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Tras seis semanas de una ofensiva devastadora que ha dejado un rastro de 2.196 muertos y más de un millón de desplazados, un frágil alto el fuego de diez días ha entrado en vigor entre Israel y el Líbano. Sin embargo, la tregua nace envuelta en una paradoja: mientras miles de civiles regresan a sus hogares en ruinas, el estamento militar israelí advierte de que no tiene intención de abandonar el territorio ocupado.
El presidente estadounidense, Donald Trump, fue el encargado de anunciar el cese de hostilidades tras lo que calificó como "excelentes" llamadas con Benjamín Netanyahu y Joseph Aoun. En un movimiento que mezcla la política exterior con su estilo directo en redes sociales, Trump instó a Hizbulá a actuar "bien y amablemente". "Sería un GRAN momento para ellos", escribió en Truth Social, buscando un compromiso del grupo chií que, aunque no ha sido parte directa de la negociación, es el actor clave en el intercambio de fuego que ya suma más de 10.000 acciones militares desde 2023.
La influencia de Washington ha sido determinante. El propio Netanyahu confirmó que accedió al pacto "a petición de mi amigo el presidente Trump". No obstante, esta "buena voluntad" tiene matices de acero. El ministro de Defensa israelí, Israel Katz, ha asegurado que el Ejército "mantiene y seguirá manteniendo" la franja de 10 kilómetros ocupada en el sur del Líbano. El objetivo declarado sigue siendo el desarme de Hizbulá, ya sea por la vía diplomática en estos diez días o mediante la reanudación de los bombardeos si no se logran avances.
Violaciones del acuerdo
Pese a que el acuerdo estipula que Israel no realizará operaciones ofensivas contra objetivos libaneses —una prohibición que Trump ha recalcado con un contundente "¡Ya basta!"—, la realidad sobre el terreno es volátil. El Ejército del Líbano ha denunciado violaciones del acuerdo horas después de su inicio, reportando bombardeos intermitentes en pueblos del sur. Por su parte, el servicio de alertas israelí registró posibles ataques en la frontera, aunque sin reivindicación de Hizbulá.
En medio de este pulso geopolítico, el rostro humano de la tregua se refleja en la carretera costera hacia el sur y los suburbios del Dahye, en Beirut. Miles de familias han ignorado las advertencias de seguridad para regresar a sus casas. Las autoridades trabajan a contrarreloj para reabrir el puente de Qamiye sobre el río Litani, bombardeado por Israel justo antes del alto el fuego, para canalizar el flujo masivo de retornados.
Este respiro de diez días es una pieza en el complejo puzle regional. La tregua coincide con el frágil acuerdo de dos semanas entre EE.UU. e Irán y Trump ya ha vinculado el éxito en el Líbano con la reapertura del estrecho de Ormuz. Sin embargo, el mandatario estadounidense mantiene la presión alta, recordando que Washington aún busca hacerse con el "polvo nuclear" enterrado en Irán tras los bombardeos de 2025. El Líbano respira hoy, pero lo hace bajo la sombra de un desarme forzoso y una ocupación militar que no parece tener fecha de salida.