Regresó al lugar donde todo comenzó Tadej Pogacar para rememorar su primer gran día en el ciclismo reeditando su victoria de Andorra en 2019.
El genio esloveno colocó el cartel de final de la Vuelta después de una cabalgada en solitario de medio centenar de kilómetros entre montañas. Otro día en la oficina, que entronca con su naturaleza de metahumano capaz de todo lo que imagina y sueña.
Desde su meteórica victoria de su primer Tour en 2020 en la crono de La Planche desde Belles Filles, un lugar para la historia y el asombro, y el repunte prodigioso de 2024, después de ser derrotado en dos ocasiones en la Grande Boucle, Pogacar tiraniza el ciclismo. Intimidante, voraz al extremo, la ambición en cada poro de la piel, nada crece a su paso.
El esloveno fumigó la carrera cuando quiso. Se disparó en la Collada de Beixalis, donde se sabía que atacaría, y alcanzó la gloria en Andorra la Vella con 2:39 de renta sobre un grupo con Jarno Widar, Felix Gall, Enric Mas, Primoz Roglic, Sepp Kuss, Oscar Onley y Richard Carapaz.
La general promociona aún más el dominio del esloveno, que manda sin sombra sobre Roglic, que se sitúa a 3:21. Mas lo hace a 3:32. Kuss, a 3:44, Onley, a 3:45, Carapaz, a 3:50 y Gall a 3:57 componen el grupo que mira al podio.
De ese grupo saldrán los acompañantes de Pogacar en el podio. Esa es la máxima aspiración de todos ellos, conscientes de que la utopía que supone el esloveno. Estar cerca en la foto, que no en los tiempos, es el reclamo para todos ellos.
Pogacar rueda en solitario.
La Vuelta está acabada, sometida a los caprichos de Pogacar. Lo decidió el esloveno, que no deja ni las raspas. Nada se le resiste. Formalizó su 129º laurel para su sala de trofeos, una vidriera infinita.
Su quinta victoria de etapa en la carrera. Tres de ellas son de 2019 y dos del presente curso. Alfombra roja para Pogacar, un ciclista de pasarela.
Una pandemia y siete años después, acumulados cinco Tours, un Giro, dos Mundiales y 13 Monumentos, triunfos irrebatibles en el que no figuran ni muecas ni cansancio, talló su victoria de la Vuelta en el cuarto acto salvo cataclismo. A la carrera le resta un mundo, pero Pogacar es un universo. El agujero negro que absorbe la energía de los demás.
Dos victorias en cuatro días
Todopoderoso, vencedor en la crono de Mónaco por nueve centésimas, tercero el segundo día de competición, anulada la víspera por el granizo, en la cuarta jornada decidió darse un paseo por la nubes para posar sonriente en el cielo de la Vuelta que es suya.
De victoria en victoria. De celebración en celebración. Festival Pogacar. Solo la historia rivaliza con él. El único espejo en el que se refleja
De rojo pasión, Pogacar, se elevó aún más, con ese punto de condescendencia del que se sabe intocable. Va en moto el esloveno, mientras el resto pedalea fatigoso, rendidos ante semejante superioridad, nunca antes vista.
Mandó el dios pagano del ciclismo a los humanos al olvido con otra de sus actuaciones inexplicables desde el sentido común y las leyes de la física.
Les empequeñeció hasta convertirlos en la nada más absoluta. Los perseguidores, Gall, Roglic, Onley, Kuss, Mas y Carapaz, entre otros, se enzarzaron en asuntos domésticos. Nada que ver con el vuelo supersónico de Pogacar, que es un cuestión de fe. Creer o no creer.
No hay regreso posible para la carrera, sepultada por Pogacar, el enterrador que sonríe en todas las direcciones mientras el circo continúa adelante asistiendo a un show de trucos de magia, de fábulas, de ciencia-ficción. El monstruo esloveno lo devora todo. Implacable. Colocó una lápida sobre la Vuelta, convertida en un anuncio sobre las gestas y las hazañas de Pogacar.
A estas alturas, cualquier comparación de los campeones que fueron palidece ante el muchacho que nunca pierde, que jamás sufre, que solo sonríe mientras el resto, ciclistas excepcionales, son la máscara de una tragedia griega incapaces de acercarse sin arder.
Repican las campanas de réquiem por la competitividad. La Vuelta es un desierto para todos salvo para Pogacar, feliz, exuberante, en su vergel. Ave del paraíso. Piel roja.
El esloveno, después de lanzar su ataque.
Una jornada exprés
Después de la violenta tempestad, de que se cancelara la etapa por el apedreamiento de granizo que ametralló al pelotón, cobijado en un hotel que hizo de la solidaridad bandera y meció a los ciclistas, la Vuelta reanudó la marcha y elevó el mentón para mirar hacia las terrazas que se anudan en las alturas de Andorra.
Un entramado en los Pirineos, donde sobresalían cuatro montañas, las subidas a Port d'Envalira, Collada de Beixalis, Coll d'Ordino y el Alto de la Comella antes de rapelar a Andorra la Vella. Los puertos, tres de primera categoría y el postre, de tercera, se amontonaban, casi superpuestos, a modo de un flysch en las cúpulas de la Vuelta.
Se trataba de subir con entusiasmo y bajar con prisas. El día era un juego de niños en un parque abierto a la naturaleza, simpática, con el cielo pintado de azul y nubes blancas de algodón de feria.
El paisaje, un tobogán tras otro en escasos 104 kilómetros, una distancia más propia de juveniles. Un esprint entre montañas. Una distancia tan corta, más propia de un espresso, incluso de un cortado, que de un café con hielos en la sobremesa.
En ese escenario, en el diálogo directo con las montañas, que no dan espacio a los equívocos, donde se imponen las palabras desnudas, donde prevalece el contenido, sobre el continente, se dispararon los discursos escuetos y lacónicos.
Todo resultaba apresurado. El Decathlon de Felix Gall, prendió la mecha de un día que era corta, casi efímero, y los sherpas de Pogacar proyectaron esa idea escupiendo. No había consuelo entre puertos que se subían a ritmos enajenados.
En la Collada de Beixalis, medio recorrido cubierto, el esloveno decidió finiquitar el suspense y la emoción. Pogacar sentenció la carrera con otra de sus exorbitantes exhibiciones.
Son tantas, tan hiperbólicas que nada dejan más allá de asombro y estupefacción. El esloveno mágico, el asesino con cara de niño, ángel exterminador, fulminó la Vuelta con un ataque atómico. Despachó la valentía de Gall con un chasquido y tras de sí solo dejó lamento, frustración y nada.
Un grupo, el de los humanos, persiguiendo a un ser de otro planeta, a un marciano. Único en su propia especie, el astro esloveno iluminó el cielo de rojo, la firma de su triunfo, recibido con honores, como el Mesías del ciclismo. Pogacar decreta el final de la Vuelta.