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A las 9.08 horas del miércoles, exactamente quince minutos después de que dos trenes colisionaran en la provincia de Toledo segando la vida de al menos 69 personas, en el teléfono móvil de Óscar Puente la realidad discurría todavía por raíles exclusivamente ideológicos. De camino al campus de la Universidad Politécnica de Madrid para inaugurar el Foro Mundial de Infraestructuras, el ministro de Transportes y Movilidad Sostenible retuiteaba un vídeo del mandatario brasileño Lula da Silva entregándose a la policía en 2018 para cumplir condena por corrupción, contraponiéndolo a la fuga a Estados Unidos del bolsonarismo tras los comicios del domingo. "La superioridad moral de la izquierda", sentenciaba en su perfil de la red social X el ministro más tuitero del Gobierno Sánchez.
La crudeza del cargo, sin embargo, le aguardaba apenas llegaba a la moqueta académica. Tras ser notificado del siniestro —el segundo golpe mortal sobre las vías en apenas nueve meses tras las 46 víctimas mortales en Adamuz (Córdoba) el pasado enero—, el ministro canceló su agenda y acudió de urgencia a la estación de Atocha. En la sede de Adif, tras una tensa reunión técnica, Puente compareció ante los medios con el rictus demudado. Calificó el choque de Urda de "inverosímil" e "inexplicable", deslizó la hipótesis de un fallo humano y despejó cualquier conjetura sobre su dimisión: su única prioridad, alegó, era "esclarecer y tratar de resolver esto", no pensar en su propio destino político.
De las risas en plató al abismo de las vías
El contraste con los días previos resultaba abrumador. Apenas una semana antes del drama en la línea que enlaza Madrid con Sevilla, el dirigente socialista se mostraba relajado y jovial en el plató de Cara al show, el espacio televisivo presentado por Marc Giró en La Sexta. En una emisión donde desgranó anécdotas personales, repasó su gestión y abordó con naturalidad su incontinencia en redes sociales, Puente incluso se prestó a un gag autoparódico. Un sketch promocional advertía de que el ascensor hacia el plató permanecería bloqueado "por una avería del sistema", a lo que el ministro remató entre risas: "Vaya por Dios, como si no tuviéramos bastante con la Renfe ya".
Esa mezcla de ironía mordaz y desinhibición comunicativa define la marca de un político que, desde la disolución de las Cortes el 5 de octubre, venía operando como el auténtico portavoz de facto del socialismo español. Con el expresidente José Luis Rodríguez Zapatero orillado de la primera línea electoral a raíz de su imputación judicial en el rescate de la aerolínea Plus Ultra y el caso de las joyas opacas en una caja fuerte, Puente asumió el papel de principal socio de campaña de Pedro Sánchez de cara al 29-N.
El mismo día de la convocatoria a las urnas, Puente difundió un vídeo de ocho minutos en el que encuadraba al Ejecutivo español como un "modelo de vanguardia y progresismo mundial" y atacaba con virulencia a la derecha y a Vox, a los que tildó de exponentes del "odio" y la "mediocridad". En cuestión de días acumuló mítines en tándem con el presidente —con una encendida alocución de 20 minutos en su feudo de Valladolid—, desayunos en Nueva Economía Fórum, foros en el Club Siglo XXI y entrevistas en TVE y la Cadena SER. Su hiperactividad mediática solo se detuvo en seco este miércoles con la cancelación forzosa de un acto con las bases en Cádiz.
La lealtad forjada en el desierto del Peugeot
Para entender el peso específico de Óscar Puente en el ecosistema monclovita es imprescindible remontarse al otoño de 2016. En aquel dramático Comité Federal donde los barones forzaron la dimisión de Pedro Sánchez, casi todo el aparato orgánico se alineó con Susana Díaz. Puente, por entonces un alcalde con voz propia en Castilla y León, tomó la decisión contraria: brindó a Sánchez apoyo total, cobijo territorial y legitimidad en el momento de mayor soledad del líder defenestrado.
La confesión del propio regidor fue reveladora desde el pragmatismo: "Te apoyo por una razón muy sencilla, Pedro: porque quiero seguir siendo alcalde y con esta deriva que lleva el partido pierdo las elecciones". Aquella alianza convirtió a Valladolid en el bastión de lanzamiento del histórico viaje en el Peugeot con el que Sánchez reconquistó a la militancia de base en 2017. En aquellas primarias a vida o muerte, el regidor asumió la portavocía oficiosa de la candidatura en debates y medios: "Soy el que pone la voz", recordaba con orgullo.
Tras la victoria, Sánchez le exigió asumir la portavocía de la Ejecutiva Federal. Puente aceptó a regañadientes por disciplina: "No era mi cometido (...). Estuve incómodo en el puesto de portavoz desde el primer minuto", admitiría después. Aunque redujo al mínimo sus intervenciones en Ferraz para centrarse en Valladolid, el vínculo jamás se rompió: "Nadie me cesó. Nadie me defenestró. Estuve los cuatro años como portavoz".
La relación entre ambos ha eludido siempre las rigideces burocráticas del partido. Sin necesidad de intermediarios, ambos mantienen una fluidez cotidiana sustentada en llamadas directas y cruces constantes de WhatsApp. Una cercanía que culminó de manera deslumbrante en septiembre de 2023, durante la sesión de investidura de Alberto Núñez Feijóo. Cuando el hemiciclo esperaba el cara a cara, Sánchez, en una maniobra inesperada que sorprendió al PP, cedía su turno de réplica a Puente. Aquel discurso corrosivo, diseñado para desacreditar la candidatura del líder popular basada en su derecho a gobernar por encabezar la lista más votada, tenía la réplica perfecta. Él también había sido el más votado en la alcaldía de Valladolid pero la coalición PP-Vox le descabalgó de la alcaldía vallisoletana. "De ganador a ganador", espetaba Puente a un sorprendido Feijóo cuyo discurso ante el jolgorio de las filas socialistas supuso su consagración como martillo dialéctico del partido y la antesala de su aterrizaje formal en el Consejo de Ministros dos meses después.
Las dos almas del ministro: el actor, el gestor y el polemista
En las filas del PSOE coexisten dos visiones sobre el vallisoletano. Sus críticos internos suelen recelar de su tono agresivo y su "faceta de personaje público macarra" en los debates de trinchera digital; sin embargo, incluso esos mismos sectores reconocen sin ambages su "perfil de gestor eficaz y resolutivo", ampliamente elogiado durante el despliegue de emergencia tras los estragos provocados por la dana.
Esa destreza escénica encuentra sus raíces en un dato biográfico poco conocido: entre 1988 y 1999, según consta en su expediente oficial del Congreso de los Diputados, Óscar Puente se formó y ejerció profesionalmente como actor de teatro. Su soltura frente al foco y su manejo del tempo dramático hunden sus raíces en las tablas antes de trasladarse a las tribunas parlamentarias y a los platós de máxima audiencia.
Esa misma convicción dialéctica, sin embargo, le ha jugado malas pasadas en el último añoe. Tras el descarrilamiento de Adamuz, Puente desautorizó con vehemencia las primeras informaciones que situaban la rotura de la vía como la hipótesis principal del accidente —un hallazgo ratificado más tarde por la Comisión de Investigación de Accidentes Ferroviarios—, tildándolo de indicio menor. Hoy, con el precedente de Córdoba aún abierto y las 69 muertes de Urda conmocionando a la opinión pública, el ministro más protegido de Moncloa afronta el examen técnico y político más severo de su trayectoria.