Actualizado hace 2 minutos
Euskadi supera el millón de personas ocupadas y mantiene su tasa de paro en niveles históricamente bajos. Sin embargo, tener trabajo ha dejado de ser una garantía suficiente para escapar de la pobreza. Los últimos datos disponibles dibujan una realidad que durante años quedó asociada principalmente al desempleo, pero que ahora también atraviesa hogares donde entra un salario.
La Encuesta de Pobreza y Desigualdades Sociales de 2024 cifra en 134.493 las personas que se encuentran en situación de pobreza real en Euskadi, equivalentes al 6,1% de la población. Dos años antes eran aproximadamente 90.000 y representaban el 4%. El incremento se produce pese a que la pobreza de mantenimiento, ligada a la insuficiencia de ingresos ordinarios, permanece prácticamente estable.
La explicación aparece al mirar qué sucede una vez pagados el alquiler, la energía o la alimentación. El empleo puede aportar ingresos y, aun así, resultar insuficiente frente al encarecimiento de las necesidades básicas. La pobreza ya no se concentra exclusivamente en hogares apartados del mercado laboral.
La mitad de la pobreza convive con un empleo
El 50% de las personas en situación de pobreza real vive en hogares en los que existe algún tipo de empleo. Aplicado al volumen total calculado por la encuesta, supone alrededor de 67.250 personas. Esta cifra no representa únicamente a trabajadores, pues incluye también a menores y otros familiares que conviven con ellos, pero revela hasta qué punto un salario puede no bastar para sostener al conjunto del hogar.
La composición familiar puede agravar esa insuficiencia. Un reciente estudio de Fedea, elaborado con microdatos de la Encuesta de Condiciones de Vida, sitúa en el conjunto del Estado la tasa de pobreza de los hogares con hijos dependientes en el 23%, frente al 17,6% de aquellos que no los tienen. Incluso teniendo en cuenta la renta, el empleo y otras características socioeconómicas, los hogares con menores presentan una probabilidad mayor de sufrir carencia material y social severa. La diferencia resulta especialmente acusada entre las familias jóvenes y las monoparentales, para las que un salario debe sostener más necesidades con menos margen económico.
La estabilidad laboral marca una diferencia considerable. La pobreza real afecta al 2,4% de las personas que viven en hogares con una persona activa ocupada de forma estable. La proporción asciende al 6,1% en otras situaciones de empleo estable y alcanza el 13,1% cuando algún miembro trabaja, pero lo hace de forma inestable. En los hogares donde todas las personas activas están desempleadas, la incidencia se dispara hasta el 52,6%.
No todos los empleos protegen de la misma manera. En 2024, el 18,8% de la población asalariada y asimilada de Euskadi carecía de contrato indefinido, según los datos del Departamento de Economía, Trabajo y Empleo. Además, unas 102.762 personas trabajaban a tiempo parcial, el 11,2% de la población asalariada.
El último dato coyuntural contabiliza 1.013.600 personas ocupadas y una tasa de paro del 6,9% en el segundo trimestre de 2026. La mejora del mercado laboral convive, por tanto, con una brecha menos visible: la que separa estar empleado de disponer de ingresos suficientes.
El alquiler se come casi la mitad de los ingresos
La vivienda es uno de los principales factores que explican esa distancia. Los hogares vascos que viven de alquiler dedican de media el 47,6% de sus ingresos al pago de la renta, de acuerdo con el Observatorio Vasco de la Vivienda. La proporción supera ampliamente el 30% utilizado habitualmente como referencia para considerar excesivo el esfuerzo residencial.
En Euskadi existen 137.123 viviendas principales en alquiler y el 80,8% pertenece al mercado libre. El 13,2% de los hogares arrendatarios se retrasó al menos una vez en el pago de la mensualidad durante el último año. Los contratos vigentes depositados en el registro oficial presentaban en marzo de 2025 una renta media de 779 euros al mes, mientras que los nuevos contratos rondaban los 832 euros.
Al mismo tiempo, el salario neto medio se situó en 1.889 euros mensuales en 2024. Descontado el efecto de la inflación, era aproximadamente un 4,5% inferior al de 2020. La pérdida de poder adquisitivo por hora trabajada resulta todavía mayor: la remuneración real pasó de 14,84 a 13,35 euros por hora en cuatro años, según la Estadística de Renta Personal y Familiar.
La cifra salarial es una media y no refleja por sí sola las diferencias entre ocupaciones, jornadas o tipos de contrato. Sí permite comprobar que la capacidad real de compra de los salarios no ha seguido el ritmo de algunos gastos esenciales, especialmente el de la vivienda.
Recortar incluso lo básico
La dificultad comienza con ajustes aparentemente cotidianos y termina alcanzando necesidades elementales. En 2024, 439.895 personas vivían en hogares que habían tenido que reducir sus gastos básicos, un 64,5% más que dos años antes. De ellas, 126.217 reconocían que ya no podían cubrir adecuadamente esas necesidades.
Los problemas relacionados con la alimentación experimentaron algunos de los incrementos más pronunciados. Unas 174.475 personas atravesaron alguna situación de inseguridad alimentaria, frente a las 64.765 contabilizadas en 2022. Los casos considerados graves afectaron a 117.007 personas y en 37.683 casos algún miembro del hogar llegó a sentir hambre.
También aumentaron otras manifestaciones de vulnerabilidad: 105.738 personas sufrieron retrasos o impagos del alquiler, la hipoteca, créditos o recibos; 27.147 vivían en hogares que habían padecido cortes de suministros y 184.104 tuvieron dificultades para mantener una temperatura adecuada durante el invierno.
Estas carencias explican por qué la evolución de la desigualdad y la pobreza no siempre avanza en la misma dirección. El índice de Gini, que mide cómo se distribuyen los ingresos, mejoró de 26,9 a 25,9 puntos entre 2022 y 2024. Sin embargo, la pobreza real aumentó. Una sociedad puede reducir las diferencias medias de renta y, al mismo tiempo, empeorar la situación de quienes se encuentran en el extremo más vulnerable.
Bizkaia supera la media vasca
La pobreza tampoco se distribuye de forma uniforme por el territorio. Bizkaia registra una tasa de pobreza real del 6,9%, por encima del 5,8% de Araba y del 4,9% de Gipuzkoa. Las diferencias son mayores al observar las comarcas. El Bajo Deba presenta la tasa más alta, con un 10,6%, seguido de la Margen Izquierda, con un 9,7%, y Bilbao, con un 7,7%. En el extremo opuesto aparecen Alto Deba, con un 2,9%, y Bizkaia-Costa, con un 3,1%.
La nacionalidad de la persona de referencia del hogar constituye otra brecha considerable. La pobreza real afecta al 26,3% de quienes viven en hogares encabezados por una persona extranjera, frente al 2,8% de aquellos cuya persona de referencia tiene nacionalidad española. Aunque los primeros representan una parte minoritaria de la población, concentran el 59,8% de las situaciones de pobreza real.
Una red que alcanza a menos personas
Las ayudas públicas reducen la pobreza de decenas de miles de hogares, pero la cobertura del sistema ha retrocedido. En 2024, las prestaciones formadas por la Renta de Garantía de Ingresos, la prestación de vivienda y las Ayudas de Emergencia Social alcanzaron a 129.293 de las 203.303 personas consideradas en riesgo por la encuesta.
Gracias a estas ayudas, 68.810 personas consiguieron salir de la pobreza, pero otras 60.483 continuaron en ella pese a recibirlas. Además, 74.010 personas en riesgo no fueron atendidas por el sistema. Dos años antes eran 39.143.
La cobertura pasó así del 75,5% de la población potencialmente protegible en 2022 al 63,6% en 2024. También descendió el porcentaje de personas que lograron abandonar la pobreza gracias a las prestaciones: del 45,3% al 33,8%.
El dato resulta especialmente significativo para analizar la pobreza laboral. Entre la población vulnerable que no recibió estas ayudas, casi el 62% de sus ingresos propios procedía de salarios o actividades profesionales. No se trata únicamente de hogares sin recursos: muchos obtienen ingresos del trabajo, pero no alcanzan el nivel necesario para cubrir sus necesidades ni acceden a una protección suficiente.
“Tener empleo ya no garantiza estabilidad”
La experiencia de las entidades sociales coincide con este diagnóstico. Cáritas Bizkaia acompañó durante 2025 a 11.607 personas pertenecientes a 9.104 hogares. La organización advierte de que tener empleo ya no garantiza estabilidad debido a los salarios insuficientes, la parcialidad involuntaria y las dificultades de acceso a la vivienda.
La proporción de población vasca situada en espacios de integración precaria aumentó del 27% al 35% entre 2018 y 2024, según los datos de la Fundación FOESSA difundidos por Cáritas. Son personas que todavía no se encuentran en las situaciones más graves de exclusión, pero viven expuestas a que la pérdida de un empleo, una subida del alquiler o un gasto imprevisto rompa un equilibrio ya frágil.
El empleo continúa siendo la principal vía de protección frente a la pobreza, pero su mera existencia ya no basta. La diferencia reside cada vez más en la estabilidad del contrato, la duración de la jornada, el salario disponible y el coste de conservar una vivienda. En la Euskadi del millón de ocupados, trabajar y ser pobre han dejado de ser realidades incompatibles.