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La duda derrota a Xabier Mikel Azparren

Al donostiarra se le escurre la victoria que se queda Tronchon al esperar demasiado para esprintar cuando contaba con ventaja
Bastien Tronchon, vencedor, por delante de Azparren, entre otros.
Bastien Tronchon, vencedor, por delante de Azparren, entre otros. / Efe

Actualizado hace 5 minutos

Las dudas, alimento filosófico y acelerante del progreso, son necesarias, fundamentales, básicas. El principio del resto, el germen de la curiosidad. Sucede que en el ciclismo a dentelladas, tan veloz, siempre hambriento, posar frente a un espejo tratando de encontrar una revelación en el ser o no ser, penaliza demasiado.

Eso le ocurrió a Xabier Mikel Azparren, que de algún modo se traicionó así mismo, a su ardor, a su ímpetu, a su impulsividad. La victoria, que acarició, se le esfumó delante de los ojos cuando apenas restaban 25 metros. Tardó demasiado en impulsarse.

El donostiarra maldijo el triunfo de Bastien Tronchon, que no se creía el logro, al ser el mejor en un esprint desmadejo. El francés saludó su mejor laurel agarrándose la cabeza. Después, su cuerpo reaccionó llorando. No existe una presa capaz de contener los adentros, esas emociones primitivas, puras, fuerza imparable del ser humano.

En el mismo plano, Azparren, sexto, agachaba la cabeza, confundido. Pensar demasiado le jugó una mala pasada. Renunció a su pulsión, a su arrebato y a su instinto. Las ideas, en cascada, le confundieron.

Eso le guillotinó la alegría y el festejo. Lo imaginó suyo después de un formidable ataque siguiendo el rastro de Fedorov, que les dejó a ambos a solas. El escenario idela en el momento exacto. El Azparren de siempre hubiese cargado con todo.

El error fue que comenzó a calibrar, a pensar, a atemperarse en una situación que demandaba coraje, fuego y acción inmediata. El donostiarra, que enfatizó su fuerza, piernas potentes, equivocó la resolución de la ecuación.

Apostó por la paciencia, porque Fedorov ardiera en su propio fuego y se enredara en el laberinto de las altas pulsaciones y el sistema nervioso, consciente el donostiarra de que su esprint es perezoso. Le falta reprís. Ese cuestionamiento impidió a Azparren jugársela a una carta. Quiso asegurar.

El lamento de Azparren

Eso le condujo a la sensación de lo que no pudo ser y no fue. La frustración. Tan cerca y tan lejos. Colisionaron dos pensamientos y en ese debate, sucumbió Azparren. “Pensaba que él se conformaba con hacer segundo. Soy de sangre caliente y hoy he pecado de sangre fría. No quería mirar para atrás y nos han pasado sobre la línea de. Soy muy lento al esprint y en la duda, lo he lanzado tarde. Solo me queda segur seguir luchando. Sé que tengo una etapa en las piernas”, analizó el donostiarra.

La pena de Azparren era el descorche feliz de Tronchon, que pudo con todos en una jornada apasionante, revirada, sin alteraciones en la general pero agitada en su metraje y la incertidumbre en cada palmo.

Digerido el shock del abandono de Pogacar y el repunte, sensacional e inesperado de Enric Mas, vencedor en Aitana después de un formidable despliegue y una vez acariciados los organismos, arrullados pro el mimo del día de descanso, la Vuelta se reencontró con la ruta.

El debate era saber si la fuga podría encontrar un resquicio para respirar o si por el contrario todo se resolvería entre velocistas. La segunda opción, que en realidad era la principal, fue musculándose a medida que los kilómetros apelmazaban la escapada, que nunca tuvo un horizonte claro porque no dejaron que creciera demasiado.

Todo resultaba difuso en La Mancha, donde había un relato quijotescos. Los libros de caballerías que enajenaron a Don Quijote de La Mancha eran suficiente estímulo para el septeto que emprendió la marcha entre páramos, montañas y carreteras ondulantes. Recorrieron parajes yermos abanderando una utopía que subía y bajaba de cotización en un territorio hostil.

Imagen de la fuga.

Imagen de la fuga. Efe

Las pedaladas de la infancia son las primeras que conectan con la libertad, la exploración y la curiosidad. Ese caudal inagotable de los tiempos pasados, de aquellos maravillosos años, sirvieron a los huidos para pintar la ruta con los colores de la alegría. No dejaban de ser un puñado de muchachos sobre una bici y camino por delante. Tal vez la felicidad no dista en exceso de esa estampa.

Frénetico final

Los gigantes con los que luchaban eran los coraceros de los velocistas, imantados y seducidos por el olor de la victoria. Emulsionaron las piernas de los colegas de Coquard, vencedor extravagante en el esprint accidentado que sucedió a la caída del esloveno, y los caballos de tiro de Brenann, que contaba con dos celebraciones después de pasear su potencia.

Ambas escuadras hicieron frente común para descomponer la fuga, muy baqueteada en el Puerto de Socovos, el tercero, tras plegar en el recuerdo las subidas del Puerto del Peralejo y Puerto de Aýna. La diferencia se contaba en segundos al sol. Calentados, se encresparon algunos con Mas vigilante. Fogueo.

Iván Cobo, derrengado, tuvo que dimitir. Dversnes y Gogl sostenían el pulso de la fuga con el orgullo intacto, pero el tanque de la reserva en números rojos.

Iñigo Elosegui surgió de repente, con la fuerza de un titán. Agitado el avispero, lanzando picotazos unos y otros. Calzoni lo buscó después. Se quedó sin aire. Brennan tomó el mando para posar a Van Aert.

Surgió entonces Fedorov. Azparren interpretó de maravilla el movimiento del kazajo y ambos se colocaron a un palmo de la victoria en las calles de Elche de la Sierra.

El donostiarra quiso jugar al ajedrez en un tablero que demandaba la acción de las damas. Reflexionó más de la cuenta el donostiarra en diván. Eso le perdió. La duda derrota a Azparren.

2026-09-01T16:36:18+02:00
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