La historia ha vuelto a repetirse en Enkarterri. El fallecimiento este lunes de un vecino de 56 años, alcanzado por un tren de la línea entre La Calzada y Bilbao a la altura del barrio de San Juan (Aranguren), no es solo un accidente fortuito; es la enésima llamada de atención sobre una cicatriz de hierro que vertebra y estrangula el municipio. Con 34 pasos a nivel repartidos por su término municipal, Zalla encabeza el trágico balance de ser la localidad con mayor concentración de estos cruces de todo Euskadi y una de las más afectadas de todo el Estado.
El arrollamiento en San Juan vuelve a abrir una herida que nunca ha llegado a cicatrizar en la memoria colectiva del valle. La indignación de los vecinos no responde solo al choque puntual, sino a la macabra hemeroteca que acumula la localidad. En mayo de 2022, el atropello mortal de una adolescente de 17 años en un paso a nivel desató multitudinarias protestas en el pueblo. A penas unos meses después, los atropellos en Oreña o los siniestros de vehículos atrapados en tramos sin barreras físicas engrosaban un listado de “sustos” y fatalidades que los residentes llevan años definiendo de la misma forma: “una ruleta rusa”.
Entre vías
El mapa urbano de Zalla está profundamente marcado por la herencia de las líneas de ancho métrico (la antigua FEVE, gestionada por Adif y operada por Renfe). Las vías que conectan Bilbao con Balmaseda y Santander dividen barrios enteros y serpentean a pocos metros de portales, caseríos y caminos de paso habitual.
Uno de los pasos a nivel situado al lado de una parada de Bizkaibus en Zalla
De los 34 pasos a nivel contabilizados, un porcentaje elevado carece de barreras automáticas que impidan físicamente el paso, dependiendo exclusivamente de avisadores acústicos, señales luminosas o un simple cartel de STOP en intersecciones donde la visibilidad para el peatón o el conductor resulta muy reducida.
“Ahora ha vuelto a ocurrir en nuestro barrio, pero llevamos mucho tiempo advirtiendo de que aquí se convive con el peligro a diario”, denuncia uno de los vecinos del barrio en el que ocurrió el accidente de este lunes. El malestar va más allá de la seguridad física: los constantes parones de los convoyes provocan retenciones diarias, aíslan núcleos de población e incluso llegan a ralentizar el paso de vehículos de emergencia, como ambulancias o bomberos, cuando el tráfico ferroviario se intensifica.