Durante casi cinco años, Zinedine Zidane rechazó propuestas de algunos de los clubes más poderosos del fútbol europeo. Tras el glorioso paso por el banquillo del Real Madrid, donde se convirtió en el primer entrenador en conquistar tres Champions League consecutivas, su cotizado nombre apareció una y otra vez vinculado a banquillos de la élite, desde París hasta Turín, pasando por Múnich o Mánchester. Nunca dio el paso. Aguardó paciente. No le faltaban oportunidades, pero tenía claro cuál era su próximo reto, el único destino capaz de convencerle para volver a entrenar: la selección francesa.
La espera ha terminado. La Federación Francesa confirmó lo que parecía un secreto a voces, el nombramiento de Zidane como nuevo seleccionador hasta el Mundial de 2030. La sucesión de Didier Deschamps llevaba años dibujándose en el horizonte y, finalmente, el relevo responde a una lógica casi natural. El hombre que lideró a Francia sobre el césped en su primer título mundial, en 1998, tratará ahora de conducir desde el banquillo a una generación que rebosa talento, pero que necesita abrir una nueva etapa tras catorce años bajo el mismo liderazgo y una sensación de decepción tras caer en semifinales de una Copa del Mundo a la que acudía como gran favorita.
"Un sueño hecho realidad"
“Es un sueño hecho realidad”, admitió Zidane durante su presentación. Una frase sencilla que resume una decisión meditada durante años. Porque el marsellés de 54 años nunca ocultó que dirigir a Les Bleus era el último gran reto de su carrera. “Siempre vi a este equipo como aficionado, pero también como un futuro seleccionador”, confesó.
Su llegada marca el final de uno de los ciclos más exitosos que ha conocido el fútbol francés. Desde su nombramiento en 2012, Deschamps convirtió a Francia en una potencia permanente. Ganó el Mundial de Rusia 2018, levantó la Liga de Naciones en 2021, alcanzó la final de la Eurocopa de 2016 y volvió a disputar otra final mundialista en Catar 2022, donde solo los penaltis frente a Argentina impidieron un histórico bicampeonato. En el Mundial de 2026, concluido con la eliminación ante la campeona España, Francia no culminó el desafío pero volvió a instalarse entre las mejores selecciones del planeta.
Los números ayudan a entender la dimensión del legado. Deschamps abandona el cargo con 187 partidos dirigidos y uno de los porcentajes de victorias más elevados entre los grandes seleccionadores europeos de este siglo (una media de 2,13 puntos por partido). Más allá de los títulos, consolidó una estructura competitiva capaz de regenerarse generación tras generación, un mérito que pocas selecciones han conseguido mantener durante tanto tiempo y que sostiene a Francia como referencia internacional en el plano de selecciones.
"No me da miedo, es lo que quería hacer"
Precisamente esa continuidad convierte el desafío de Zidane en uno de los más complejos de su trayectoria. En el Madrid heredó un vestuario repleto de campeones, pero disponía del día a día para moldear el equipo. La selección exige otra forma de liderazgo. Hay menos entrenamientos, menos margen para corregir errores y la obligación de tomar decisiones inmediatas con futbolistas que llegan desde contextos muy diferentes. “Es muy distinto, pero no me da miedo, porque es lo que quería hacer. No lo voy a esconder. Me dije que la única cosa que quería hacer después del Madrid era esto”, reveló.
No obstante, pocos entrenadores presentan un currículo tan contundente para afrontar ese escenario. En apenas dos etapas al frente del Real Madrid, porque ha sido su única experiencia en la élite, conquistó tres Champions consecutivas, dos títulos de LaLiga, dos Mundiales de Clubes y dos Supercopas de Europa. Esa gestión reforzó una de sus principales virtudes: la capacidad para convencer a vestuarios repletos de estrellas sin necesidad de grandes estridencias, sin sonados conflictos.
La gestión del talento
Esa habilidad será especialmente importante en una Francia que afronta un cambio generacional menos acusado de lo que podría parecer. Kylian Mbappé seguirá siendo el gran referente del proyecto, pero a su alrededor emerge una base extraordinariamente joven formada por Warren Zaïre-Emery, Eduardo Camavinga, Aurélien Tchouaméni, William Saliba, Désiré Doué, Bradley Barcola o Michael Olise, además de otros que ensalzan una de las canteras más prolíficas del fútbol mundial.
No es casualidad. Desde hace más de dos décadas, el modelo francés de formación se ha convertido en una referencia. El centro de Clairefontaine, inaugurado a finales de los años ochenta, transformó la detección y el desarrollo del talento, mientras que los grandes clubes franceses han reforzado una red de academias que cada temporada exporta futbolistas. Según los informes técnicos de la UEFA y del Observatorio del Fútbol CIES, Francia es uno de los países que más jugadores forma para las cinco grandes ligas del continente, una ventaja competitiva que explica su extraordinaria regularidad en los grandes torneos. En este sentido, no parece casualidad que el actual campeón de la Champions sea el Paris Saint-Germain, ganador además por partida doble, y que el Balón de Oro sea Ousmane Dembélé.
Zidane saluda a Kylian Mbappé durante la presentación de este último como jugador del Real Madrid.
La Francia de Zidane será ofensiva
La gran incógnita será comprobar qué Francia quiere construir Zidane, que nunca fue un revolucionario táctico. Sus equipos destacaban más por la gestión de los espacios, la flexibilidad y la lectura de los partidos que por un sistema rígido. En el Real Madrid alternó el 4-3-3 con el rombo en el centro del campo y supo adaptar su propuesta a las características de la plantilla. Parece que ese pragmatismo volverá a ser una de sus señas de identidad. “Lo veréis pronto”, expresó sin dar detalles de su propuesta, limitándose a decir que es amante del juego ofensivo. “Yo era un 10 y a mí lo que me anima es ir marcar goles, el juego”, añadió, antes de mostrar la confianza en sus posibilidades: “Era un líder en el campo y ahora creo que puedo serlo como seleccionador”.
En su presentación evitó mirar lejos. Habló de Turquía, su primer rival en la Liga de Naciones, antes que de España o del Mundial de 2030. También confirmó que aún no había conversado con Mbappé, al que quiere dejar descansar tras una temporada exigente. Un detalle que refleja otra de las facetas que siempre le acompañaron como entrenador: la gestión del futbolista.
La Federación Francesa tampoco busca una revolución. Busca continuidad competitiva. Philippe Diallo llevaba tiempo convencido de que Zidane era la figura ideal para cerrar el relevo de Deschamps sin romper el equilibrio de una selección acostumbrada a convivir con la presión de ganar. En Francia existe la sensación de que pocas decisiones generan tanto consenso como esta.
El reto, sin embargo, trasciende los resultados inmediatos. Zidane asume el banquillo con la responsabilidad de administrar la riqueza del fútbol francés: una generación que aún puede dominar el panorama internacional durante buena parte de la próxima década. El objetivo será mantener a Francia en ese reducido grupo de selecciones con la obligación de pelear por ganar trofeos. Aunque en el caso del reciente Mundial, las elevadas expectativas hicieron que cualquier cosa que no fuera levantar el título parecieran un fracaso. Por eso, el desafío será mayúsculo.
Pocas veces un seleccionador debutó con un respaldo tan amplio y, al mismo tiempo, con una exigencia tan elevada. En Francia no basta con competir; se espera ganar. Zidane lo sabe. Lleva conviviendo con esa presión desde que dos cabezazos en el Stade de France cambiaron para siempre la historia del fútbol francés en 1998. Veintiocho años después, regresa al mismo escudo para intentar escribir un nuevo capítulo. Esta vez, desde el banquillo.