Los primeros días de colegio o escuela infantil pueden estar acompañados de llantos, cambios de humor, más cansancio, dificultades para dormir o mayor necesidad de estar cerca de los padres. Para algunos niños la adaptación es rápida, mientras que otros necesitan varias semanas para sentirse cómodos con la nueva situación.
Aunque buena parte de este proceso tiene lugar en el centro educativo, lo que ocurre en casa también puede ayudar a que el niño gane seguridad y afronte mejor el cambio. No se trata de conseguir que deje de llorar de un día para otro, sino de ofrecerle un entorno previsible en el que pueda expresar cómo se siente.
Mantener unas rutinas predecibles
Durante las primeras semanas es especialmente importante mantener unos horarios relativamente estables. Dormir, levantarse, comer y acostarse aproximadamente a las mismas horas ayuda al niño a anticipar lo que va a ocurrir y reduce parte de la incertidumbre.
También puede ser útil preparar por la noche la ropa, la mochila o lo necesario para el día siguiente. De esta forma, las mañanas son más tranquilas y se evitan las prisas justo antes de salir de casa.
El descanso merece especial atención. El cambio de horarios y la novedad pueden hacer que el niño llegue más cansado al final del día, por lo que conviene priorizar el sueño y evitar sobrecargar las tardes con demasiadas actividades.
En esta línea, Ainhoa, enfermera pediátrica y creadora de contenido en Instagram a través del perfil @enfermeradebebes, donde cuenta con más de 360.000 seguidores, comparte este y otros consejos relacionados con el cuidado de los más pequeños. Sus recomendaciones pueden resultar útiles para las familias a la hora de establecer rutinas y afrontar con mayor tranquilidad el periodo de adaptación escolar.
Hablar del colegio sin convertirlo en un interrogatorio
Preguntarle continuamente qué ha hecho, si ha llorado o si se lo ha pasado bien puede terminar generando presión. En lugar de hacer muchas preguntas, se pueden utilizar comentarios sencillos: "Hoy has vuelto a ver a tus compañeros" o "Parece que estás cansado después de un día tan largo".
Validar sus emociones también es importante. Si dice que no quiere ir, no significa necesariamente que la adaptación vaya mal. Se puede reconocer lo que siente y, al mismo tiempo, transmitir confianza: puede echar de menos a sus padres y sentirse triste y, aun así, ir acostumbrándose poco a poco.
Despedidas breves y tranquilas
Uno de los momentos más difíciles suele ser la entrada al centro. Alargar la despedida porque el niño llora puede aumentar su angustia. Lo recomendable es despedirse con cariño, pero de forma breve y transmitiendo seguridad.
Frases como "Sé que te cuesta, pero vas a estar bien y después vendré a buscarte" pueden resultar más útiles que intentar convencerle de que no tiene motivos para llorar.
Además, es preferible evitar desaparecer a escondidas. Aunque pueda parecer una forma de evitar el llanto, el niño puede interpretar que sus padres pueden marcharse en cualquier momento sin avisar.
Madre se despide de su hija a la entrada del colegio.
Reservar un rato de atención al volver a casa
Después de varias horas en un entorno nuevo, algunos niños necesitan más contacto y atención. Dedicar un rato tranquilo al llegar a casa, sin prisas ni demasiadas actividades, puede ayudarles a recuperar seguridad.
En algunos casos pueden mostrarse más demandantes, querer estar en brazos, enfadarse por pequeñas cosas o incluso comportarse de manera diferente a como lo hacen habitualmente. Estas reacciones pueden estar relacionadas con el cansancio y con el esfuerzo que supone adaptarse a una nueva rutina.
No siempre necesitan que los padres les hagan hablar sobre lo ocurrido. A veces jugar juntos, leer un cuento o simplemente estar cerca es suficiente.
Madre juega con su hijo en casa al llegar del colegio.
Evitar comparar o presionar
Cada niño necesita su propio tiempo para adaptarse. Compararlo con un hermano, un compañero o incluso con otros niños de su clase puede aumentar la presión.
También conviene evitar frases como "Ya eres mayor para llorar" o "Mira qué bien lo hacen los demás". En su lugar, es mejor reconocer sus pequeños avances: entrar un poco más tranquilo, participar en una actividad o separarse durante unos minutos sin llorar también son pasos adelante.
La adaptación no tiene por qué ser lineal. Puede haber días buenos y otros en los que el niño vuelva a mostrar rechazo o esté más sensible.
¿Cuándo conviene pedir ayuda?
En la mayoría de los casos, las dificultades iniciales van disminuyendo conforme el niño conoce el entorno, las rutinas y a las personas que le acompañan. Sin embargo, si el malestar es muy intenso, persiste durante un periodo prolongado o interfiere de forma importante en su alimentación, descanso o vida cotidiana, es conveniente comentarlo con el centro educativo y consultar con el pediatra o un profesional especializado.
El objetivo no es que el niño se adapte lo más rápido posible, sino acompañarle durante el proceso y darle herramientas para sentirse seguro. En casa, la calma, las rutinas y la disponibilidad de los adultos pueden convertirse en un apoyo fundamental para afrontar este nuevo comienzo.