Doce años después de publicar su primera novela, Itxaso Martín regresa con Punto bobo, una historia tejida a base de silencios y secretos familiares. Abriendo su corazón donostiarra, la autora explora temas cotidianos como la presión social o la maternidad sin idealizar.
'Punto bobo' es la última novela de Itxaso Martín.
Su novela se titula Punto bobo, esa forma de repetir y tejer sin avanzar. ¿Hace alusión como metáfora a la inmovilidad social o a los ciclos familiares?
Pues sí, hace alusión a eso y a la propia estructura de la novela. En el punto bobo estás todo el rato haciendo pequeños nudos, y se trasladan a la novela en esa estructura que va hacia adelante y hacia atrás, como si fuese un propio tejido, o una textura. También es una referencia a lo que viven las protagonistas: a una presión social muy grande; y también hacen punto, así que se cierra el círculo.
Entrelaza dos historias en apariencia inconexas, que acaban demostrando lo contrario. ¿Es cierto eso de que el mundo es un pañuelo?
Sí, efectivamente. Son dos historias inconexas, en principio paralelas -que no se van a llegar a tocar- porque aparentemente y estilísticamente son muy diferentes; pero porque las protagonistas así lo requieren. En algunos capítulos, las protagonistas son una madre y una hija que tienen una conversación en una cocina, y que podría ser súper actual, como muy teatral. La otra parte son cinco capítulos, que son casi como cuentos independientes.
El eje de la historia es el silencio. ¿Se ha perdido este respecto a los temas tabú, o aún perdura?
Creo que todavía hay muchos temas, sobre todo familiares, que son difíciles de romper. Ya no solo porque sean sobre teorías sociales, sino porque los llevamos nosotros en nuestros propios sistemas familiares y en nuestro propio cuerpo. Las personas que son expertas en estas cosas dicen que suele ser la tercera generación la que consigue romper ciertos silencios de las generaciones anteriores. En este caso, es lo que se traslada: muchas veces estructuramos todo en base al propio silencio y a lo que no decimos.
Un ejemplo de ello es cómo aborda la maternidad sin idealizaciones. ¿Supuso un reto equilibrar la compasión con la crítica hacia las decisiones difíciles de las madres?
A retos me he enfrentado tanto en mi trayectoria profesional como académica. Venir de la antropología me ha ayudado totalmente a poder meterme en esos temas. Sobre todo, el hecho de ver las cosas desde muchos puntos de vista. Yo creo que en el libro hay un intento de que nada sea blanco o negro, sino que hay momentos en los que puedes llegar a odiar a un protagonista, y al segundo siguiente le adoras. En otros sientes indiferencia, en otros llegas a empatizar... Tenemos mucha tendencia a juzgar o a hablar de las cosas desde un punto de vista, y casi categóricamente. Romper eso ha sido el reto, sí.
Esa empatía de la que habla se percibe en escenas detalladas como el parto de Tesa, o cuando habla del autismo sin ofrecer un diagnóstico.
Claro, he intentado hacer una fotografía psicológica de los personajes, pero no definiéndolos. No les defino en un momento, sino que vamos conociéndolos a través de sus actos. Cuántas veces nos dicen: “No le digas a alguien mentiroso, dile que ha mentido”. Al final, nos identificamos con esos adjetivos que proponemos y, en este caso, pueden ser también diagnósticos. Si nosotros aplicamos un diagnóstico, ya nos hacemos una composición mental de esa persona, y con ciertas características que tenemos en nuestros prejuicios. Luego, vemos que pueden hacer muchísimas otras cosas que nosotros no preveíamos.
¿Haber sido premiada por el Micaela Portilla Vitoria en su tesis doctoral le añade una presión extra?
No especialmente, pero sí por la exigencia hacia ti misma. Yo publiqué Ni, Vera en 2012, que se publicó el año pasado como Dos veces Vera en castellano, y luego la tesis. Desde entonces, no había publicado más literatura. Te vas exigiendo cada vez más, lees mucho y buscas estar satisfecha con lo que has hecho. En este caso (Punto bobo), me ha costado 12 años. Espero que para la siguiente no pase tanto tiempo.
Itxaso Martín ha sido premiada por el Micaela Portilla Vitoria en su tesis doctoral.
Ha creado también una colección de cuentos infantiles en euskera, MATI, junto a Eider Eibar. ¿Cómo ha sido esta experiencia?
Fue un encargo que me hicieron sin dar muchos detalles, no se me ocurrió a mí. Ahora estoy escribiendo el cuarto y ha sido toda una experiencia. Todo lo que he escrito es más serio y, en este caso, tenía claro que tenía que tener un trasfondo sobre temas sociales, pero lo quería hacer de otra manera. Tener en casa al target, más o menos, también ayuda (risas). Trabajar con Eider ha sido una maravilla, eso que escribes -de repente- ella le da vida. Hemos encajado perfectamente y ha funcionado superbién. Aparte de agradecida, también ha sido divertido, porque lo estoy pasando muy bien.
Escribe primero en euskera, e incluso revisa sus traducciones. ¿Influye en la esencia de sus historias?
Se lee más en castellano, evidentemente, porque hay muchísimos más hablantes, pero yo soy incapaz. He escrito siempre en euskera, y creo que es totalmente necesario. Al público infantil les compramos libros en euskera, pero luego nosotros -los adultos- no los leemos. Hay que romper ese miedo de que enfrentarse a un libro en euskera es más complicado. Hay muchísimo para leer en euskera, yo voy a seguir haciéndolo y a intentar que llegue al máximo público posible.