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Una tormenta cancela la Vuelta

Una tempestad, con granizo que imposibilita rodar, paraliza la carrera durante el ascenso a Font Romeu y anula la tercera etapa de la carrera
Momento en el que Pogacar manda parar. / Eurosport

El dios de la lluvia, las tormentas y las tempestades, el rey de los cielos, Neptuno en la mitología romana, heredero de Júpiter, Zeus en la versión griega, derrotó al dios pagano de la Vuelta, representado por Tadej Pogacar.

La naturaleza, desatada, es ingobernable. También en verano, cargado de tanto estrés térmico, del calor que invoca a las tormentas. La naturaleza salvaje demostró que es más fuerte que él.

Está bien recordarlo ahora que el hombre cree, erróneamente, que puede domesticarla y que responda a sus deseos y caprichos.

La tempestad, formidable, desatada, una pintura de Wiliam Turner, cegó la retransmisión, que perdió la señal del directo después de que dos rayos atacaran con fuerza inusitada.

Era el aviso de la ceguera que provocó la tempestad poco más tarde. El fundido a negro de la Vuelta. Un diluvio cargado de granizo congeló la carrera.

La lluvia ametrallaba granizo con saña bíblica durante la subida a Font Romeu, que se realizaba a tientas, pellizcadas las pieles por las gotas de lluvia, repiqueteando en los cascos, apedreando las piernas.

Desplomado el cielo, un río bravo surgió de las montañas. Una cascada que remontar corriente arriba. Las luces lacónicas de los coches y las motos, persiguiendo criaturas fantasmales. Espectros que huían de la tormenta, una cuestión de supervivencia.

Los ciclistas, abrumados, a la intemperie, buscaron refugio para tratar de resguardarse a orden de Pogacar, que señaló un desvío para proteger la integridad física del pelotón.

Los ciclistas se metieron en un establecimiento hotelero para guarecerse de una tormenta que descargó violenta e irreductible durante varios minutos.

No volvieron a competir. Una decisión correcta para evitar males mayores. Se impuso el sentido común. Las condiciones meteorológicas impedían reanudar la marcha.

Anulación de la etapa

"Dada la intensa tormenta de lluvia y granizo, los corredores se están refugiando en unas instalaciones a 15,8 kilómetros para la meta", apuntaba el comunicado emitido en la web de la organización, que también confirmó la "anulación completa de la etapa".

Impracticable el asfalto, resbaladizo por efecto del granizo de gran tamaño, a menos de 16 kilómetros para la llegada, los jueces de la carrera determinaron la paralización de la etapa. La Vuelta regresaría en Andorra después del fundido a negro.

Los ciclistas se refugiaron en un establecimiento hotelero de la zona. Teledeporte

El relieve de la jornada era un ejercicio de aceleración para despegar después en una ascensión sin aristas, tendida, en dos escalones. Un rodillo kilométrico para abalanzarse primero sobre El Col de Mont-Louis, 19 kilómetros al 4,9 % de desnivel, y hacer cima en Font Romeu, 9,9 kilómetros al 4,9%, una puntada después. No se vio la llegada.

El diseño del trazado se asemejaba al salto de pértiga. Un largo pasillo para tomar velocidad y emplear después la inercia, la energía desplegada en la aproximación, para tomar impulso y emprender el vuelo para superar el listón de la primera llegada en alto de la Vuelta.

La jornada, reventada por el granizo, quedó en suspense. Nada presagiaba semejante final, pero la naturaleza es ingobernable, no tiene dueño.

Imagen del estado de la carretera tras la tormenta con granizo. Teledeporte

Antes de que la tempestad reclamase el protagonismo, lejos aún, entró el viento con el gesto hosco y el ceño fruncido a empujones en la Vuelta, navajeando desde los costados, esperando el filo, pendenciero y revoltoso, como un amenaza en un callejón oscuro. Las ráfagas de aire cabreado llamaron al combate a voces. Zafarrancho.

Pogacar agitó la campana con sus muchachos. El Ineos, el Red Bull y el Lidl también hostigaron azuzados todos ellos por la invitación del viento. Los nervios recorrieron de inmediato el tuétano del pelotón, su sistema central.

Abanicos

En esas prisas, desplegados los abanicos, Joao Almeida, alfil del líder, y Felix Gall se perdieron entre las rachas del ventarrón, hojas perdidas, sin centro de gravedad, descosidos. Cometas en el aire sin hilo del que tirar.

A quienes el vendaval cortó, les rescató un pueblo que sirvió de refugio, a modo de trinchera y parapeto. El susto susurraba como recordatorio del maridaje entre el viento, la velocidad y los abanicos.

Digerido el sobresalto, Gall recuperó la calma, al igual que muchos, despistados cuando las manos del viento zarandearon a todos.

El empuje del viento, sus soplidos, a punto estuvieron de apagar las velas de fuga, un sexteto compuesto por Wenzel, Roosen, Cort, Le Gac, Hayter y Hellemose, que se encendió con el amanecer del día y que con el alarmismo de los abanicos tiritó por la cercanía del pelotón.

Amainó la corriente, convertida en alegre brisa, y todo volvió a su estado originario, con la escapada dicharachera, recuperando el pulso y la ventaja, y la relajación en el pelotón, pastoreado por la muchachada de Pogacar, que enfocaba el remate en Font Romeu, un lugar ideal para su tomavistas.

En realidad, todos los paisajes conducen irremediablemente al talento esloveno, más si se acampan en las alturas, atalayas desde las que gritar tierra a la vista.

Su latifundio es todo, un imperio en el que no se pone el sol, siempre iluminado, incandescente, de febrero, cuando asoma el curso, a octubre, cuando alcanza el ocaso.

La luz, cegadora, perfila a Pogacar, neón rojo de la Vuelta. La fuga fue perdiendo brillo a medida que el ritmo de los coraceros del esloveno opacaron el entusiasmo del sexteto, consciente de que su final dependía de los chasquidos del compás de lo costaleros del esloveno. Wenzel, Hellemose y Cort estiraron la agonía uno minutos más. Condenados, en cualquier caso.

Al igual que Mikel Landa, que se desentendió, desconectado de una Vuelta de “supervivencia” para él después del episodio de la Itzulia, donde como consecuencia del atropello por parte del coche médico, sufrió una fractura de pelvis que no le deja ser quien es.

El escalador de Murgia no se reconoce en el espejo, roto en el descenso de San Miguel de Aralar. La tormenta, un aguacero hostil, descargó con furia.

Solo Wenzel creía en un imposible, al que la lluvia mojaba de épica. En el UAE creen en los vatios, la religión del ciclismo moderno y en su deidad, Pogacar, un asunto de fe.

El cielo, negro, no daba tregua. Se abrieron las nubes, ventrudas, y vomitaron un mar. Se precipitaba con cólera la tormenta sobre los ciclistas.

Ante unas condiciones meteorológicas pésimas, de lluvia extrema, con el granizo pintando de blanco el asfalto y helando la ruta, la carrera, inundada, se paró, aterida. Una tormenta cancela la Vuelta.

24/08/2026