Actualizado hace 6 minutos
La ausencia tiene la forma de una silla vacía. Se esconde en el lado de la cama que nadie ocupa, en una llamada que ya no llegará, en una receta que ha dejado de prepararse para dos. A veces cabe en un gesto diminuto: girarse para contar algo y recordar, justo antes de pronunciar la primera palabra, que la persona a quien queríamos contárselo no está.
El duelo habita en esas pequeñas grietas de la vida cotidiana. Unos días pesa como una piedra; otros concede una tregua. Puede arrancar lágrimas o instalarse en el silencio. Cada pérdida tiene su historia y cada vínculo, una forma distinta de permanecer.
Este 1 de noviembre, Día de Todos los Santos, las flores vuelven a cubrir las lápidas y los cementerios reúnen a quienes comparten un recuerdo. Pero la memoria también vive en las casas, en las fotografías sobre una cómoda, en las costumbres heredadas y en todo aquello que sigue teniendo sentido porque alguien estuvo ahí. “El duelo es una respuesta natural ante la pérdida de una persona querida. No es una enfermedad ni algo que tengamos que superar en un tiempo determinado, sino un proceso de adaptación a una nueva realidad en la que esa persona ya no está físicamente presente”, explica Begoña Guijarro, responsable del servicio de psicoterapia familiar de Betirako.
Quienes rodean a una persona en duelo suelen querer aliviar su sufrimiento con consejos o mensajes de ánimo. En ocasiones, la preocupación por saber qué decir hace olvidar que, en esos momentos, lo más importante para quien atraviesa esa situación es tener la certeza que no está sola y contar con alguien a su lado. “No siempre necesitamos que nos den soluciones; muchas veces lo que necesitamos es sentirnos escuchadas, comprendidas y acompañadas”, señala Guijarro.
Poder hablar sin miedo a ser juzgado, expresar las emociones y recordar a quien ha muerto sin que los demás cambien de tema forma parte del proceso. Para ello, conviene disponer de un espacio en el que uno pueda mostrarse tal como está, sin tener que fingir que se encuentra bien.
Aceptar que cada persona afronta la pérdida a su manera también implica respetar sus tiempos. No hay una fecha a partir de la cual el dolor deba desaparecer ni una obligación de recuperar cuanto antes la normalidad.
Más allá de la despedida
Betirako, el servicio de atención psicológica especializada de la cooperativa de iniciativa social Agintzari, ha acompañado a más de 1.460 personas en Euskadi. Ofrece atención psicológica individual, familiar y grupal, tanto presencial como online, en Bizkaia, Gipuzkoa y Araba. Además, interviene en situaciones de crisis o fallecimientos de especial impacto en centros educativos, hospitales y otros espacios comunitarios.
La atención parte de las necesidades de cada persona. La tristeza, la rabia, el miedo o la culpa pueden aparecer en diferentes momentos, alternándose incluso con instantes de tranquilidad. No hay un calendario para estas emociones ni un único modo de vivir la pérdida. “No se trata de marcar etapas que haya que superar ni de establecer cómo debería sentirse, sino de ayudarle a comprender lo que está viviendo y ofrecerle herramientas para transitar ese proceso”, precisa la profesional de Betirako.
En ese camino, el entorno desempeña un papel fundamental. Durante los primeros días, familiares y amistades suelen estar muy presentes, pero, a medida que la rutina se restablece, el vacío puede hacerse más palpable. Permanecen las costumbres compartidas, los espacios vacíos y las fechas que reavivan el dolor.
“La despedida no marca el final del duelo”, insiste Guijarro. Por eso, el apoyo debe prolongarse en el tiempo: interesarse por cómo evoluciona la persona, llamarla semanas después o proponerle un paseo son formas de seguir cerca. Asimismo, es recomendable escucharla cuando quiera hablar de quien ha fallecido, sin rehuir las conversaciones que despiertan tristeza y permitiéndole expresar lo que siente.