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Política

‘Yoyes’: cuarenta años removiendo conciencias

El asesinato de la exdirigente de ETA por quienes fueron sus compañeros, acusada de traidora al proceso de liberación, supuso un hito en la respuesta social contra la violencia
La exdirigente de ETA (m) 'Yoyes' yace junto a la rueda de un tractor después de ser tiroteada por ‘Kubati’ en la plaza Barandiaran de Ordizia.
La exdirigente de ETA (m) 'Yoyes' yace junto a la rueda de un tractor después de ser tiroteada por ‘Kubati’ en la plaza Barandiaran de Ordizia. / DEIA

Actualizado hace 5 minutos

En su última obra, Críticas, autocríticas, gestos y puentes, el recientemente fallecido Sabino Ormazabal hacía un repaso de los pasajes más duros que la violencia ha dejado en Euskal Herria desde 1961 hasta nuestros días. El veterano periodista, escritor y activista de los derechos humanos ponía el acento en las actitudes que, lejos de contribuir a ensanchar las trincheras abiertas en la sociedad vasca, ahondaban en la empatía con el dolor ajeno, en el perdón y en el intento de cerrar heridas sin que ello suponga borrar el recuerdo de las injusticias cometidas que recoge en su ensayo. Entre esos sucesos no podía faltar el asesinato de Dolores González Katarain Yoyes, del que este jueves se cumplen 40 años. Un hecho que ya entonces removió muchas conciencias y que, al recordarlo cuatro décadas después, sigue haciéndolo, de forma especial entre quienes en aquel momento se pusieron de perfil ante el impactante atentado o, directamente, lo apoyaron.

Aquel 10 de septiembre de 1986, el miembro de ETA (m) José Antonio López Ruiz Kubati acabó a tiros con la vida de quien, no demasiados años antes, había sucedido a José María Beñaran Argala -tras morir este en un atentado del Batallón Vasco Español- como máxima dirigente de esa misma organización en la que se integró en 1971, con solo 17 años. La abandonó en 1979 porque, como confesaba ella misma en su diario -publicado bajo el título Yoyes, desde su ventana- un año antes de ser asesinada, “estaba cansada y en desacuerdo con la nueva línea que se perfilaba”, en alusión a la cruenta ofensiva militar que se pergeñaba. Se exilió en México, pero en 1985, en vista de la inexistencia de causas judiciales abiertas contra ella como consecuencia de la Ley de Amnistía de 1977, decidió regresar a casa. Llegó a pactar ese retorno con el por entonces dirigente de ETA Txomin Iturbe, pero poco después este quedó fuera del ámbito de decisión en la banda tras ser detenido en Francia y deportado a Argelia. La nueva cúpula comandada por Francisco Mujika Pakito -natural de Ordizia como Yoyes y apenas seis meses mayor que ella- no tuvo en cuenta ese compromiso y ordenó su ejecución.

Kubati fue el encargado de materializarla en la localidad natal de Yoyes. Se celebraban las Euskal Jaiak y ella disfrutaba junto a su hijo Akaitz, por entonces de solo 3 años de edad, de una feria de maquinaria agrícola en la plaza Barandiaran cuando López Ruiz se le acercó. Según el relato que este hizo años después ante el juez, le preguntó si era Yoyes y, tras recibir la confirmación, le anunció: “Soy de ETA y vengo a ejecutarte”. En un intento de abalanzarse sobre él, González Katarain recibió un balazo en el muslo y otro en el tórax. Una vez en el suelo, Kubati la remató con un disparo en la cabeza. La víctima tenía entonces 32 años, los mismos que el victimario.

Una pintada contra ‘Yoyes’ en Ordizia en los años 80.

Una pintada contra ‘Yoyes’ en Ordizia en los años 80. NTM

Yoyes había vuelto a su tierra en otoño de 1985 bajo la más absoluta discreción. Sin embargo, un amplio reportaje de investigación publicado por Cambio 16 y titulado El retorno de la etarra agitó el avispero en el entorno de la banda y de la izquierda abertzale. Además de ocupar su portada con una fotografía suya a toda página, la revista profundizaba en Las claves secretas de la reinserción de la ordiziarra, algo por lo que el Gobierno de Felipe González tampoco tardó en presumir. En cambio, la familia ha mantenido siempre que eso no responde a la realidad y que Yoyes en ningún momento se acogió a beneficios planteados por el Estado. Por su parte, ella, en su diario, lamentaba la información de Cambio 16 y las consecuencias que acarrearía: “En mi pueblo he visto una pintada que dice Yoyes chivata y otra Yoyes traidora, me imagino que habrá más… Es como si todos se hubieran puesto de acuerdo para matarme. En la portada de Cambio 16 han puesto una foto robot mía y un titular que dice: El retorno de la etarra, el mismo mensaje que el de ETA, hasta ayer era de ETA y hoy… Estarán satisfechos en los dos lados porque se dan mutuamente la razón y, sin embargo, ¡todo es mentira!”.

'Kubati', de ser brazo ejecutor a reconocer el dolor causado

Entre las conciencias que removió el asesinato de Yoyes y otras acciones similares se puede citar la del propio autor material del atentado que segó la vida a la exdirigente de ETA (m). Y es que, con el paso de los años, José Antonio López Ruiz Kubati no solo ha reconocido el dolor causado con sus acciones, sino que ha animado a otros presos de la organización a acogerse de forma individual a beneficios legales para su excarcelación, justo lo que no se permitió hace 40 años a la exmilitante ordiziarra.

Tras ser condenado en 1987 a 1.210 años de prisión por 13 asesinatos y y cumplir 26 entre rejas, Kubati quedó en libertad en 2013. En 2016 firmó, junto a otros exreclusos, una carta publicada en Gara en la que animaba al colectivo de presos de ETA (EPPK) a “recorrer la vía judicial, explotar la legalidad penitenciaria y acogerse a todos y todo orden de beneficios”, frente a las directriz de rechazo a las salidas individuales sugerida por otros movimientos críticos con la nueva estrategia de la izquierda abertzale.

Posteriormente, en 2020, durante un juicio por la muerte de dos guardias civiles en un atentado sin resolver perpetrado en 1986 del que quedó absuelto, Kubati subrayaba que “estamos en otra fase –en alusión al fin de la violencia– y tenemos que ser coherentes” para después expresar su “respeto” por las víctimas y asegurar que era “consciente” de que estas “tienen un dolor muy grande”.

Más recientemente, en 2025, López Ruiz y otras cinco personas pactaron la Fiscalía una pena de dos años de prisión que quedó suspendida tras admitir en la Audiencia Nacional su responsabilidad en la organización de 120 ongi etorris a presos y reconocer que “estos actos generaron dolor y suponen una humillación para las víctimas del terrorismo”.

Esa campaña de descrédito y de amenazas hacia quien, por haber sido la primera mujer en liderar la banda armada, había llegado a convertirse en un símbolo en aquel mundo que después la despreciaría, desembocó en su asesinato. En el comunicado en el que reivindicó la acción, ETA (m) acusaba a Yoyes de “colaborar en los planes represivos del Estado opresor español y traicionar al proceso de liberación del pueblo trabajador vasco”. Pero lo sucedido causó una enorme conmoción en Ordizia, donde a partir de ese día nada sería igual. La localidad del Goierri, cercana entonces a los 10.000 habitantes, respondió contundentemente al día siguiente con una huelga general secundada por todas las fuerzas políticas excepto Herri Batasuna, que señaló a la “negociación política” como “el único camino para terminar con esta situación de represión y violencia”. También fueron multitudinarias las asistencias al funeral y a la posterior manifestación convocada por el Ayuntamiento, que acabó con una ofrenda floral a los sones del Eusko Gudariak en el mismo lugar donde 24 horas antes había sido abatida su vecina. La movilización, así como una declaración de condena en la que se calificaba de “totalitarios y fascistas” a los autores del crimen, fueron respaldadas con los votos de PNV, PSOE y Euskadiko Ezkerra y rechazadas por los dos representantes de HB que acudieron al pleno. De él se ausentó el tercer concejal de la formación abertzale, José Luis González Katarain, hermano de la asesinada, quien días después suscribiría un rotundo comunicado en el que la familia de Yoyes desmentía las acusaciones formuladas por ETA en su contra.

Al funeral acudieron, entre otras autoridades, Joseba Azkarraga. El hoy en día portavoz de Sare, el colectivo en defensa de los derechos de los presos de ETA, era por entonces diputado del PNV en el Congreso por Gipuzkoa y en los años previos se había destacado por abanderar lo que se denominó la vía Azkarraga. Consistía en unas gestiones para que los miembros de ETA-pm VIII que permanecían en la cárcel pudieran acogerse a las medidas de gracia concedidas en 1982 por el Gobierno español a los poli-milis de la VII Asamblea que habían abandonado sus armas y disuelto su organización. Antes del oficio religioso de aquel 11 de septiembre de 1986, Azkarraga manifestaba que los únicos traidores eran los asesinos de Yoyes, “porque”, dijo, “lo que ella hizo cuenta con el respaldo del pueblo vasco, o al menos de la mayoría del pueblo vasco”.

Retrato de Dolores González Katarain 'Yoyes'.

Retrato de Dolores González Katarain 'Yoyes'. NTM

Por sus connotaciones singulares, la muerte de Yoyes generó una reacción antes desconocida frente a un atentado de ETA. Se organizaron homenajes en los que participaron artistas cercanos hasta entonces al entorno de la izquierda abertzale, a quienes su decisión les pasó factura. Le ocurrió a Imanol Larzabal. Años atrás, aún bajo la dictadura de Franco, el cantautor donostiarra había llegado a ingresar en prisión por colaboración con ETA. Y en 1985 fue protagonista indirecto de la célebre fuga de la cárcel de Martutene de dos presos de la organización que se escondieron en los altavoces del equipo con el que había dado un concierto en el recinto penal, acontecimiento inmortalizado en el célebre Sarri Sarri de Kortatu. Tras tomar parte en octubre de 1986 en el evento que recordaba en su Ordizia natal la figura de Yoyes, se puso en marcha un boicot contra Imanol que le persiguió hasta su muerte en 2004 a causa de un derrame cerebral.

Frente a otros muchos militantes a los que desde el entorno que defendía la lucha armada se calificaba de “arrepentidos” y que optaron por engrosar las filas de Euskadiko Ezkerra, Yoyes se mantuvo al margen de la política y quiso vivir su vida como madre del pequeño Akaitz, algo que no le permitieron sus excompañeros. En el prólogo del libro que recoge sus memorias, la antropóloga donostiarra Begoña Aretxaga -fallecida en 2002- esbozaba una inquietante teoría: “Si Yoyes hubiera declarado en contra de ETA (m) y se hubiera unido al partido político como hicieron los demás arrepentidos, no habría estado sola políticamente y, muy probablemente, no habría sido asesinada. En este hipotético caso, Yoyes se habría comportado como una traidora, según las definiciones de ETA (m), pero no habría cuestionado las polarizadas distinciones políticas de ETA (m). Irónicamente, porque Yoyes no se comportó como una arrepentida y una traidora, sino que vivió con normalidad en el País Vasco, su presencia contradecía el discurso de continuidad histórica de ETA (m) y generaba, desde el punto de vista de la organización, una ambigüedad intolerable”. Y además, Aretxaga incidía en que “en el contexto nacionalista en el que las mujeres tienen que jugar papeles de apoyo incondicional y mediación, una mujer disidente es más intolerable de lo que sería un hombre”.

Ni héroe ni antihéroe

Como explicaba la propia Yoyes en sus reflexiones: “No me consideré héroe, no puedo considerarme antihéroe, tampoco fui terrorista sino militante política, el hecho de no serlo no me convierte automáticamente en parte potenciante del sistema”. Simplemente, quería ser Yoyes. Por ello, su muerte fue, junto al atentado de Hipercor o el secuestro y posterior asesinato de Miguel Ángel Blanco, uno de esos hitos que supusieron un acelerón en la evolución de la actitud de algunos sectores de la sociedad vasca frente a la actividad violenta de ETA. Cuarenta años después, la pregunta respecto a la decisión de acabar con su vida sigue siendo la misma: ¿Por qué y para qué?

2026-09-07T06:57:45+02:00
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