Actualizado hace 8 minutos
Cuando Lucas Sagarduy llegó al municipio de Aldaia, uno de los golpeados por la dana del 2024, “la realidad superó cualquier imagen que había visto desde casa”. Había salido desde Bilbao con un grupo de amigos, sin experiencia previa como voluntario y con el material “que teníamos por casa”, después de conocer las necesidades que había sobre el terreno. Lo que encontraron al llegar fue devastador. Entre las imágenes que conserva de aquellos días están “el olor y la sensación de no saber cómo actuar”. La experiencia ahora que han pasado dos años le ha hecho replantear si la ciudadanía está preparada para enfrentarse a una emergencia de estas características que dejó 233 víctimas mortales.
Ante una situación de emergencia, no siempre resulta sencillo tomar decisiones. La información puede llegar de manera confusa, las circunstancias cambian en poco tiempo y las personas afectadas tienen que reaccionar sin disponer necesariamente de referencias claras. Saber cuándo abandonar una zona, dónde buscar refugio o qué indicaciones seguir puede marcar la diferencia. Por eso, la preparación no debería limitarse a la actuación de los servicios de emergencia, sino incluir también a quienes viven en los lugares expuestos al riesgo.
El consultor ambiental Julen Rekondo, especializado en cuestiones relacionadas con el medio ambiente y la adaptación al cambio climático, insiste en que el envío de alertas no garantiza por sí solo una respuesta adecuada. “El indicador de la efectividad de un mensaje no es el número de mensajes que envías, sino realmente que la gente reaccione”, advierte. La comunicación debe servir para que la población comprenda el peligro y sepa cómo actuar, no quedarse en una sucesión de avisos cuyo significado práctico desconoce quien los recibe.
La dana de Valencia puso de manifiesto la importancia de que las advertencias lleguen a tiempo y sean claras, pero también de que exista una respuesta coordinada. Para Rekondo, no basta con mejorar los sistemas de comunicación si después no se explica a los vecinos cómo deben reaccionar ante una inundación.
La preparación empieza mucho antes de que se produzca una emergencia. Los municipios cuentan con herramientas para planificar la respuesta ante inundaciones, pero su existencia no garantiza que la población esté preparada. “La mayoría de los municipios tienen planes de inundación, pero si esos planes se tienen en un despacho y a la gente no se le informa ni participa en ellos, no valen para gran cosa”, sostiene Rekondo.
La planificación, por tanto, debe salir de los documentos administrativos y llegar a las calles. Los vecinos necesitan conocer si viven en una zona inundable, qué riesgos existen en su entorno y qué deben hacer si se activa una alerta. “Por una parte, ¿dónde vives? Si vives en una zona inundable o no”, plantea el experto. Identificar la exposición al riesgo es el primer paso para entender por qué una inundación puede afectar de manera distinta a cada barrio y qué precauciones conviene adoptar. Esa información debe acompañarse de formación y simulacros. Defiende que los vecinos aprendan desde edades tempranas cómo actuar ante distintos escenarios. “No se trata solo de saber que existe un plan, sino de tener claro cómo actuar cuando llega el momento”.
La experiencia del joven Lucas Sagarduy contrasta esa falta de información. Reconoce que no sabe si su casa está en una zona inundable y que lo que aprendió en Aldaia le serviría para reaccionar ante una situación similar. “Ahora sabría mejor cómo actuar por la experiencia que viví allí, no porque mi municipio o mi comunidad me hayan explicado qué tengo que hacer”, señala.
La responsabilidad de impulsar esa preparación recae en las instituciones. Los ayuntamientos tienen un papel directo por su cercanía a los vecinos, pero la respuesta también requiere coordinación entre el Gobierno español, las comunidades autónomas y las administraciones provinciales. “La falta de coordinación” fue uno de los problemas que, según Rekondo, quedaron en evidencia durante la dana valenciana. Una emergencia de esta magnitud exige que “los organismos competentes compartan información y actúen de forma conjunta, con responsabilidades y procedimientos definidos”.
El experto considera que lugares como Euskadi cuenta con una mayor coordinación institucional y con sistemas de alerta temprana que permiten anticiparse a situaciones de riesgo y activar protocolos. “Eso no significa que esté libre de peligro”. Las lluvias torrenciales y la creciente imprevisibilidad meteorológica obligan a revisar de forma continua la capacidad de respuesta y a no dar por hecho que las herramientas existentes serán suficientes en cualquier circunstancia.
Adaptarse al agua, no solo contenerla
La construcción en zonas inundables “continúa siendo uno de los grandes retos”. Aunque, según el especialista ambiental, a día de hoy se ha avanzado con normativas más estrictas para limitar las edificaciones en áreas expuestas, todavía existen espacios urbanizados en los que el riesgo no puede eliminarse con facilidad. En esos casos, cada situación exige estudiar qué medidas son posibles. “El traslado de viviendas puede plantearse en enclaves especialmente problemáticos”, aunque se trata de decisiones complejas por su coste económico y sus consecuencias sociales.
A esa planificación se suma la necesidad de adaptar las ciudades para que puedan gestionar mejor el agua de lluvia, cada vez más presente. Rekondo defiende soluciones que permitan retenerla y facilitar su absorción, como los espacios verdes, los jardines de lluvia y las zonas capaces de funcionar como áreas de almacenamiento temporal. La idea es que el entorno urbano no dependa exclusivamente de canalizar el agua con rapidez, sino que disponga de espacios para amortiguar sus efectos.
La transformación, sin embargo, no es igual de sencilla en todos los lugares. Por eso, el experto plantea estudiar cada entorno y aprovechar, cuando sea posible, espacios como parques, jardines o plazas que puedan contribuir a retener el agua.
Estas medidas adquieren relevancia en un contexto de cambio climático en el que los episodios de lluvia intensa pueden aumentar la presión sobre territorios ya expuestos. Los periodos de retorno utilizados para estimar la frecuencia de las inundaciones tampoco deben interpretarse como garantías de que un fenómeno no se repetirá durante décadas. El riesgo puede cambiar y las zonas que hoy parecen seguras pueden necesitar nuevas medidas de prevención y adaptación.
Para Rekondo, el objetivo es avanzar hacia ciudades capaces de convivir mejor con el agua –“cada vez más presente por las altas temperaturas del mar”– sin seguir ocupando áreas vulnerables. Esa transformación requiere tiempo, inversión y decisiones que pueden resultar difíciles, pero debe ir acompañada de una ciudadanía informada.