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Los crímenes reales han dejado de ocupar únicamente las páginas de sucesos para convertirse en uno de los grandes fenómenos de entretenimiento de la última década. Pódcast, documentales, series, programas de televisión y redes sociales han multiplicado las formas de acercarse a asesinatos, desapariciones e investigaciones policiales que hasta hace unos años apenas tenían recorrido fuera de los medios tradicionales.
Patrick Nogueira es uno de los asesinos más conocidos para los fans del 'true crime'.
Este crecimiento ha cambiado también la relación del público con las historias criminales. El espectador ya no se limita a conocer un caso, sino que busca pistas, reconstruye los hechos, compara versiones y comparte sus propias teorías. El fenómeno ha generado una comunidad especialmente activa en internet y ha convertido muchos sucesos reales en auténticos fenómenos virales.
El auge del true crime
Investigaciones recientes realizadas en el Estado constatan el crecimiento del género y analizan su impacto sobre la cultura popular y la percepción del crimen. Un trabajo de la Universidad Rey Juan Carlos publicado en 2025 estudia precisamente la expansión del true crime durante la última década y concluye que su consumo puede influir en la percepción que el público tiene del delito, la justicia y sus protagonistas. El estudio también señala la existencia de efectos contrapuestos, desde una mayor empatía y visibilidad de determinados casos hasta posibles procesos de desensibilización.
La investigación apunta además a que el fenómeno ha encontrado en el pódcast, el streaming y las redes sociales algunas de sus principales vías de expansión. Estos formatos permiten un consumo más prolongado y participativo y han dado a la audiencia un papel más activo en la conversación sobre los casos.
La Guardia Civil traslada a César Román, conocido como Rey del Cachopo, durante su juicio en 2021.
De espectadores a investigadores aficionados
Una de las principales transformaciones provocadas por el auge del género es la implicación de la audiencia. El consumidor de true crime puede pasar de escuchar una historia a buscar información adicional, comparar testimonios y reconstruir por su cuenta la investigación.
En redes sociales, además, los casos pueden adquirir una segunda vida. Los usuarios comentan las pruebas, analizan declaraciones, comparten documentos y desarrollan teorías que en ocasiones alcanzan una enorme difusión.
Esta participación explica parte del atractivo del género, pero también puede generar confusión entre la investigación periodística contrastada y las interpretaciones surgidas en redes sociales.
Caminar solo, viajar o compartir datos: las situaciones que generan más alerta
El estudio también muestra qué situaciones cotidianas llevan a los consumidores de true crime a extremar las precauciones. Actividades como caminar solo por la noche, desplazarse por lugares desconocidos o compartir información personal en internet son algunas de las circunstancias que generan una mayor sensación de alerta después de exponerse a este tipo de contenidos.
Ese cambio también se refleja en pequeños hábitos del día a día. Prestar más atención al entorno, mantener el teléfono cargado, elegir zonas iluminadas y concurridas, cerrar puertas y ventanas, avisar a familiares de los desplazamientos o compartir la ubicación forman parte de las medidas que algunos espectadores aseguran haber incorporado.También aparecen otras conductas, como comprobar quién llama antes de abrir la puerta, evitar determinadas rutas o reducir el uso de auriculares cuando se camina solo, especialmente en zonas poco transitadas.
No obstante, adoptar estas medidas después de consumir true crime no significa necesariamente que la persona tenga una percepción más precisa del peligro. La exposición frecuente a historias de delitos violentos puede aumentar la sensación de vulnerabilidad, aunque el riesgo percibido no siempre coincida con el riesgo real. Por ello, conviene diferenciar entre adquirir determinados hábitos de prevención y desarrollar una valoración objetiva de las amenazas cotidianas.
Imagen promocional del ‘true crime’ de Netflix ‘Angi: crimen y mentira’
El éxito del género demuestra que los crímenes reales ya no se consumen únicamente como información, sino también como entretenimiento, investigación participativa y fenómeno cultural. España se ha sumado plenamente a esta tendencia, impulsada por el crecimiento del pódcast, las plataformas de streaming y las redes sociales.
Pero ese éxito obliga también a extremar la cautela. Contar un crimen real significa hablar de víctimas reales, familias reales y procesos judiciales que siguen teniendo consecuencias fuera de la pantalla. El reto para el género pasa por mantener el interés de la audiencia sin convertir el sufrimiento en espectáculo y por diferenciar claramente los hechos contrastados de las teorías y especulaciones.