Vida y estilo

Santillana del Mar, tal vez el pueblo más bonito

Resulta difícil pensar que en un mundo tan tecnológico podamos encontrar una población en la que parece que el reloj de la Historia se paró hace años. Sus calles empedradas y sus edificios blasonados demuestran el papel fundamental que jugó en un pasado e
La Colegiata de Santillana del Mar.
La Colegiata de Santillana del Mar. / B.E.O.

Actualizado hace 6 minutos

“Papá, mira: bueyes…”, dijo María, de nueve años, cuando su padre levantó la lámpara de carburo para iluminar el techo de la cueva. Marcelino Sanz, un arqueólogo aficionado de Cantabria, le había llevado ese día a visitar una cueva en el término de Vispieres, de cuya existencia le había hablado un cazador con anterioridad. El hombre le había echado un vistazo rápido en una ocasión, pero había dejado el detalle para ese día de 1879 cumpliendo así la promesa que le había hecho a su hija. Lo que descubrieron en esta ocasión pasó a la Historia.

Pintura de Altamira.

Pintura de Altamira. B.E.O.

Vispieres, a dos kilómetros de Santillana del Mar, es una zona montañosa rica en leyendas relacionadas con la hechicería. María vio aquellas pinturas tal vez pensando en el mundo mágico del que habían hablado más de una vez al calor del fuego bajo de su casa. Marcelino se limitó a repasar las imágenes que tenía ante sí con la tenue luz del carburo, primero lentamente, haciéndose un lío mental con el hallazgo. Luego aceleró el paso porque entendía que aquella sucesión de animales y personas pintada sobre las rocas con gran pulcritud tenía un insospechado valor. Se acababan de descubrir las cuevas de Altamira, para muchos la Capilla Sixtina del Arte Cuaternario.

La noticia fue todo un suceso en el mundo de la Arqueología. Se estudiaron a fondo los 270 metros que tenía la gruta. Prestigiosos profesionales de todo el mundo coincidieron al señalar la importancia del yacimiento, entre ellos Alberto I, Príncipe de Mónaco, que lo visitó en 1909 y 1914 para publicar a continuación una monumental obra en torno a la trascendencia de los descubrimientos realizados en esta caverna y a su propia experiencia.

Esta atención internacional sirvió para que los investigadores especializados centraran su atención este hallazgo que podía variar muchas de las teorías utilizadas hasta entonces. La pregunta que se hicieron entonces coincide con la que se plantea hoy en la réplica de la cueva que contiene el Museo de Altamira: ¿Cómo aprendieron aquellos antepasados a pintar animales y al hombre en actitud de movimiento?

Las casas del Aguila y la Parra, dos ejemplos de la arquitectura del lugar.

Las casas del Aguila y la Parra, dos ejemplos de la arquitectura del lugar. B.E.O.

El descubrimiento de Santillana del mar

La noticia del descubrimiento de las Cuevas de Altamira tuvo también una enorme repercusión en gran parte de la sociedad madrileña hasta el punto de fijar sus metas estivales en Santillana del Mar, la localidad más próxima.

Los primeros visitantes se deshacían en halagos en torno al encanto del entorno, la curiosidad por las pinturas prehistóricas y la sorpresa que les había producido encontrarse con una magnífica colegiata para muchos desconocida. La fama del lugar se completó con la visita de numerosos miembros de la Corte que eligieron Cantabria como su sede veraniega.

Para buscar los orígenes de la Colegiata de Santillana hay que remontarse al año 870, cuando se pensó en su construcción sobre un monasterio en estado ruinoso que custodiaba las reliquias de Santa Juliana, una mártir cristiana del Asia Menor. La ejecución de la obra fue apoyada económicamente por reyes y nobles. El edificio resultante siguió el marcado estilo románico que ahora podemos admirar en el que destaca el pórtico, de colosales dimensiones, y sus tres naves en las que pueden verse varios sepulcros de los siglos XI y XII, uno de los cuales pertenece a Santa Juliana.

La recia arquitectura y el color dorado de sus fachadas le dan al conjunto una armoniosa unidad en la que parece que el tiempo se ha detenido y espera que en cualquier momento aparezca la figura de Íñigo López de Mendoza, aquel señalado poeta de la lengua castellana que vivió a caballo entre los siglos XIV y XV dejándonos la destacada obra Infierno de los enamorados. El rey castellano le dio el primer título de Marqués de Santillana por haber intervenido decisivamente en la lucha contra los sarracenos. Una de sus intervenciones militares más importantes tuvo lugar en 1445, en la Batalla de Olmedo, que luego plasmaría en notorias coplas.

Torre de don Borja.

Torre de don Borja. B.E.O.

Inspiración de notables escritores

No es la única vez en que Santillana se relaciona con la literatura. Entre 1715 y 1735, un novelista francés llamado Alain-Renè Lesage escribió la novela de capa y espada titulada Las aventuras de Gil Blas de Santillana. Describe, para los que lo desconocen, las andanzas de un muchacho nacido en la citada localidad cántabra que demuestra un extraordinario desparpajo en la vida. A pesar de su natural pobreza consigue estudiar en la Universidad de Salamanca y hacerse valer en la misma corte del rey.

Esta novela llegó a tener tal éxito en todo el mundo que, basándose en su argumento, se han hecho dos óperas y las películas Una aventura de Gil Blas y El pícaro, ésta última a cargo de Fernando Fernán Gómez. Santillana recuerda hoy al aventurero dando nombre a un parador situado frente al Ayuntamiento.

Texto de 'Las Aventuras de Gil Blas de Santillana'.

Texto de 'Las Aventuras de Gil Blas de Santillana'. B.E.O.

Este ambiente medieval fue aprovechado muchos años después, ya en el siglo XX, por el escritor catalán Ricardo León y Román, un destacado miembro de la Real Academia de la Lengua, para escribir Casta de hidalgos.

Santillana hoy

Es muy difícil perderte en este pueblo, porque toda su vida social discurre en torno a dos calles principales, la del Cantón y la de Juan Infante, y dos plazas, la de Ramón Pelayo y la de la Colegiata. No hace falta ser muy hábil para darse cuenta del poder que otrora tuvieron aquí la nobleza y la Iglesia. Sólo hay que observar con detenimiento las fachadas de las casonas que una tras otra conforman la geografía urbana y el papel que sus ocupantes han tenido en el desarrollo de Santillana. Es como un museo abierto, con bellísimas y centenarias construcciones de piedra y madera.

Tal vez por ser el elemento urbano más importante de la localidad, la Colegiata es el habitual punto de partida de los recorridos que se plantean en Santillana. Me detengo en el número 12 de la plaza de las Arenas ante un edificio de singular encanto. Es la Casa del Artesano, donde la familia de Agustín Fernández realiza trabajos en madera, principalmente de castaño, para todo el mundo.

Esta familia lleva más de 150 años dedicándose a esta labor, sobre todo torneados de estilo antiguo, y colaboraron en las obras de reconstrucción de Notre-Dame de Paris tras el incendio que tantos daños causó.

Junto a la casa de Agustín se encuentra el Palacio de Velarde, convertido en Museo Histórico de Santillana. Su visita es obligada por continente y contenido. El origen de este apellido, tan sonoro en localidad, proviene de Pedro Velarde y Villa sobre el que se han tejido numerosas leyendas. Fue inquisidor comisario general de Cruzada y como tal miembro del linaje de Santillana del Mar. Su poderío era de los que hacen temblar, sobre todo tras ser nombrado presidente del Tribunal del Santo Oficio en Toledo, comisario general de Cruzada y consejero de la Santa Inquisición en 1572.

El Monasterio Regina Coeli, del siglo XVI, alberga el Museo de Arte Sacro con más de seiscientas obras que proceden de distintas iglesias de Cantabria. El edificio, que fue convento de frailes dominicos desde 1592, se adaptó en 1967 para ofrecer además variadísimas muestras de arte oriental, como marfiles procedentes de Filipinas, esculturas, sedas chinas…

El Museo Jesús Otero dispone de otro tipo de contenidos. Otero, escultor local nacido en 1908, goza de gran renombre y no es para menos, ya que fue alumno del mismísimo Victorio Macho, uno de los más grandes escultores vanguardistas, autor de trabajos relacionados con Unamuno y Ramón y Cajal, entre otros ilustres.

La Casa de Sagrario, donde se vende de todo.

La Casa de Sagrario, donde se vende de todo. B.E.O.

Gastronomía

En los bajos de algunas de estas casonas encontramos establecimientos que lucen su veteranía como un signo de prestigio. Es el caso de La Casa de Sagrario, en Santo Domingo 1, bajo una artística balconada. Aquí se vende de todo y, como dice el cartel exterior, “desde 1914”. El interior de la tienda es un mundo aparte. Disponen de las mejores conservas de anchoas del Cantábrico, todo tipo de vinos, orujos y vermuth de Cantabria…

La especialidad de la casa son los sobaos, las quesadas y los quesos pasiegos. Resisto a la tentación de una cata “a lo grande”, pero donde sucumbo es ante el muestrario del chocolate que fabrica esta casa desde tiempos inmemoriales y que mereció el Premio al Mejor Chocolate Europeo en 2022. Una auténtica delicia.

Hay lugares de Santillana que llaman la atención por el olor que emana su obrador. Es el caso del popular establecimiento Las Quintas, una centenaria panadería de la calle Juan Infante donde un día se pusieron a hacer pasteles y hoy disfrutan de una merecida fama. Es difícil resistir a la tentación, pero recomiendo, con moderación, su Tarta de Zanahoria.

A cinco minutos de la Colegiata se encuentra Casa Ansorena, otro lugar para satisfacer el buen yantar. Sus Tablas de Quesucos de Cantabria son una delicia, pero puestos ya en plan exquisito recomiendo los chorizos y salchichas de ciervo y jabalí. Son muy reconocidas sus mermeladas y, por supuesto, los sobaos. Y para lleva como detalle, se utilizan las llamadas Venerables piedras de Santillana.

2026-10-31T10:42:21+01:00
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