“No podemos vivir de lo que pasó hace cuarenta años. Es un partido de fútbol y nada más”. Aunque Lionel Scaloni se empeñe en enterrar el pasado, el fútbol tiene memoria. La semifinal de la Copa del Mundo que enfrentará a Inglaterra con Argentina desempolva el pasado. El peso de la historia no decide encuentros del presente. La estadística queda obsoleta nada más señalarse el comienzo de un partido. Pero no se puede omitir el aspecto emocional que imprimen los recuerdos, esas historias que se trasladaron de viva voz de padres a hijos o que quedaron grabadas en papel como legado de la historia del fútbol. Porque si el fútbol es importante en la sociedad es gracias a su historia.
Hay rivalidades que necesitan de una final para adquirir dimensión. Inglaterra y Argentina llevan seis décadas demostrando que no, que basta con cruzarse en un Mundial en cualquier instancia para que el fútbol guarde algunas de sus páginas más célebres. Wembley, el Azteca, Saint-Étienne o Sapporo fueron escenarios de algunas de las batallas. Ahora el estadio Mercedes Benz de Atlanta acogerá el duelo entre dos campeones del mundo separados por un océano pero ligados por una encarnizada rivalidad.
El inicio de una rivalidad
La historia de esta hostilidad comenzó a escribirse en 1962, la primera de las cinco ocasiones en las que ambos equipos se han visto las caras en los Mundiales. Fue en la fase de grupos; Inglaterra se impuso por 3-1. Pero fue en 1966 cuando empezó a construirse la sed de venganza. En aquella edición, Inglaterra ejercía como anfitriona. El choque se produjo en los cuartos de final. Antonio Rattín fue expulsado por el colegiado alemán Rudolf Kleiten. El ídolo de Boca Juniors, que permaneció diez minutos sobre el terreno de juego y fue evacuado por la policía mientras solicitaba un traductor para dialogar con Kleiten, declaró que “me echó por pedir un intérprete y por mostrarle mi cinta de capitán, yo no hablaba una sola palabra de alemán”.
El árbitro reconocería a la postre que la gestualidad del jugador argentino fue un indicio de los supuestos insultos. Argentina se quedó con uno menos en el minuto 35 e Inglaterra rentabilizaría su superioridad numérica en el 78 con el solitario gol de Geoff Hurst. Antes, Rattín, cuando abandonaba el terreno de juego tras ser expulsado, estrujó la bandera del Reino Unido colocada en un banderín de córner y seguido, en lugar de marcharse a la zona de vestuario, visionó el resto del partido sentado en la alfombra roja colocada como pasillo hacia el palco del estadio de Wembley. La consecución del título de Inglaterra dio mayor crédito a la sensación argentina de que se había producido un robo.
Jude Bellingham, Harry Kane y Dan Burn, tras lograr el billete para las semifinales.
La venganza de México 1986
Pero la madre de todos los cruces entre argentinos e ingleses se dio en México 1986. Se encontraron en los cuartos de final, cuatro años después de la Guerra de las Malvinas, que fueron usurpadas por la corona británica. Como recuerda Jorge Valdano, protagonista aquel día, “contra Inglaterra nunca fue un partido más”. Era el orgullo de una nación. Un acto reivindicativo. Una venganza.
Los goles de Diego Armando Maradona, primero La Mano de Dios y después el Gol del Siglo, dejaron uno de los momentos más importantes de la historia de este deporte. “Barrilete cósmico, ¿de qué planeta viniste?”, inmortalizó el narrador Víctor Hugo Morales. Aquel legendario 22 de junio de 1986 inspiró a la Asociación de Fútbol Argentino a proclamar ese día y los venideros como el Día del Futbolista. El primero de los dos tantos fue considerado por los argentinos como un robo al estilo de Robin Hood. “El segundo gol de Maradona fue el mejor que he visto nunca. El primero nunca debió subir al marcador”, recordaba el inglés Gary Lineker años más tarde para la BBC, autor del 2-1 definitivo. El tanto no devolvió las Islas Malvinas a los argentinos, pero el gol con la mano derecha de El Pelusa sí se consideró como el robo a un ladrón, la Inglaterra de Margaret Thatcher.
La expulsión de Beckham y el resarcimiento
En Francia 1998 se alimentó el recuerdo. Ambas selecciones se toparon en octavos de final. Alan Shearer y Michael Owen habían anotado para Inglaterra, mientras que Gabriel Batistuta y Javier Zanetti habían sellado el empate. En el segundo minuto de la segunda parte, el colegiado mostró la cartulina roja a David Beckham, que reaccionó a una falta de Diego Simeone. Los argentinos se impusieron en la tanda de penaltis. La sensación de injusticia volvió a instalarse entre los ingleses. Aunque su estrella, Beckham, también fue duramente criticado por perder los papeles.
El último capítulo de esta rivalidad se dio en Corea y Japón 2002, cuando un solitario gol de penalti firmado por Beckham, que logró resarcirse al menos parcialmente, dio la victoria a los ingleses en la fase de grupos.
¿La pausa contra el ritmo?
Esta vez la nostalgia no explica por sí sola el cartel. Argentina e Inglaterra llegan porque han sido dos de las selecciones más consistentes del campeonato. La Albiceleste ha vuelto a demostrar esa capacidad para sobrevivir a cualquier contexto. Sin brillo, ha marcado tres goles tanto en dieciseisavos ante Cabo Verde (3-2), en octavos ante Egipto (3-2) y en cuartos frente a Suiza (3-1). Ha sufrido mucho más de lo esperado, pero continúa transmitiendo la serenidad y el espíritu competitivo que le concedió su tercer título mundial en Catar 2022. El éxito solo se entiende aludiendo al nombre de Leo Messi, incalculable el valor de sus ocho goles. Es un emperador rodeado de pretorianos dispuestos a practicar el estajanovismo para liberar a su líder de tareas defensivas para focalizarse en la creación y definición. Messi es la magia que todos buscan cuando el partido necesita una pausa o una genialidad.
Inglaterra, sesenta años después de su único título, vuelve a donde tantas veces se estancó. No ha llegado boyante, con triunfos por la mínima en las eliminatorias ante Congo (2-1), México (3-2) y Noruega(2-1). Aunque parece una selección distinta a la que durante años convivió con la etiqueta de eterna favorita frustrada. El equipo inglés ha encontrado un equilibrio que le permite alternar posesiones largas con transiciones muy agresivas. Jude Bellingham simboliza esa transformación. A su alrededor, Declan Rice sostiene el centro del campo y Harry Kane ofrece alternativas en la vanguardia.
La propuesta de Thomas Tuchel pasa por elevar el ritmo del encuentro. Presión alta, recuperaciones rápidas y ataques verticales. Argentina, en cambio, buscará exactamente lo contrario: alargar el partido, posesiones pacientes y obligar a los Three Lions a perseguir el balón hasta encontrar el momento adecuado para acelerar. Dos maneras distintas de entender el fútbol.
Los argentinos celebran el pase a la semifinal del Mundial.
Las claves
El duelo entre Bellingham y el centro del campo argentino promete marcar buena parte del encuentro. Si el inglés consigue conducir con metros por delante, Inglaterra encontrará superioridades con facilidad. Si Rodrigo De Paul, Alexis Mac Allister, Enzo Fernández y Leandro Paredes logran cerrar esos espacios interiores, la semifinal puede comenzar a inclinarse hacia la Albiceleste. También será decisiva la vigilancia sobre Messi. Rice tendrá buena parte de la responsabilidad de reducir el tiempo y el espacio del capitán argentino, consciente de que un instante de libertad puede resultar suficiente. Los extremos ingleses, Anthony Gordon o Bukayo Saka, también pueden ser llaves para abrir el cerrojo argentino.
Quienes decidirán esta semifinal ya no son Maradona, Lineker, Beckham o Simeone. Ahora la historia pasa por los pies de Messi –quien por cierto nunca se ha medido a los ingleses–, Bellingham o Kane. Ellos cargarán con el peso de una rivalidad que parece inmune al paso del tiempo. Cada Inglaterra-Argentina es una página nueva del libro de los Mundiales. Esta semifinal escribirá otra. El pasado garantiza el contexto. El presente promete el espectáculo. Y el premio, una plaza en la final, es demasiado grande como para vivir únicamente de los recuerdos. Aunque sí, esta pagina será parte de una historia cuyo peso no se puede omitir.