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Dice que en Bilbao también hace calor y, por una vez, se ahorra el taco; el mismo que luego sí brotará sin concesiones. Porque Alicia Giménez Bartlett (Almansa, 1951) no tiene pelos en la lengua. Tampoco los tiene su personaje estrella, la inspectora Petra Delicado. Hay mucho de Alicia en Petra. Comparten la ironía, la importancia de la amistad, una cierta frustración intelectual y, ahora, también el duelo. En Bajo el cielo infernal (Destino, 2026), la inspectora se enfrenta a la muerte de su marido mientras resuelve un caso endiablado: el asesinato de un jesuita en el barrio barcelonés de La Mina. “Los cabreos se los voy a dejar a Petra, que además con su carácter le van a ir como anillo al dedo”.
Alicia Giménez lleva más de tres décadas escribiendo a Petra Delicado.
Petra Delicado lleva 30 años en las librerías. ¿Qué le seduce tanto de este personaje y cuándo se jubilará?
-Me ha dado muchas de las mejores cosas que he tenido como escritora. Es cierto que mis grandes premios nacionales han sido con novelas que no eran de Petra, pero las traducciones… Petra ha sido traducida a 20 lenguas. Eso, a los autores, nos hace mucha ilusión. A veces, los contratos son asquerosos. 3.000 euros. Pero piensas: “Un chino leerá a Petra”.
¿Qué más le ha dado Petra?
-También ha dado dos adaptaciones en televisión, una en España y otra más reciente en Italia. Lectores, la posibilidad de conocer países que ni se me hubieran ocurrido… Todo eso me ha llevado adelante en seguir la serie. Claro, habrá un momento en el que tendré que jubilar a Petra, porque puedo repetirme, porque soy autocrítica. En ese momento hay que dar un paso atrás.
Por lo que dice, a la inspectora le queda cuerda para rato.
-Por lo menos, para otra novela de despedida.
En esta ocasión se enfrenta a una trama en torno al asesinato de un sacerdote dedicado a ayudar a jóvenes conflictivos en La Mina, un barrio barcelonés muy degradado. ¿Por qué situó la novela en este escenario? ¿Qué encontró narrativamente?
-La Policía te asesora. Me dijeron que el único barrio que sigue siendo seriamente conflictivo es La Mina. Sin embargo, también me atraía demostrar cómo es un barrio degradado donde viven un montón de familias pobres, pero que no pertenecen al mundo del delito. Hacen su vida normal y llevan a sus hijos al colegio. Quería reivindicarlo, porque está enormemente estigmatizado.
¿Y por qué le apetecía cargarse a un cura?
-Me interesaba darle un plus de complicidad y de complicación a la trama. ¿Qué es más complicado que meterse en el mundo institucional de la Iglesia?
Pocas cosas…
-Es un mundo jerarquizado, opaco, donde lo que sucede en la Iglesia se queda en la Iglesia. En el libro se dice varias veces, porque así lo he oído decir.
¿Esa opacidad solo ocurre en la Iglesia?
-Hay veces en las que la Policía es igual. O el ejército. Todo lo que está jerarquizado, o institucionalizado, tiene un punto de dificultad superior para meterte dentro de él y recibir información. Evidentemente, la Iglesia se ha llevado la palma, porque lleva 2.000 años en ello.
Petra Delicado aborda este caso mientras atraviesa el duelo por la muerte de su marido. ¿Desde qué perspectiva ha querido narrar el duelo?
-Desde la propia, por desgracia. Perdí hace poco a mi marido y los sentimientos son convulsos, importantes. Pero me di cuenta de que había uno que predominaba: la rabia, el cabreo, el sentido de injusticia. Como yo no quiero ir peleándome con todo el mundo por ahí, pensé: “Los cabreos se los voy a dejar a Petra, que además con su carácter le van a ir como anillo al dedo”.
¿Por qué cree que tendemos a tipificar incluso una experiencia tan personal como el duelo?
-Todo se intenta tipificar. En todo hay una clasificación. Los seres humanos somos muy diversos y yo no me creo nada de eso. Aparte, el hacerla ya demuestra intentar simplificar lo que es complejo. En nuestra sociedad tendemos a eso.
¿Por qué nos cuesta tanto convivir con la complejidad?
-Parece que cada vez somos más simples (ríe). Cuantas más reglas, mejor. Pero, en fin, todo eso es un libro de autoayuda que, para mí, deberían llamarse libros de autodestrucción mental. Son… todo paja. Que si hay que ser positivo… Vale, tío. Cuando sepas algo, llámame. Porque eso ya lo sabía.
Vemos a una Petra iracunda y tan sagaz e irónica como siempre, casi irreverente. ¿Esa actitud esconde, en el fondo, una vulnerabilidad y un dolor que solo salen a flote a ramalazos?
-Petra no es un monstruo, tiene sus sentimientos y aquí hay veces en las que se permite exteriorizar qué le ocurre. Pero no siempre es así: siempre intenta no dejar escapar su sensibilidad. Creo que esta Petra está más humanizada y vemos su parte vulnerable, que también es muy grande.
De hecho, su propio nombre esconde un oxímoron.
-Esta es una historia que parece de cachondeo. Puse el nombre sin darme cuenta de que era un oxímoron. Luego, todo el mundo me lo señalaba: “Qué bonito” y yo: “¡¡¡Hooombre!!!” (ríe).
¡Qué me dice!
-Estuve en mi pueblo, Almansa, donde pusieron mi nombre a una calle. El alcalde me dijo: “Estoy convencido de que el apellido Delicado, que es muy corriente aquí, lo escogió justamente por Almansa”. Y yo le respondí: “Pues naturalmente mi querido alcalde” (ríe). Pero no es así. Fue un poco casual. También el título de esta novela es un oxímoron.
Bajo el cielo infernal.
-Ese sí ha sido perfectamente estudiado.
¿Cuánto de Alicia hay en Petra? Después de tres décadas escribiéndola, ¿no tiene la sensación de haber crecido también junto a ella?
-Sí, sin duda. Somos buenas amigas. Como también escribo otro tipo de libros, descanso de ella. Cuando regreso a Petra, me reencuentro con una buena amiga. Parece que es más fácil, porque es un personaje ya creado con un estilo ya escogido. No reniego de Petra en absoluto y tengo puntos serios en común con ella, como la ironía, la manera de vivir la vida con una cierta frustración intelectual y la importancia que tiene la amistad para ella.
¿De dónde nace esa frustración que comparte con Petra?
-De un mundo cada vez más simple y aborregado. Encima, la rebeldía está tomando unos cauces políticos hacia la extrema derecha que no me hacen maldita gracia. Para eso no te rebeles, tío. Y cómo eso adscribe a jóvenes a la extrema derecha me pone los pelos de punta. A estas alturas… Yo, que he vivido la parte final del franquismo, jamás pensé que volveríamos a unas andadas tan serias y tan internacionalizadas.
¿Tenemos una visión demasiado lineal de la historia?
-Sí, porque a veces regresa al punto de partida. Eso es lo malo. Pero antes no estábamos tan informados; ahora, en cambio, se está alertando desde los medios más progresistas. Parece que da igual.
Lleva décadas escribiendo novela negra ¿Cómo ha cambiado el género desde que usted comenzó a escribir?
-Hay demasiada sangre, demasiadas vísceras. Me fastidia mucho, porque no es necesario. La novela negra es un juego intelectual, en primer lugar. Y creo que la mente humana tiene los suficientes fantasmas interiores para darle una pista e imaginarse algo mucho peor que un despiece explicado miembro por miembro.
Usted es de quienes piensan que es mejor sugerir que enseñar.
-Sin duda. ¿Qué hacía Hitchcock?
Sugerir, siempre.
-Y, además, saber que dentro de la mente de los espectadores había cosas que les aterrorizaban.