Trump y su círculo.
El principal inversor, cuñado de Ivanka Trump
Resulta que la FIFA planea vender una parte de la explotación comercial del Mundial a inversores privados, entre los que destaca el fondo Thrive Capital fundado por Joshua Kushner, quien operaría a través de la compañía Thrive Eternal, y que contaría con el asesoramiento financiero de JPMorgan Chase&Co, el banco más grande de Estados Unidos. Casualmente Kushner es el cuñado de Ivanka Trump, hija del presidente estadounidense.
Por supuesto, este proceso solo se llevará a cabo con la aprobación mediante votación de las federaciones miembro, que son 211. Y aquí es donde Infantino ha podido obrar una jugada maestra para preparar el futuro. El aumento del número de selecciones participantes ha beneficiado a los países más modestos, que precisamente son los que acaparan la mayor parte de la participación en la votación. Y ahí aparece además la idea, reconocida por la FIFA, de incrementar a 64 el número de participantes de cara al Mundial de 2030. Esta maniobra podría significar un caladero de votos.
El debate trata sobre el futuro del fútbol, donde las fronteras que separan el espectáculo deportivo y el activo financiero son cada vez más difusas. La FIFA defiende el fortalecimiento a través del negocio, pero los detractores observan riesgos que amenazan a la identidad en nombre del crecimiento económico. Igualmente, la división entre Infantino y Trump cada vez es más borrosa. Incluso el proceder comienza a parecerse. Infantino catalogó a quienes criticaron decisiones adoptadas antes y durante el pasado Mundial de “generadores de odio”. Es decir, ataja la crítica con ofensas. Puro estilo trumpista.