El episodio de El Niño que se está desarrollando en el océano Pacífico podría convertirse en uno de los más intensos registrados en más de un siglo. Este escenario anticipa una mayor inestabilidad meteorológica en distintas partes del planeta, con fenómenos todavía más extremos. La Oficina Meteorológica británica, el Met Office, considera que estamos ante una situación excepcional. Adam Scaife, responsable de predicciones a largo plazo de la institución, lo resume así: "Nunca he visto una señal de El Niño tan intensa en nuestras previsiones".
"Un El Niño típico provoca un aumento de la temperatura superficial del mar en el Pacífico ecuatorial de entre 1 y 2 grados, siendo 2 grados un evento realmente grande. Esto implica que, si el pronóstico es preciso, y otros sistemas de predicción muestran valores igualmente extremos, 2026 superará con creces nuestra experiencia reciente de El Niño y sus influencias climáticas a nivel mundial", afirma Scaife.
Qué es El Niño y por qué puede alterar el clima mundial
El Niño es uno de los principales fenómenos naturales que explican la variabilidad del clima mundial. Se produce cuando las aguas superficiales del Pacífico ecuatorial central y oriental, especialmente frente a las costas de Perú y Ecuador, mantienen durante varios meses temperaturas superiores a las habituales. El calentamiento modifica los vientos y la circulación atmosférica y desencadena cambios en los patrones de lluvia y temperatura a miles de kilómetros de distancia.
La Organización Meteorológica Mundial (OMM) prevé que el episodio continúe intensificándose durante los próximos meses. Las anomalías de la temperatura superficial del mar podrían superar los 2,9 grados en las principales regiones de seguimiento. Una magnitud que da una idea de la intensidad que puede alcanzar El Niño, que llega, además, en un momento especialmente delicado.
El fenómeno se suma al calentamiento provocado por la actividad humana y puede hacer que algunos de sus efectos sean todavía más acusados. De ahí la advertencia del secretario general de la ONU, António Guterres: "El Niño no está solo a la puerta de casa, está dentro y subiendo la calefacción". La combinación de El Niño y el calentamiento global puede favorecer episodios meteorológicos más extremos en distintas partes del planeta.
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Otoño cálido y tormentoso en el Estado
La incógnita está en saber hasta dónde llegará su influencia. ¿Afectará a Europa? ¿Qué otoño nos espera? Las respuestas habrá que buscarlas en la evolución de la atmósfera durante las próximas semanas.
La influencia de El Niño sobre Europa se transmite a través de la atmósfera. El calentamiento anómalo del océano modifica los vientos y la circulación tropical y puede alterar la posición de las corrientes en chorro. A partir de ahí, las ondas atmosféricas pueden propagarse hacia las latitudes medias y modificar la trayectoria de borrascas y frentes.
Pero el camino hasta Europa es largo. La señal atraviesa el Pacífico Norte, interactúa con la circulación atmosférica sobre Norteamérica y alcanza después el Atlántico. En ese recorrido puede debilitarse o cambiar de intensidad. Por eso su influencia sobre Europa es mucho menos directa y previsible que en las regiones próximas al Pacífico.
Aun así, este otoño puede dejar una huella reconocible. El noroeste de Europa, incluido Reino Unido, presenta una mayor probabilidad de tiempo inestable, con tormentas y lluvias. La señal no significa que vaya a llover de manera continua, pero sí que aumenta la probabilidad de situaciones favorables al paso de borrascas y frentes.
En el Estado la historia es distinta. Aquí la influencia de El Niño es mucho más débil y depende de otros patrones atmosféricos. El Pacífico puede inclinar la balanza, pero no decide por sí solo qué tiempo hará.
Los primeros escenarios para el otoño apuntan a un trimestre más cálido de lo habitual en prácticamente todo el Estado español. La señal térmica es, además, bastante más fiable que la de precipitaciones. El calor del verano puede prolongarse durante septiembre y todavía pueden aparecer episodios excepcionalmente cálidos en octubre e incluso noviembre.
Con la lluvia, el panorama es más incierto. Los modelos apuntan a una mayor probabilidad de precipitaciones por encima de lo normal en buena parte del territorio, aunque no de manera uniforme. El noroeste peninsular y Canarias presentan una señal menos clara.
Y aquí está uno de los matices fundamentales del pronóstico: un otoño más húmedo no significa necesariamente que vaya a llover más días. El promedio trimestral puede terminar por encima de la media porque se concentren grandes cantidades de agua en dos o tres episodios, mientras otras semanas transcurren prácticamente secas.
Incluso podría darse un otoño húmedo en el conjunto del país y que algunas cuencas del sur, del nordeste o del interior continúen en sequía. La lluvia puede caer donde no hace falta y faltar donde más se necesita.
Los bomberos han tenido que realizar multitud de rescates esta semana en Catalunya debido a las fuertes lluvias.
El Mediterráneo caliente y el riesgo de tormentas intensas
El escenario abre, además, la puerta a un otoño con episodios tormentosos de cierta intensidad. El Mediterráneo llega al final del verano con temperaturas muy elevadas y una atmósfera cálida puede contener más vapor de agua. Si a esa situación se suma una entrada de aire frío en altura, una vaguada, una DANA o una circulación favorable de vientos húmedos, pueden desarrollarse tormentas capaces de dejar grandes cantidades de lluvia en poco tiempo.
Pero conviene no confundir posibilidades con certezas. Un Mediterráneo caliente no provoca por sí solo una DANA y un El Niño intenso tampoco garantiza inundaciones. Para que se produzca un episodio extremo tienen que coincidir varios ingredientes.
Además del estado del mar, serán decisivos la posición del anticiclón de las Azores, la trayectoria de las borrascas atlánticas, la corriente en chorro y la Oscilación del Atlántico Norte. Estos factores pueden reforzar la señal de El Niño, neutralizarla o incluso conducir al tiempo en una dirección completamente distinta.
Septiembre: calor, inestabilidad y primeras tormentas
El primer mes del otoño meteorológico puede prolongar la sensación de verano. La tierra y el mar conservarán buena parte del calor acumulado durante los meses anteriores y la entrada de las primeras vaguadas puede generar situaciones de fuerte inestabilidad.
El Mediterráneo, Baleares y el este peninsular serán algunas de las zonas que habrá que vigilar. Con el mar caliente y suficiente humedad, las tormentas pueden descargar con intensidad, acompañadas de granizo, aparato eléctrico y fuertes rachas de viento.
Pero también es posible el escenario contrario. Si predominan las altas presiones, septiembre puede ser simplemente muy cálido y seco. La presencia de El Niño no elimina esa posibilidad.
“ El Niño no está solo a la puerta de casa, está dentro y subiendo la calefacción ”
António Guterres - Secretario General de la ONU
Octubre: el mes de mayor riesgo de lluvias torrenciales
Octubre es climatológicamente uno de los meses más sensibles a las lluvias torrenciales en el Mediterráneo. Si las aguas continúan muy calientes y una circulación de levante transporta humedad hacia la costa, la coincidencia con aire frío en altura puede organizar tormentas intensas y persistentes.
Comunidad Valenciana, Murcia, Cataluña, Baleares y el este de Andalucía figuran entre las zonas potencialmente más expuestas. Dependiendo de la posición de las bajas y de los vientos, los episodios pueden extenderse hacia Aragón, Castilla-La Mancha y otras áreas del interior.
Sin embargo, el anticiclón de las Azores puede cambiar completamente el escenario. Si permanece fuerte y bloquea la entrada de borrascas sobre la Península, los frentes pueden desplazarse hacia el norte de Europa y buena parte del Estado quedar al margen de las lluvias.
Noviembre: el Atlántico puede ganar protagonismo
A medida que avance el otoño, la circulación atlántica puede adquirir mayor protagonismo. La señal de El Niño sobre Europa suele ser más clara hacia el final del invierno que durante el otoño, por lo que noviembre puede convertirse en un mes de transición.
Una circulación dominada por vientos del oeste favorecería el paso de frentes por Galicia y la cornisa cantábrica, mientras otras zonas podrían recibir menos precipitaciones. Un cambio en la posición de las borrascas podría, por el contrario, favorecer lluvias más generalizadas.
La conclusión es clara: El Niño puede aumentar determinadas probabilidades, pero no permite escribir con meses de antelación el calendario meteorológico del Estado.
Varias motos tratan de circular por una carretera cubierta por el agua en la India.
Cómo afectará El Niño al resto del mundo
Sin embargo, la señal será más fuerte en otras partes del mundo. El patrón asociado a El Niño aumenta el riesgo de sequía e incendios en Australia, Indonesia y algunas regiones de Asia, mientras otras zonas de Sudamérica y Estados Unidos pueden afrontar un mayor riesgo de lluvias intensas e inundaciones.
Las consecuencias tampoco terminan en el tiempo. Una alteración de las precipitaciones puede afectar a las cosechas, al agua disponible para el regadío y a los precios de los alimentos. En países con una temporada de lluvias muy marcada, una sequía prolongada puede provocar pérdidas agrícolas e inseguridad alimentaria.
Es una de las razones por las que El Niño importa también a Europa, aunque su señal meteorológica llegue debilitada. En una economía global, una mala cosecha en un gran país productor puede acabar afectando a los mercados internacionales, al comercio y al precio de determinados productos.
El fenómeno también puede tener consecuencias sobre las infraestructuras. La falta de lluvias reduce los caudales de los ríos y puede complicar el transporte marítimo en determinadas vías estratégicas, mientras las lluvias extraordinarias aumentan el riesgo de inundaciones en otras regiones.
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El Niño sobre un planeta cada vez más caliente
El Niño no explica por sí solo las olas de calor que ha sufrido Europa este verano. Tampoco es responsable del calentamiento que se ha acumulado durante las últimas décadas. El fenómeno aparece ahora sobre un planeta mucho más caliente que el de hace medio siglo.
Ese es el factor que preocupa a los científicos. El calor adicional que El Niño libera desde el océano se suma a un calentamiento de fondo que continúa. Por eso un episodio extraordinario puede tener consecuencias relevantes.
La situación actual es, además, distinta de la de los grandes Niños del pasado. El Atlántico, el Mediterráneo y otras zonas del océano presentan también temperaturas extraordinariamente elevadas. El estado de esos mares puede modificar la respuesta de la atmósfera y hacer que un mismo patrón de El Niño produzca efectos diferentes.
Por eso no basta con mirar lo ocurrido en 1982-83, 1997-98 o 2015-16 para saber exactamente qué sucederá este otoño. Cada episodio tiene su propia configuración y la señal que llega a Europa depende de muchos otros factores.
2027 podría convertirse en el año más cálido jamás registrado
Las consecuencias no terminan con el otoño. Los grandes episodios de El Niño suelen dejar su mayor huella sobre la temperatura media mundial durante el año siguiente. El calor acumulado en el océano se libera a la atmósfera y contribuye a elevar temporalmente la temperatura global. Por eso, el Met Office considera muy probable que 2027 se convierta en el año más cálido desde que existen registros, superando el récord establecido por 2024.
Las proyecciones de los climatólogos Zeke Hausfather y Andrew Dessler apuntan a que El Niño podría elevar en torno a 0,3 °C la temperatura media global en 2027. Un incremento de esa magnitud no se alcanzaría, en condiciones normales, hasta aproximadamente una década después. "Es como adelantarnos al futuro", explica Dessler, profesor de la Universidad Texas A&M. El experto matiza que el impacto térmico se dejaría sentir principalmente sobre el Pacífico ecuatorial.
En una línea similar se sitúa Mike McPhaden, investigador del Laboratorio Ambiental Marino del Pacífico de la NOAA. A su juicio, tampoco puede descartarse que 2027 llegue a registrar una temperatura global de 1,7 °C por encima de la referencia preindustrial.