Actualizado hace 2 minutos
Cuando el calor aprieta en pleno verano, pocas cosas apetecen más que sentarse a la mesa con algo bien fresco que nos ayude a refrescarnos. El gazpacho es, en ese sentido, el rey indiscutible de los meses estivales, pero cabe destacar que existen maneras cada vez mas populares y extendidas de llevar la receta a nuestro terreno y hacer un gazpacho 'a la vasca'. Hablamos de una versión adaptada a los productos más típicos de nuestra tierra y que se convierte en una opción espectacular para el verano, ideal para cualquier comida familiar o tras una mañana de playa.
Un gazpacho con sus tropezones.
Al tratarse de un plato simple y en el que no hay demasiado procesamiento de los alimentos, la calidad de los productos que empleamos en hacerlo marcan la diferencia.
El factor diferencial
La magia de esta receta empieza en la elección del ingrediente principal, que no es otro que un tomate de calidad. Olvídate de los tomates insípidos; para esta preparación necesitaremos ejemplares de variedades locales como el tomate de Aretxabaleta o el de Mungia, a poder ser bien maduros, carnosos y con dulzor. Junto a un kilo de estos tomates, utilizaremos un pimiento verde, medio pepino pelado, un diente de ajo pequeño al que le quitaremos el germen central para que no repita, y un trozo de pan de hogaza del día anterior mojado en agua. El toque maestro lo aportarán tres o cuatro guindillas de Ibarra en vinagre, que sustituyen al vinagre tradicional y aportando una acidez especial y un picor característico de los 'langostinos de la huerta'.
Como hacerlo
Para la elaboración, el proceso es muy sencillo pero requiere que le prestemos atención. Comenzamos lavando bien los tomates, los pimientos y el pepino, cortándolos en trozos grandes para introducirlos en el vaso de la batidora junto al ajo y el pan escurrido. Añadimos las guindillas de Ibarra picadas, un buen pellizco de sal marina y un chorro generoso de aceite de oliva virgen extra. Trituramos todo a máxima potencia durante varios minutos hasta conseguir una textura fina, homogénea y con el color típico del gazpacho. Si buscamos un resultado más suave, podemos pasar la mezcla por un colador, aunque si los tomates son buenos, es recomendable dejar la pulpa para que le sume sabor y textura.
Una vez triturado, viene el paso más importante: el reposo en la nevera. El gazpacho necesita enfriarse mucho, un mínimo de tres o cuatro horas, para que los sabores se asienten y el picor de la guindilla se integre con el dulzor del tomate y no resulte incómodo en boca. A la hora de comerlo, conviene servirlo bien frío en cuencos individuales, rematarlo con un hilo de aceite por encima y, si se desea, decorarlo con unas rodajitas finas de guindilla.
Un aliado en verano
Cuando aprieta el calor, pocas cosas apetecen más que un buen gazpacho frío. Además de refrescarnos al momento, ayuda mucho a mantenerse hidratado gracias a la gran cantidad de agua que llevan ingredientes como el tomate o el pepino.
También es una comida ligera, fácil de digerir y perfecta para esos días en los que no apetece comer platos calientes o pesados. Por eso triunfa en verano y muchas personas lo convierten en un básico de la nevera, ya sea como primer plato, bebida o incluso como aperitivo a media tarde.
Un plato con historia
El gazpacho tiene una historia mucho más antigua de lo que mucha gente imagina. Sus orígenes vienen de épocas en las que campesinos y jornaleros preparaban mezclas sencillas con pan, agua, aceite, ajo y vinagre para soportar las largas jornadas de calor en el sur de la península. Con la llegada del tomate y el pimiento desde América, la receta fue evolucionando poco a poco hasta convertirse en el gazpacho que hoy conocemos. Andalucía terminó popularizando esta sopa fría, que con el tiempo pasó de ser una comida humilde y de aprovechamiento a convertirse en uno de los platos más representativos de la gastronomía durante el verano.