El barrio de Etxabakoitz ha cerrado este miércoles la temporada de explosiones festivas en Pamplona y su Comarca. Lo ha hecho con un cohete colectivo: Etxabakoitz Bizirik, la asociación vecinal, el local de mayores, el grupo de costura, el de sevillanas y Jazar, a mecha por entidad, han inaugurado unas fiestas con el calderete popular como plato fuerte del día, jueves de descanso y vuelta al lío viernes y sábado.
“Llegan las esperadas fiestas de nuestro barrio. Tras la pandemia hemos estado dos años sin ellas. Fueron meses muy complicados, donde el movimiento vecinal creó la red de apoyo. Pero tras superarla las cosas no han sido fáciles para las asociaciones. Desde las instituciones nos hemos encontrado con decenas de problemas. El Ayuntamiento dio por finalizado el convenio con Etxabakoitz Bizirik, utilizar los locales vecinales hoy en día es prácticamente imposible, el local de mayores está a punto de perder el convenio y no sabemos qué va a pasar con él. Además, desde hace meses tenemos que pagar tasas por utilizar el colegio. Son ejemplos del trato que hemos recibido”, ha dicho Haizea Gómez, de la Comisión de Fiestas.
Gómez ha explicado lo difícil que les ha resultado preparar las fiestas por la escasa subvención municipal y la también escasa presencia vecinal en la comisión. “Estas cosas nos dificultan mantener la gran ilusión que se necesita para organizar estos actos”. Motivo que le llevó a pedir participación “y no dejar morir al barrio”, y a dedicar el cohete “a todo el trabajo de los colectivos del barrio”.
Elena Palma, de 73 años, está metida “en todos los berenjenales”. Por eso le han tocado dos cohetes, el del grupo de costura y el de sevillanas. Vecina de los últimos pisos que se levantaron en el barrio, esta extremeña de cuna llegó a Etxabakoitz hace 55 años “y este es mi barrio. No quiero cambiarlo por nada. Es el barrio más humilde de todo Pamplona, porque nos han dejado así, pero es mi barrio. Y me encanta. Salgo a la calle y conozco a todo el mundo, y ‘hola Manolo, buenos días’, ‘hola Elena...’ eso no se paga con dinero. Y si estaba mala mis vecinas me llevaban un plato de sopa. Eso tampoco pasa en otros barrios. Por eso quiero al mío”, ha dicho.
Antes de irse a rematar el arroz caldoso para los 35-40 familiares que se iban a juntar en la comida, ha lamentado la dejación de los distintos equipos de Gobierno con el barrio. “Si Etxabakoitz está muerto es porque ninguno ha hecho nada. Esto Lourdes ya no lo va a arreglar tan fácil. Se puede arreglar un poco cuando hagan las viviendas que dicen que van a hacer”. Y ha pedido a las nuevas generaciones que se involucren: “Creo que la gente luchadora tenemos que existir toda la vida. La juventud tiene que estar ahí, seguir el turno”.
El local de mayores
Pili Barrientos, de 51 años e integrante de la asociación de vecinos, no tiene duda del principal caballo de batalla del barrio: “Desde hace un tiempo es el local de mayores. Se hizo un convenio hace 3-4 años con el Ayuntamiento, dueño del local, fundación Caja Navarra y Caixa. Ellos nos daban el dinero para funcionar. Se acabó el convenio, el año pasado el Gobierno de Navarra nos concedió una partida y nos está costando muchísimo que llegue el dinero. Piden muchos requisitos que en principio no nos iban a pedir, y de la partida que nos dieron no hemos visto ni la mitad. Funcionar sin dinero es imposible para cualquier colectivo, pero en un local de mayores más. Así llevamos desde principios de año”, ha asegurado Barrientos. “Hay una persona contratada que se dedica en cuerpo y alma y es una maravilla, pero si no hay dinero no se pueden hacer actividades. Eso es lo prioritario”.
También sobrevuela por el barrio el Plan Sectorial de Incidencia Supramunicipal (PSIS), desbloqueado el año pasado –su desarrollo se desvinculó de la construcción de la futura estación de tren– y que contempla hasta 11.733 nuevas viviendas. “El tema es gordo. Mi piso está fuera de ordenación desde hace más de 17 años, en un limbo. Habrá que ver qué pasa, hacia dónde va a tirar esto y qué tenemos que hacer”. Como el asunto va para largo, tras el cohete tocaba era tomar el vermú con las amigas del barrio y “disfrutar sobre la marcha” de fiestas.
Antonia Catena tiene 83 años y es vecina del Grupo Urdánoz. Ha tirado el cohete como integrante del local de mayores. Y no quiere por nada del mundo perder ese espacio. “Es lo que tenemos los viejicos. Jugamos a las cartas, hacemos pintura, gimnasia y de todo. Si nos quitan eso, ¿dónde vamos?”. “Se han llevado las carnicerías y las cajas de ahorros. No queda más que la tienda de ultramarinos, y la van a cerrar antes de final de año. Bares había tres y queda uno nada más. Y en la pastelería se van a jubilar, vete a saber si la abren otros... Nos van a dejar aquí en la miseria, de verdad”. Razón de más para conservar su local: “Si está malo fuera, ahí calenticas estamos todas las amigas, jugamos unas cartas, hacemos nuestra meriendica, te tomas tu cafelico... Todo”.