Soltad a los perros porque me he escapado… así reza el primer verso de Soltar a los perros, canción de Arde Bogotá, una banda de Cartagena.
De esa ciudad partió la jornada de la Vuelta que se fundió en Lorca con el tercer festejo de Mathew Brennan que hizo presa de nuevo en un esprint formidable. El inglés mostró tres dedos para contar sus éxitos.
En todo ese muestrario dactilar se esconde la mano de Wout van Aert, el hombre que guía al joven velocista al laurel. En su primera victoria en Manosque, aún en territorio francés, el belga, que actuó de señuelo para vaciar de energía a Pogacar, le liberó para que impusiera. En el segundo fijó los raíles para que la locomotora se abriera paso y enseñara dos dedos con la V de victoria.
Para el tercer laurel, Van Aert metió en su bolsillo al inglés, como el rinoceronte que recorre la sabana con un pajarillo a cuestas.
El final de Van Aert, que remolcó a Brennan cuando perdieron el sitio, determinó la suerte de un esprint que dominó de punta a punta.
El belga entró en primera posición, destacado, en la horquilla que retorcía el callejero de Lorca, para enderezar el respingo de Brennan, acunado en el carenado del gigante Van Aert. Después, el belga abrió la mano para que aleteara en libertad Brennan, pose felina la suya.
El depredador inglés conquistó su tercera victoria con enorme facilidad. Coquard, a su rueda, no pudo remontarle. Tampoco Meeus.
En un esprint ortodoxo, académico, coreografiado por Van Aert, Brennan cantó su tercer triunfo. Tomó el castillo de Lorca, donde Mas celebró otro día de rojo sin apuros.
Soltad a los perros porque me he escapado… Con esa idea ondeando orgullosa, que se ha convertido en himno, se encarnó la fuga con Domen Novak, Ethan Hayter, Alessandro Covi y Sinuhé Fernández. El asturiano se expresó en solitario días atrás. Le encandilan las fugas. Feliz en su hábitat natural.
A diferencia de la víspera, donde el el viento a favor, el recorrido sinuoso, el perfil punzante y el número de dorsales en fuga, hasta siete, comprometían a los equipos de los velocistas, hacia el encuentro con Lorca, el escenario era otro, muy favorable para el control, para la carrera de los galgos persiguiendo liebres.
Fuga controlada
El camino del cuarteto obtuvo la cuerda justa para que el pelotón jugará con el yo-yo y se divirtiera con su destino, que no era otro que el que determinara la inercia de la sociedad de la carretera.
Mientras les cazaban, hubo un instante de nerviosismo por el viento de costado y el chasquido del látigo a la salida de un pueblo que quebró la paz a campo abierto.
Ambos factores provocaron un abanico, incidencia que se subsanó casi de inmediato, sin alarmismos ni melodramas.
Surgieron después el depuesto Hayter, un hombre a una fuga pegado, y Warbasse para establecer el rumbo con una renta exigua, balanceándose en el medio minuto.
Un teleobjetivo bastaba para fijar a las presas y a los cazadores en el mismo plano. Era suficiente con alzar la vista, como hacen esas personas que están concentradas leyendo un libro, para mantener el contacto visual.
Kruijswijk, en la Vuelta de su despedida, pastoreaba el pelotón, en el que el Visma de Brennan y el Cofidis de Coquard colaboraban, solidarios todos con la idea de crear el armazón necesario para un esprint. La preocupación no era el dueto que anunciaba la marcha. Estaban amortizados.
El desvelo para los más rápidos se concretaba en el puerto, el Alto de Aledo, antes de lanzarse hacia Lorca y en la horquilla que esperaba a 400 metros de la última aceleración.
Ese era el nudo gordiano para los que querían jugársela en esa estampida repleta de adrenalina, a modo de un encierro que es el esprint de un día sin demasiada lija.
La ascensión tendida, con dientes de leche, quiso afilarla el Q 36.5, pero el puerto no tenía el filo suficiente para deshojar a los velocistas.
Dunbar, marcado por Van Aert.
Dunbar trató de ahogarlos, sofocarlos al sol pudiente, penitentes los ciclistas, con un cambio de ritmo que Van Aert cauterizó de inmediato.
Cómodo Enric Mas
El belga, tal vez molesto con irlandés, esprintó en la corona del puerto para lanzarle un mensaje de que no especularía.
En el descenso, el Visma domó los altercados a través de Van Aert, enredando a los rebeldes en su tela de araña. Nadie escapaba a su influjo. Enric Mas se acomodó al rebufo del belga y los suyos.
Atento el mallorquín, confiado en su jerarquía de líder. La medirá de nuevo en Calar Alto. Adoptó el pelotón fisionomía de flecha rápida, el velocímetro en altos latidos, como si el pelotón huyera de un incendio pavoroso, al galope, camina o revienta, sin mirar atrás, a medida que se intuía el extrarradio de Lorca.
Emergía en las alturas el castillo. A su asalto acudieron con ferocidad los equipos de los esprinters, a modo de legiones, avanzando inexorablemente, cada una por su carril. Todo confluyó en Van Aert.
El mejor centurión se abrió paso a dentelladas, blandiendo su potencia, su enorme capacidad de rodador, para remontar y después guiar el despegue sensacional de Brenann que mostró tres dedos.
Uno por cada victoria en la Vuelta. Manosque, Roquetes y Lorca. El goleador de los esprints. Hat-trick de Brennan, que en el esprint de los galgos ganó escapado. Soltad a los perros porque me he escapado…