Hay una costumbre que se repite en muchísimas casas: abrir el armario de la cocina, buscar una bolsa de plástico y descubrir que dentro hay otras veinte. La conocida "bolsa de las bolsas" forma parte del paisaje doméstico de millones de hogares. Pero ¿por qué nos cuesta tanto desprendernos de ellas? ¿Es simplemente una cuestión de ahorro o hay algo más detrás?
Alfonso Arús ha puesto el foco en este comportamiento durante la sección de los 'top expertos' de Aruser@s de este jueves 5 de noviembre, bromeando sobre quienes guardan bolsas dentro de otras bolsas. El presentador, cargando contra su hija Tatiana, también en el matinal, llegaba a relacionar esta costumbre con el conocido "síndrome de Diógenes".
Lo curioso es que, más allá del humor, la psicología sí ha estudiado qué nos lleva a conservar determinados objetos y por qué, en ocasiones, nos cuesta tanto desprendernos de cosas que aparentemente tienen poco valor.
¿Por qué nos cuesta tanto tirar las bolsas?
La primera explicación es bastante sencilla: pensamos que volveremos a necesitarlas. Una bolsa puede servir para llevar la compra, guardar objetos, transportar ropa o recoger determinados residuos. Tirarla cuando todavía está en buen estado puede generar la sensación de estar desperdiciando algo que sigue teniendo utilidad.
Pero no todo responde a una cuestión práctica. La relación psicológica que desarrollamos con nuestras pertenencias puede influir en nuestra resistencia a desprendernos de ellas.
¿Eres de los que acumula bolsas dentro de otra bolsas?
La revisión científica Object attachment and decision-making (Vinculación con objetos y toma de decisiones), publicada en la revista Current Opinion in Psychology, analizó precisamente cómo el valor que atribuimos a nuestras posesiones influye en las decisiones de conservarlas o desecharlas.
Los investigadores explican que los objetos pueden adquirir un significado que va mucho más allá de su precio o utilidad. Algunas pertenencias generan vínculos afectivos y sentimientos de apego que condicionan nuestra manera de relacionarnos con ellas.
Esto no significa que cada persona que guarda una bolsa tenga un vínculo emocional con el plástico. La explicación puede ser mucho más sencilla: conservar algo que todavía puede servirnos nos proporciona tranquilidad y una sensación de aprovechamiento.
El miedo a desperdiciar también influye
Otro factor importante es la aversión al desperdicio. Hay personas a las que les cuesta especialmente tirar algo que todavía funciona, aunque no sepan muy bien cuándo volverán a utilizarlo.
La idea de que algún día puede hacer falta termina convirtiéndose en el argumento definitivo para conservarlo. Y así, una bolsa se transforma en cinco, cinco en quince y, cuando queremos darnos cuenta, tenemos un pequeño almacén logístico debajo del fregadero.
Cada vez son más los que optan por bolsas de tela o reutilizables.
La preocupación económica también desempeña un papel relevante. Reutilizar las bolsas permite evitar gastos innecesarios y aprovechar los recursos disponibles.
De hecho, otro estudio publicado en septiembre de 2026 en el Journal of Environmental Psychology analizó los factores psicológicos y sociales que influyen en el uso de bolsas de plástico y reutilizables en varios países como Sudáfrica, Noruega y Alemania; y sus resultados identificaron diferentes factores que condicionan estas decisiones: los hábitos, las normas sociales, la comodidad, las barreras económicas y las circunstancias de cada compra. Una buena demostración de que nuestra relación con ellas está condicionada por mucho más que una simple decisión práctica.
¿Guardar bolsas significa tener síndrome de Diógenes?
La broma de Alfonso Arús es muy divertida y muchos podrían llegar a sentir algo similar, pero no: guardar bolsas de plástico no significa tener síndrome de Diógenes ni padecer un trastorno de acumulación.