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En Orcières-Merlette la memoria recuerda a Luis Ocaña, que destrozó a Eddy Merckx en el Tour de 1871. "Nos ha matado como El Cordobés a los toros", dijo el genio belga sobre aquella victoria de talento y carácter del español. Ocaña, el maldito, se estrelló cuatro día después en el descenso del Col de Mente bajo el granizo. Su amarillo, de sangre. Allí se acabó su Tour.
Del día que sometió a Merckx, Joop Zoetemelk, uno de los acompañantes iniciales de aquella osadía de Ocaña, rememoró que “pedaleaba como poseído, jamás podré olvidarlo”.
Fue el día que el Caníbal se sintió, frágil y vulnerable. Jamás nadie le derrotó de esa manera. Eddy Merckx reconoce en Tadej Pogacar, campeón de cuatro Tours, dominador implacable de esta era, a su heredero natural.
En la montaña de Ocaña, tomó el relevo desde el valentía y la bravura Richard Carapaz, que es un rostro pintado para la guerra. Siempre dispuesto para otro esfuerzo. Inquebrantable el ánimo. El rojo de la Vuelta, el rosa del Giro y el amarillo del Tour le decoran en su círculo de triunfos.
Carapaz festeja la victoria.
Líder en las tres carreras, el campeón olímpico, redondeó el círculo virtuoso y contó su segunda victoria en el Tour después de la lograda en 2024 Superdévoluy. Palpita en el ecuatoriano el alma insobornable del campeón que no desfallece a pesar de las derrotas. El que se levanta tras cada caída.
Siempre dispuesto a dar batalla. A pelear y perseverar. Después de varias fugas, de intentos que no lograron el éxito, no decayó el ecuatoriano, que corrió con la presión del favoritismo colgado de su percha. Carapaz se desplegó con un un triunfo redentor.
Encontró la paz después de algunos episodios desmoralizantes. En Le Lioran le descosió la alegría el voraz Pogacar. En Le Markstein sufrió el mismo síntoma. Desfigurado por los mejores. No hubo un tercera vez. En Orcières-Merlette honró la figura de Ocaña. Su carácter.
Su fortaleza mental, su capacidad de resistencia, le llevó a un triunfo superlativo tras hilar una subida estupenda para anidar dichoso en la gloria. Se subió al cielo por delante de Mauro Schmid y Matteo Jorgenson. Después asomaron los restos de la fuga.
"Una victoria muy luchada"
Pogacar y los patricios alcanzaron la cumbre tras firmar un armisticio de paz. La general no sufrió cambios, con todos los favoritos juntos en la meta a 4.35 del ecuatoriano, por lo que sigue liderada por Pogacar, con 4.32 de ventaja sobre el belga Remco Evenepoel y 6.51 con su compañero mexicano Isaac del Toro.
Carapaz y Pogacar, que le negó dos victorias anteriormente, sellaron la paz con un abrazo. Sonreía el ecuatoriano y respondía el esloveno con el mismo gesto mientras hacia rodillo.
“Ha sido una victoria muy luchada. Cada año es más difícil ganar pero la recompensa está aquí”, argumentó Carapaz, que festejó la 25º victoria de su excelso palmarés.
Los Alpes, las carreteras de montaña, el asfalto añejo, desgastado por el sol, rajado por el frío, recibían el escaso aliento que le resta al Tour, cansado, fatigado, a un dedo del derrumbe definitivo.
Los cuerpos, baqueteados, los huesos, roídos, son el sonajero que se abre paso en el tríptico definitivo por las cumbres antes de París.
El Arco del Triunfo de los Campos Elíseos es una ensoñación, un perfil que brota de la imaginación. Las mentes están ahí, porque los piensan, pero los cuerpos padecen al sol de la travesía alpina en su primer capítulo.
En ese paraje, el UAE, tantas veces pizpireto y exhibicionista, era una saeta que le cantaba a la pena. Debilitado el equipo, arrastrando los pies.
Después del episodio de Adam Yates en la víspera, en la que se quedó en blanco y tuvo que ser remolcado por Wellens, que le acompañó en su calvario, a McNulty, Wellens y Vermeesch se les abrieron las costuras en el primer puerto, Côte d'Engins.
Fuga de calidad
El infalible e imparable ejército de Pogacar, el grupo salvaje que se pavoneó tantas jornadas, mostraba evidentes signos de fatiga.
Desde la aparición de los controles de madrugada, la noche parece haber colonizado al UAE. Adam Yates se repuso de su debilidad. El sol le iluminó.
Pogacar, que es una fuente de luz incandescente, amarillo flamígero, el gran sol, tenía el rostro sombrío porque sus compañeros sufrían.
La alegría estaba en el barrio de la libertad, donde disfrutaban los fugados, siempre deseosos de nuevas aventuras. Gatos sin dueño.
Amortizada la primera montaña, en la Côte de Monteynard la fuga era una realidad, asentada más de una quincena de dorsales, con sospechosos habituales como Carapaz, Pedersen, Paret-Peintre, Johannessen, Raúl García Pierna, Vacek, Castrillo, Bernal, Arensman, Jorgenson, Castrillo o Schmid… En el retrovisor perseguía un grupo en el que respiraba Ion Izagirre, otra vez a la búsqueda de una quimera.
En la Côte des Terrasses la diferencia creció mientras las fuerzas menguaban. El peaje de la Grande Boucle no hace distinciones. En el pelotón, que no gobernaba el UAE de los dispendios en fiesta de guardar, se incitó a una marcha allegro ma non troppo.
Debilidad del UAE
Pogacar se camufló en el anonimato a pesar del amarillo, y su guardia de corps, que lucía pechera de general en las semanas precedentes, eligió los tonos opacos de la irrelevancia. Un traje gris marengo, que no desentona. Ideal para pasar desapercibido incluso en el idilio del esloveno con el Tour.
Con el Alpe d’Huez resoplando en los próximos episodios, entre los favoritos optaron por el ahorro de energía, el bien más preciado. Cada gramo es un Fort Knox. Un cargamento de oro que proteger al máximo. El Álamo de la supervivencia.
Los destellos y lo arrebatos se garabateaban entres los escapados, con las pinturas de guerra en el rostro. Cada palmo del abrupto terreno era un lugar un cuadrilátero.
De esa ruleta de voluntades, mezclaron Raúl García Pierna, Jorgenson, Schmid, Paret-Peintre, Carapaz y Tobias Johannessen.
Por detrás llegó la noticia del abandono de McNulty, derrengado. Solo y en silencio tras 50 kilómetros aislado. Por la radio del equipo informaron a Pogacar y el resto de que era fundamental perseverar y aguantar. Unirse en la desgracia.
Tadej Pogacar, a su llegada a meta.
Asalto final
En Orcières-Merlette, 7,1 km al 6,7%, las rocas grises, a modo de frontispicio, servían como punto de referencia para cincelar la victoria. A Raúl García Pierna, la montaña le pesaba. Las voces calientes de la afición daban crédito al sexteto, que giraba la ruleta de la fortuna.
En el territorio Pogacar, el Red Bull de Evenepoel, inspirado tras el doblete de montaña en Plateau de Solaison y la crono, propuso algo de ritmo. Se encendió la humeante Locomotora de Carchi. La mirada ambiciosa.
Carapaz, indómito, se sacudió. Le respondió Paret-Peintre. Se compactaron Jorgenson y Schmid. El segundo directo del ecuatoriano mandó al resto a la lona. Les clavó con saña.
En Le Lioran, solo el mejor Pogacar le arrancó de la felicidad que parecía suya, y en Le Markstein, la agitación de los patricios sometió al ecuatoriano.
Fuera de foco los grandes depredadores, Carapaz, valiente, atacó con violencia su misión, su búsqueda del cielo, un triunfo liberador.
Obsesivo, indomable, pleno de convicción, de seguridad en sí mismo, el ecuatoriano posó su vuelo en Orcières-Merlette. Le arrancó la victoria a la montaña. Hizo cima en el Tour. El ecuatoriano cumplió su misión. Elegido para la gloria. Carapaz se reivindica.