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Arantxa Echevarría estrena Cada día nace un listo (2026), una comedia negra, ácida y mordaz, que cuenta con la colaboración especial de Belén Rueda (Madrid, 1965) en el papel de Carmen. La película sigue la historia de Toni Lomas, un hombre que alcanzó la fama tras participar en un exitoso talent show, pero que ahora atraviesa una situación desesperada.
Su vida cambia cuando Malena, un antiguo amor, le pone en contacto con Junior, el hijo de un poderoso empresario, para robar un valioso cuadro de la mansión familiar. Para llevar a cabo el golpe, Toni reclutará a la Mari y al Gallego, formando un peculiar equipo en el que cada uno persigue sus propios intereses. El reparto cuenta también con Hugo Silva, Susi Sánchez, Dafne Fernández y Jaime Olías, entre otros.
Cada día nace un listo mezcla thriller, sátira social y comedia negra. ¿Qué fue lo que más le atrajo de este proyecto ?
-Pues a mí me parece que Arantxa lleva la comedia hacia un lugar que me gusta mucho, porque trabaja con personajes muy dispares y situaciones sociales muy diferentes. Sin embargo, a través de las historias que va contando, te das cuenta de la esencia del ser humano, sobre todo cuando el dinero y el poder se convierten en prioridad. Y en esta comedia eso se ve claramente. Es una película muy trepidante. Al principio hay una parte más centrada en definir quién es cada personaje, pero después entra en una dinámica muy intensa en la que da igual la situación social o económica de cada uno, porque ves que son capaces de pasar por encima de quien sea con tal de conseguir lo que quieren. En este caso, el dinero y el poder.
Tiene un ritmo frenético y visualmente es muy potente.
-Desde el mismo rodaje. Arantxa tiene una energía muy poderosa, tiene energía para dar y tomar. Ella tenía muy claro por dónde quería ir y hacia dónde quería llevar a cada personaje para que luego funcionara ese choque con una familia con muchísimo dinero, todo ello en un contexto muy extravagante. Sobre todo, en el caso de mi personaje, cuyo marido se suicida por determinadas circunstancias. Ahí hay una cuestión de imagen social, de miedo a la ruina y también de señalamiento. Pero los problemas que él tenía no desaparecen cuando muere. Lo que ocurre es que se trasladan a la familia, que no está preparada para gestionar una situación así, ni tampoco toda esa exposición personal. Arantxa maneja muy bien esa idea de que siempre parece haber alguien capaz de solucionar las cosas, mientras todos intentan conseguir algo y acaban convirtiendo sus familias en un desastre.
Como la vida misma...
-Tal cual. Son personas que aparentan tener muy claro lo que quieren, pero cuando intentan sacar dinero de una situación extrema, todo se les va de las manos. Por eso la mezcla entre comedia y thriller funciona tan bien, y más si tenemos en cuenta que ahora mismo estamos viendo que la realidad supera a la ficción.
En la película se habla mucho de la obsesión por el dinero rápido y las apariencias. ¿Vivimos en una sociedad marcada por el postureo?
-Creo que sí, aunque también evolucionamos. El postureo, en el fondo, está vacío. No es un fin personal ni vocacional, aunque durante un tiempo, sobre todo a determinadas edades, pueda parecer que eso es el éxito. Pero para mí el éxito es otra cosa.
¿Qué es el éxito para Belén Rueda?
-El éxito llega un momento en el que te das cuenta de que si sigues alimentándote solo de eso, acaba faltando algo en tu vida personal. Cuando ya has vivido ciertas cosas, lo que quieres es que se valore tu trabajo y tu valía profesional. Pero si la imagen que has proyectado siempre ha estado ligada a mostrar constantemente el día a día, luego es muy difícil salir de ahí. Si te has prestado al postureo, a enseñar algo que quizá no eres o a exagerar lo que eres para aparentar más, llega un punto en el que buscas algo más profundo y parece que la sociedad no te lo permite. También creo que el momento que vivimos a nivel mundial nos está haciendo reflexionar más. El postureo deja de verse como un objetivo vital cuando empiezas a hablar de cosas mucho más graves, incluso de vidas humanas. Al final, creo que el postureo funciona un poco por ciclos.
Su papel en la película es una colaboración especial, ¿qué le gusta buscar en personajes con menos tiempo en pantalla para que dejen huella?
-Es curioso, porque cuando interpretas a un protagonista tienes la oportunidad, a lo largo de toda la historia, de mostrar los diferentes matices de ese personaje. En cambio, cuando haces un personaje que aparece poco, tiene que estar muy definido, porque está más al servicio de la historia que cuentan los demás personajes, que son quienes realmente muestran todos esos colores. Entonces, cuando tengo un personaje con menos presencia, me gusta crear alguien muy concreto. A lo mejor no sabes exactamente qué piensa en profundidad, pero sí qué quiere que los demás vean de él. Y eso funciona en relación con los otros personajes, a los que sí ves en sus mejores momentos o en los más terribles. Y eso Arantxa lo tiene muy claro. Por eso, en esta película, con actores como Hugo Silva o Dafne Fernández, son ellos quienes van llevando la historia y quienes te permiten profundizar más. Personajes como el mío, el de Carmen, funcionan más como un impedimento o, en determinados momentos, como el impulso para que algo ocurra.
En corto
Belén Rueda (Madrid, 1965) consolidó su popularidad en televisión con series míticas como Periodistas o Los Serrano antes de dar un gran salto al cine. Debutó de la mano de Alejandro Amenábar en la premiadísima Mar adentro (2004), interpretación que le valió el Premio Goya a Mejor Actriz Revelación.
Posteriormente, se convirtió en la indiscutible reina del thriller y el terror psicológico en el panorama cinematográfico estatal gracias a sus papeles protagonistas en éxitos de taquilla y crítica como El orfanato (2007) -dirigida por J.A. Bayona y por la que fue nominada al Goya-, Los ojos de Julia (2010) y El cuerpo (2012). Su versatilidad y magnético registro dramático la sitúan como una de las actrices más respetadas, queridas y taquilleras, además de contar desde sus inicios con el cariño del público, algo de lo que no muchos pueden presumir.
Tras La infiltrada, Arantxa Echevarría ha dado un giro radical con esta película. ¿Le sorprendió verla en un terreno tan gamberro y ácido?
-No, yo ya había trabajado con ella en La familia perfecta. Lo que yo veo es que sabe tratar temas sociales desde enfoques muy distintos. Puede hacer una película centrada en una problemática social y luego hacer una comedia en la que lo aborda pero desde el humor. Ya desde La familia perfecta vi que le gusta llevar las historias al extremo, convirtiéndolas casi en una sátira. Siempre contrapone las situaciones de personas con una vida privilegiada con las de quienes están luchando por llegar a final de mes y pagar facturas.
Ha vivido muchos éxitos profesionales, pero también momentos personales muy duros. ¿El trabajo le ha servido de refugio?
-Sí, pero aunque el trabajo pueda servir como refugio emocional, no sirve de nada si no tienes al lado gente que te acompañe. Aun así, ayuda, porque te permite poner el foco en otro lugar. Cuando hago un personaje me gusta centrarme mucho en el trabajo, no solo en lo que está escrito, sino también en lo que propone la directora o el director. Leo libros, veo películas y me inspiro en otras disciplinas artísticas, como la pintura o la escultura, porque todo ayuda a crear imágenes. No todo es la palabra.
Es un proceso...
-Sí, es un proceso que te permite entrar en un mundo que no es únicamente tu propio dolor, porque cuando te encierras en él, el dolor se magnifica. Eso no significa negarlo. El duelo hay que atravesarlo, porque si no lo haces, siempre queda algo dentro que termina saliendo de formas que no debería. El dolor genera ira, aislamiento e incomprensión, porque cada uno vive las cosas desde su propio filtro. Por eso creo que hay una parte del proceso que es individual. Pero el trabajo sí ayuda, porque te juntas con otras personas, algunas incluso con situaciones peores que la tuya. Eso no resta importancia a tu dolor, pero el acompañamiento y la posibilidad de hablar te permiten encontrar momentos de energía, de luz. Incluso dentro del dolor hay momentos de lucidez, porque eres muy consciente de la pérdida y, precisamente por eso, también eres mucho más consciente de la vida.