A los eclipses se les atribuyen situaciones de lo más extrañas que casi todas vienen de la falta de explicación científica en las culturas antiguas, que atribuían el fenómeno a la voluntad de los dioses. El origen de los bulos viene de la ignorancia, la desinformación, el desconocimiento y el miedo que producen las cosas que no se sabe por qué pasan. Fernando Jáuregui, astrofísico y divulgador que forma parte del Departamento de Cultura Científica y la Innovación de FECYT especializado en astronomía y en la comunicación científica a través de planetarios, comenta que "cuando las personas no saben explicar el motivo de las cosas, se inventan explicaciones fantásticas, algunas de ellas incluso divertidas y curiosas, pero otras son perjudiciales y negativas".
La desinformación y los mitos en torno a los eclipses no son algo nuevo. Según la Agencia SINC, durante milenios estos fenómenos provocaron temor e inspiraron la creación de relatos míticos hasta que la humanidad fue aprendiendo primero a predecirlos y, más tarde, a comprender sus causas.
Durante el atardecer del miércoles 12 de agosto de 2026 tendrá lugar el primer eclipse total de sol visible desde la península Ibérica en más de un siglo y esos mitos saldrán de nuevo en los temas de conversación entre amigos y familia. Algunos de los más comunes y que más se repiten son, por ejemplo, que la comida preparada durante un eclipse se envenena, "falsa idea de una radiación especial que, de existir, también afectaría a la despensa o los cultivos", explica Rafael Bachiller, astrónomo, director del Observatorio Astronómico Nacional y del Real Observatorio de Madrid (IGN) y también presidente de la Comisión Científica del Trío de Eclipses.
Si hay un ámbito sobre el que los bulos en relación a los eclipses son especialmente numerosos, ese es el de la salud. Uno de los rumores más escuchados es que las embarazadas no deben verlo o deben ponerse un lazo rojo en el vientre para evitar labio leporino o manchas en la piel del bebé o que adelantan el parto, "una creencia de origen sudamericano sin ninguna base científica", continúa Bachiller. No hay estudios científicos que acrediten estos hechos ni una explicación basada en la ciencia para ello, como tampoco los hay cuando la supuesta protagonista es la luna llena.
Rafael Bachiller
Asimismo, se suele decir que estos sucesos "son presagios de desastres o cambios vitales", afirma el divulgador científico. Todos estos bulos se benefician del llamado 'sesgo de confirmación'. Siempre se tiende a recordar las veces que algún eclipse coincidió con algo malo y se asocia con él, pero se olvida aquellas en las que no sucedió nada raro. Lo cierto es que no hay ninguna evidencia de que un fenómeno natural como este suponga una mayor probabilidad de que ocurran acontecimientos violentos. Por lo que, más allá del daño que mirar directamente un eclipse puede suponer para los ojos, no hay ninguna evidencia de que este fenómeno se relacione con otros problemas de salud.
También se habla de la denominada 'enfermedad del eclipse', "que no existe en absoluto", afirma Jáuregui. La gente reporta que tiene dolores de cabeza o náuseas. “Todo eso es absolutamente falso", repite el astrofísico. Creer en este tipo de sucesos no conlleva grandes riesgos; "la mayoría son inocuos, como perdérselo directamente o posponer un viaje a ver a tu familia porque el eclipse ocurre en esa ciudad", prosigue el divulgador que forma parte del Departamento de Cultura Científica y la Innovación de FECYT.
El mejor antídoto contra estas creencias es "usar el sentido común", sentencia Jáuregui. Por ello, se debe seguir las indicaciones de los organismos oficiales, la web de 'Trío de Eclipses', comprar y utilizar unas gafas homologadas y "no perdérselo por nada del mundo porque va a ser una experiencia única e irrepetible en la vida de los vascos y vascas", confirma.
Lo que sí sucede
Hay acontecimientos que sí suceden durante un eclipse total. En concreto, que la luz ambiental cae rápidamente y el cielo adquiere tonos anaranjados en el horizonte, como un gran crepúsculo que ocupa los 360 grados, lo que conlleva que "baje la temperatura de forma perceptible al desaparecer la radiación solar directa", detalla Bachiller. Por este mismo motivo, la desaparición de la luz del sol hace que los animales alteren su comportamiento como si fuera de noche: "Las aves dejan de cantar, otros animales se preparan para dormir y los insectos, como las cigarras, cambian su canto".