Verdadero o Falso

Una publicación más: así nos atrapa el scroll infinito

Los vídeos breves, la reproducción automática y el contenido sin final nos hacen perder la noción del tiempo frente a la pantalla
El scroll infinito elimina los puntos naturales de salida y prolonga el tiempo que pasamos frente a la pantalla casi sin darnos cuenta. / Freepik

Deslizar el dedo para encontrar el siguiente vídeo puede parecer un gesto insignificante, pero se ha convertido en el centro de una batalla judicial y regulatoria a ambos lados del Atlántico. Desde la pasada semana, Meta se enfrenta en Estados Unidos a un juicio histórico en el que una coalición de 29 estados acusa a la compañía de haber diseñado Facebook e Instagram para enganchar deliberadamente a niños y adolescentes.

El proceso comenzó el 18 de agosto en Oakland, California. Los estados sostienen que la empresa priorizó el crecimiento y el tiempo de permanencia sobre la seguridad de los menores, ocultó los riesgos para su salud mental y recopiló ilegalmente datos de usuarios de menos de 13 años. Meta rechaza las acusaciones y defiende que ha incorporado herramientas para proteger a los adolescentes y ayudar a las familias a controlar su actividad.

Apenas un mes antes, la Comisión Europea había señalado esas mismas plataformas por un modelo que, según sus conclusiones preliminares, favorece el uso compulsivo mediante el scroll infinito, la reproducción automática, las notificaciones y las recomendaciones personalizadas. En juego ya no está solamente cuánto tiempo pasan los jóvenes delante del móvil, sino quién es responsable de que resulte tan difícil apartar la mirada.

Durante años se pidió a los usuarios que establecieran límites, desactivaran avisos o aprendieran a desconectar. Ahora, tribunales y reguladores comienzan a dirigir la pregunta hacia el otro lado de la pantalla: ¿qué sucede cuando una plataforma está construida precisamente para que nadie encuentre el momento de terminar?

Un lugar en el que nunca aparece el final

Entrar en Instagram para mirar una publicación, abrir TikTok durante cinco minutos o reproducir un vídeo antes de dormir parecen acciones con principio y final. Sin embargo, media hora después, el dedo puede continuar deslizándose por contenidos que no se buscaron y que apenas se recuerdan. No apareció una última página, no comenzaron los créditos ni hubo un silencio que invitara a detenerse. Internet sencillamente siguió ofreciendo algo más.

Durante buena parte de nuestra vida, casi todo lo que consumíamos tenía un límite visible. El periódico terminaba en la contraportada, un programa daba paso a los créditos y un disco obligaba a cambiar de cara o escoger otro. Incluso las primeras páginas de internet exigían pulsar “siguiente” para continuar.

Aquellas interrupciones aparentemente insignificantes desempeñaban una función: permitían preguntarse si apetecía seguir o había llegado el momento de hacer otra cosa. Buena parte de esos finales ha desaparecido. Las redes cargan publicaciones de forma ininterrumpida, los vídeos empiezan automáticamente y las plataformas recomiendan otro capítulo antes de que hayamos decidido qué nos pareció el anterior.

La decisión de continuar desaparece

El scroll infinito nació para facilitar la navegación. En lugar de dividir el contenido en páginas, carga nuevas publicaciones a medida que el usuario desciende. El mecanismo reduce esperas y clics, pero también elimina la señal más elemental para abandonar un espacio: llegar al final.

El esfuerzo necesario para continuar es mínimo. Basta con deslizar un dedo para recibir una fotografía, una polémica, una noticia o un vídeo. No sabemos qué aparecerá después y esa incertidumbre alimenta la expectativa. El siguiente contenido puede resultar irrelevante, pero también puede ser divertido, sorprendente o estar relacionado con alguien conocido.

No hace falta que cada publicación sea interesante. Basta con que algunas lo sean para mantener la esperanza de que el próximo movimiento del dedo encontrará la que merece la pena. Cada desplazamiento abre una recompensa posible, aunque numerosas veces esa recompensa no llegue.

Un estudio realizado por investigadores de las universidades alemanas de Ulm y Darmstadt siguió durante una semana el comportamiento de 46 usuarios para analizar cómo funciona el bucle del scroll infinito. El trabajo, publicado en 2023 en Proceedings of the ACM on Human-Computer Interaction, comprobó que muchas sesiones no concluían porque la plataforma ofreciera un punto natural de salida, sino por elementos externos, como una interrupción del entorno, el cansancio, las necesidades físicas o el propio dispositivo. Los autores relacionaron este diseño con un uso habitual y con la prolongación, a menudo acompañada de arrepentimiento, de sesiones que inicialmente pretendían ser breves.

En un periódico, una película o un libro, detenerse puede coincidir con el final. En una red social, en cambio, parar siempre implica interrumpir algo que continúa. La carga de tomar la decisión recae por completo en el usuario.

Cinco minutos que terminan siendo una hora

La sucesión de piezas breves también dificulta calcular cuánto tiempo ha pasado. Cada vídeo puede ocupar apenas unos segundos, pero varias decenas terminan llenando una hora sin ofrecer una referencia clara sobre la duración de la sesión.

Esta alteración se conoce como distorsión temporal o “niebla del tiempo”. Un estudio publicado en Frontiers in Psychology relaciona esa pérdida de referencias con funciones como el scroll infinito y la reproducción automática, especialmente presentes en las plataformas de vídeos cortos.

El consumo tampoco exige una concentración completa. Se puede deslizar la pantalla mientras se ve la televisión, se viaja en transporte público o se permanece ya acostado. El usuario recibe suficientes estímulos para no abandonar, pero no siempre está tan implicado como para recordar después lo que ha visto.

Autoplay: seguir sin decidir

La reproducción automática aplica el mismo principio. Cuando termina un vídeo, el siguiente comienza solo; cuando acaba un capítulo, aparece una cuenta atrás; cuando concluye una canción, el sistema escoge otra. La ausencia de respuesta se convierte en permiso para continuar.

Parece un detalle pequeño, pero modifica el reparto del esfuerzo. Para seguir viendo no hace falta hacer nada. Para detenerse, en cambio, hay que coger el mando, cerrar la aplicación o rechazar la recomendación antes de que termine la cuenta atrás. Parar exige actuar; continuar solo exige quedarse quieto.

Las recomendaciones personalizadas hacen que ese contenido inagotable resulte además diferente para cada persona. Cada pausa, búsqueda, repetición o vídeo visto hasta el final permite ajustar lo que aparecerá después. La plataforma aprende qué contenido tiene más posibilidades de retener a cada usuario.

No tiene por qué ofrecer aquello que produce mayor satisfacción o bienestar. Su éxito puede medirse por la capacidad de conseguir que la persona no cierre la aplicación. Las notificaciones completan el recorrido: cuando finalmente logra salir, una alerta intenta recuperarla.

Los menores, en el centro del juicio

La capacidad de estas herramientas para atrapar la atención adquiere una dimensión diferente entre niños y adolescentes. Su control de los impulsos continúa desarrollándose y su vida social está estrechamente ligada a la pertenencia al grupo, las respuestas de los demás y el miedo a quedarse fuera de lo que sucede.

En el juicio abierto contra Meta, los estados demandantes sostienen que la empresa conocía esa vulnerabilidad y utilizó características como el desplazamiento infinito, las recomendaciones algorítmicas y las recompensas sociales para prolongar el tiempo de uso. También cuestionan la eficacia de funciones como los recordatorios para descansar cuando pueden descartarse con facilidad.

El antiguo director de ingeniería de Meta Arturo Béjar declaró durante el proceso que la compañía habría priorizado el crecimiento y la interacción frente a determinadas medidas de seguridad. Está previsto que también comparezcan el consejero delegado de Meta, Mark Zuckerberg, y el responsable de Instagram, Adam Mosseri. La empresa sostiene que las acusaciones tergiversan su funcionamiento y no tienen en cuenta las protecciones incorporadas durante los últimos años.

Devolverle un final a la pantalla

Algunas investigaciones han probado interrupciones entre bloques de publicaciones, avisos progresivos o pequeños obstáculos que obligan a decidir si se desea continuar. Es lo que se conoce como introducir fricción: recuperar una pausa que permita abandonar el automatismo.

También es posible fabricar esos finales de manera individual: desactivar la reproducción automática, entrar en una aplicación con una búsqueda concreta, utilizar un temporizador externo o establecer momentos del día sin notificaciones. No se trata necesariamente de renunciar a las redes, sino de devolver al usuario las oportunidades de decidir que su diseño ha eliminado.

Porque el problema del scroll infinito no es que siempre exista algo extraordinario al otro lado del dedo. Muchas veces continuamos incluso cuando estamos aburridos. Lo que ha desaparecido es la contraportada, el último episodio o la página en blanco que nos comunicaba que habíamos terminado. Quizá no siempre nos falte fuerza de voluntad. Quizá lo que nos faltan son finales.

25/08/2026