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Víctimas y expresos de ETA ven positivos sus encuentros restaurativos diez años después

Fernando de Luis Astarloa e Iñaki García Arrizabalaga rememoraron en 2014 en DEIA el primer encuentro restaurativo de 2011.
Fernando de Luis Astarloa e Iñaki García Arrizabalaga rememoraron en 2014 en DEIA el primer encuentro restaurativo de 2011.

El proceso del final de la violencia terrorista en Euskadi ha tenido uno de sus capítulos más destacados en la evolución personal que protagonizaron cerca de una treintena de presos de ETA hacia una ruptura con la banda, una autocrítica con sus propios actos pasados que tanto dolor habían generado y un compromiso con la construcción de una sociedad en paz y convivencia. Este trayecto, bautizado de forma genérica como vía Nanclares y transitado en muchos de sus tramos en una absoluta soledad y con el desamparo de las instituciones y del propio entorno al que pertenecían, confluyó en un momento dado con el propio proceso que estaban haciendo las víctimas de sus acciones. La unión más íntima e intensa de ambos mundos se produjo con los denominados encuentros restaurativos, en los que presos y víctimas se reunían cara a cara en absoluta libertad y con conocimiento de causa, en soledad o con la compañía de un mediador. Mañana, 25 de mayo, se cumple el décimo aniversario del primero de esos encuentros.

"Con el tiempo nos hemos dado cuenta de que ha sido mucho más importante de lo que en aquel momento nos llegamos a imaginar", asegura uno de los protagonistas de esa reunión sin precedentes, Iñaki García Arrizabalaga, cuyo padre fue asesinado por los Comandos Autónomos Capitalistas en 1980. Hace ahora una década acudió a la llamada de Fernando de Luis Astarloa, el primer preso de la vía Nanclares que dejó la prisión de forma definitiva tras cumplir 25 años.

Astarloa explica a este medio los motivos que le llevaron a solicitar encontrarse con una víctima. "Quería conocer a la víctima, saber qué habíamos provocado, el sufrimiento que tenía y hacerle preguntas. Cómo había quedado esa familia, sus sentimientos, todo", asevera. Pero el bien fue recíproco. Según Arrizabalaga, "a las víctimas les ha permitido obtener cosas que la justicia penal ordinaria no les había dado. En algunos casos, como el mío, porque ni siquiera ha habido detenciones ni juicio, y en otros porque habiéndolos, no daban respuesta a preguntas y vivencias concretas".

Arrizabalaga no fue víctima directa de Astarloa, pero eso no fue impedimento para que la valoración de ambos sobre la experiencia, que se prolongó durante cuatro horas, sea absolutamente positiva. "Cuando tuve aquel encuentro con Iñaki fue espectacular. El me comentó todo. Y te quedas perplejo", asegura el primero. Añade que "le pedí perdón y él se quedó a su vez perplejo, llevaba 30 y tantos años sin que nadie le reconociera y para él fue impactante". A ese intercambio de impresiones le siguieron otros muchos ya dentro de una amistad forjada en la que coinciden cada poco tiempo para hablar de lo divino y lo humano. Iñaki Arrizabalaga advierte de que "ninguna víctima es mejor o peor por haber participado en estos encuentros, todas son merecedoras de dignidad y respeto". Y considera que "no hay mejor deslegitimación de la violencia que la que formula el que la ha practicado".

Terreno desconocido

El inicio de todo fue una carta que Astarloa envió a la entonces responsable de la Dirección de Atención a Víctimas del Terrorismo del Gobierno vasco, Maixabel Lasa, solicitando el encuentro con una víctima. El caso de Lasa es muy particular porque a su cargo institucional, durante el mandato de Patxi López como lehendakari, se suma su condición de víctima como viuda de Juan Mari Jauregi, asesinado por ETA en julio de 2000. Inmediatamente después del encuentro de Fernando e Iñaki, ella protagonizó el suyo propio, esta vez sí con uno de los miembros del comando que asesinó a su marido, Luis María Carrasco.

25/05/2021
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