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Empezó con el violín a los tres años, pero fue la tuba, enorme, grave y poco convencional, la que terminó conquistándolo. Aquella fascinación infantil por el sonido oscuro de las trompas en 'Pedro y el lobo' de Prokófiev acabó convirtiéndose en una vocación y, con el tiempo, en una carrera que le ha llevado de Bergara a Ámsterdam, Zúrich, Berna, Tartu y, recientemente, Corea del Sur. A sus 28 años, Andoni Moñux Ugalde es tuba solista de la Orquesta Sinfónica del Teatro Nacional de Estonia y recientemente ha logrado el segundo puesto en el Concurso Internacional de Metales y Percusión de Jeju. Pero su trayectoria no cabe en una sola etiqueta: además de defender la tuba como instrumento solista, toca el piano y la guitarra, canta y desarrolla con ANDONIX una faceta ligada al rock.
Comenzaste con el violín cuando tenías solo tres años y, a los siete, te pasaste a la tuba. ¿Qué viste en aquel instrumento enorme para pensar: "Esto es lo mío"?
En realidad, no abandoné el violín de golpe: durante bastantes años los dos instrumentos convivieron. Tampoco hubo una revelación solemne, aunque recuerdo una imagen muy concreta. De pequeño, mis padres me ponían 'Pedro y el lobo', de Prokófiev, en el coche; me atraía profundamente el color oscuro y amenazante de las trompas en el papel del lobo feroz. Cuando supe que existía un instrumento aún más oscuro y amenazante, quise que fuese el mío. A los siete años me fascinó que la tuba fuera enorme, grave e insólita: era muy física, hacía vibrar una sala y tenía una calidez inesperada. A los doce tuve claro que quería ser tubista. Sentía que la tuba me permitiría hacer cosas que nadie había imaginado y que había un mundo entero por explorar.
¿Cómo vivió tu familia que aquello que empezó como una afición de niño acabara convirtiéndose, con los años, en tu profesión?
En mi casa la música no era simplemente una actividad extraescolar, sino parte de la vida cotidiana. Mi abuelo era el organista de la parroquia de Santa Marina y dirigía el coro de jubilados. Mis padres, Valen Moñux y Marije Ugalde, han estado muy ligados a la vida cultural y artística de Bergara, especialmente al teatro musical, con la Bergarako Musika Eskola como principal nexo. Mi hermana Miriam también estudió violín. Por eso entendieron muy pronto que aquello no era una afición pasajera. Han sido mi mayor apoyo e impulso en todos los sentidos, y lo siguen siendo hoy. Cuando me fui a estudiar fuera con 17 años, conocían el oficio lo suficiente como para no idealizarlo: sabían que una carrera musical implica incertidumbre, mucha competencia y bastante sacrificio. Creo que lo vivieron con una mezcla lógica de orgullo y preocupación. Gran parte de lo que soy viene de haber crecido en un entorno donde hacer música con otras personas era algo normal y cercano, no una actividad elitista o distante.
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La tuba suele ocupar un lugar secundario en el imaginario del público, pero tú has intentado llevarla "a primera línea". ¿Qué tiene este instrumento que quizá no se aprecia realmente hasta que se escucha de cerca?
La mayoría de la gente asocia la tuba con las notas graves, el peso del instrumento o incluso con un efecto cómico. Todo eso existe, pero es solo una parte mínima. De cerca se descubre un instrumento con una gama enorme de colores: puede sonar como terciopelo, como una voz humana, como metal puro o casi como un instrumento de percusión. Además, la vibración se siente físicamente, no solo se escucha. En la orquesta construye el suelo sobre el que se apoya todo el conjunto, pero también puede tener momentos muy expuestos y decisivos. Llevarla a primera línea no significa obligarla a comportarse como una trompeta o un violín, sino dejar que muestre su propia personalidad en repertorio solista, música de cámara y nuevos arreglos. La mayor sorpresa suele ser comprobar hasta qué punto la tuba puede cantar.
Con 17 años te fuiste a Ámsterdam para continuar tus estudios y después viviste en Zúrich. Ahora estás en Estonia, donde eres tuba solista de la Orquesta Sinfónica del Teatro Nacional de Estonia ‘Vanemuine’, en Tartu. ¿Qué ha supuesto para ti construir prácticamente toda tu carrera lejos de casa?
En Ámsterdam estudié cuatro años. Después viví en Zúrich y pasé por Berna, donde formé parte de la academia de la Orquesta Sinfónica de Berna, antes de instalarme en Tartu. La dificultad fue aprender a vivir solo al mismo tiempo que intentaba convertirme en profesional: encontrar casa, organizar el dinero, resolver burocracia, trabajar en otros idiomas y tomar decisiones importantes sin tener a mi familia cerca. Todo eso me hizo independiente y adaptable muy pronto, aunque también tuvo un coste en forma de soledad e inestabilidad. Musicalmente, moverme entre países me permitió conocer escuelas y maneras de trabajar muy distintas. Bergara sigue siendo mi referencia emocional. Con el tiempo he aprendido que pertenecer a un lugar nuevo no exige borrar el anterior; mi vida se ha construido fuera, pero nunca me he desconectado de casa, porque además siempre he recibido -y sigo recibiendo- un apoyo extraordinario de mi familia y, muy especialmente, de mis padres.
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Has trabajado con formaciones y proyectos muy diferentes, desde la Orquesta Nacional de España hasta la Ópera de Zúrich y otras iniciativas internacionales. ¿Qué buscas hoy cuando aceptas una propuesta musical: el nivel artístico, el reto, las personas con las que vas a trabajar, la posibilidad de experimentar…?
También he trabajado con Euskadiko Orkestra, Bilbao Orkestra Sinfonikoa y varias orquestas europeas, y en contextos tan distintos como el prestigioso Festival de Lucerna o proyectos con el Ensemble Modern, uno de los grandes referentes internacionales de la música de vanguardia. Esa variedad me ha enseñado que el nombre de una institución no basta para que un proyecto sea valioso. Hoy me interesan el repertorio, el reto concreto y, sobre todo, las personas con las que voy a trabajar. Busco proyectos que me obliguen a utilizar una parte de mí que todavía no domino, pero que se desarrollen también en un ambiente humano sano. Intento ser realista: el tiempo y la energía son limitados, y un proyecto pequeño de cámara puede ser más transformador que uno enorme. Me atrae moverme entre la gran orquesta, la música contemporánea, el repertorio solista, la música de cámara y formatos más populares, siempre que exista una razón artística clara.
Esa mezcla de potencia, profundidad y lirismo que encierra la tuba sigue siendo lo que más le engancha a Andoni Moñux.
Gratitud hacia Unai Urretxo
En agosto conseguiste el segundo puesto en el Concurso Internacional de Metales y Percusión de Jeju, en Corea del Sur, después de enfrentarte a casi un centenar de tubistas de todo el mundo. ¿Qué aprendiste de una competición de ese nivel y qué te llevaste de la experiencia más allá del resultado?
En una competición con tantos músicos de élite venidos de todo el mundo, todos saben tocar; la diferencia está muchas veces en cómo gestionas la presión, la energía y la regularidad durante varios días. De los 97 participantes pasamos 18 a la segunda ronda y solo tres llegamos a la final, donde interpretamos el Concierto para tuba de Vaughan Williams con orquesta. Aprendí que no puedes esperar a sentirte perfecto para salir al escenario: tienes que confiar en el trabajo acumulado, aceptar que habrá pequeñas imperfecciones y seguir dentro de la música. El segundo premio me confirmó que puedo sostener mi nivel en un contexto internacional de máxima exigencia, pero una clasificación es solo una fotografía, no la medida completa de un músico. Me llevo también Corea, las amistades y una enorme gratitud hacia Unai Urretxo, reputado músico y director arrasatearra afincado allí desde hace más de veinte años, que me apoyó durante todo el proceso. Su esposa, Miyang Kim, me acompañó maravillosamente al piano. Más que la medalla, me queda la certeza de que el trabajo respondió cuando la presión era real.
Tu relación con la música va mucho más allá de la tuba: tocas la guitarra, el piano y otros instrumentos, y además cantas. Eres, en definitiva, un músico polifacético. ¿Qué te aporta explorar distintas formas de hacer música?
La tuba es el centro de mi profesión, pero no entiendo la música como una serie de compartimentos. Empecé con el violín, canto, toco la guitarra y utilizo también el piano y otros instrumentos; evidentemente, no todos al mismo nivel ni con la misma función. Cada uno me enseña algo distinto. Cantar me obliga a pensar la frase y la respiración sin la mediación del instrumento; la guitarra me acerca a la armonía, al ritmo y a la composición de canciones; el piano permite ver la música de una manera más global, y el violín me dio desde niño una sensibilidad melódica muy concreta. Además, esas otras vías impiden que toda mi relación con la música se convierta únicamente en trabajo. La especialización es necesaria, pero también puede estrechar la imaginación. Explorar lenguajes distintos me recuerda que, antes que tubista, soy músico y que el objetivo final es comunicar.
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Has hecho versiones de grupos como Queen, The Beatles o Bon Jovi, una faceta que quizá sorprenda a quienes te conocen principalmente como tubista clásico. ¿Qué lugar ocupa el rock y esa parte más cercana y popular de la música en tu vida artística?
El rock no es un pasatiempo secundario ni una pequeña rebelión contra la música clásica: es uno de mis lenguajes musicales centrales. Queen y Freddie Mercury han sido una referencia enorme, pero también el rock melódico y el heavy que aprendí a amar después. La orquesta me da disciplina, escucha colectiva, control del sonido y una paleta de colores inmensa; el rock me exige otra clase de verdad, más directa, física y personal, y una relación inmediata con el público. En Tartu he desarrollado ANDONIX precisamente para dar espacio al cantante, guitarrista y frontman que también soy, tanto mediante versiones como con material propio. Puedo ensayar Wagner por la tarde y cantar Queen o Bon Jovi por la noche sin sentir ninguna contradicción. En ambos casos hacen falta sonido, ritmo, riesgo, presencia y honestidad. No creo demasiado en la jerarquía entre música «culta» y «popular»; creo en la música que está viva y en la que no lo está.
Después de haber vivido y trabajado en distintos países y de haber conocido escenas musicales tan diferentes, ¿qué has aprendido -o estás aprendiendo- fuera de Euskadi que probablemente no habrías aprendido de haberte quedado aquí?
He aprendido, ante todo, que no existe una única manera correcta de ser músico. En los Países Bajos encontré mucha autonomía y una comunicación muy directa; en Suiza, un rigor y un nivel de exigencia enormes; y en Estonia he aprendido el día a día y las idiosincrasias de una orquesta profesional, además de asumir responsabilidades y crear proyectos en una escena más pequeña, donde la iniciativa personal importa mucho. Convivir con todos esos modelos me ha hecho menos dogmático. Ya no doy por sentado que la forma en que aprendí algo sea necesariamente la única o la mejor, y trato de quedarme con lo que funciona de cada lugar. Al mismo tiempo, la distancia me hizo comprender mejor cosas de Euskadi que antes veía como normales, sobre todo el sentido de comunidad y la cercanía con la que yo había vivido la música. Fuera he aprendido tanto a revisar lo que heredé como a reconocer qué partes de ello quiero conservar.
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¿En qué proyectos estás trabajando ahora?
Ahora mismo estoy comenzando una temporada muy intensa con la Orquesta Sinfónica del Teatro Nacional de Estonia ‘Vanemuine’. El 13 de septiembre presentaré allí un concierto propio, 'Beauty & The Brass': la primera parte será para tuba y arpa, y la segunda estará a cargo del quinteto de metales, con arreglos de The Beatles. Después pasaré varias semanas como músico invitado de la Orquesta Sinfónica de Islandia. A finales de octubre volveré a Ámsterdam para tocar con la Netherlands Philharmonic en el Concertgebouw, en un programa con 'La consagración de la primavera' de Stravinski y el 'Concierto para violonchelo' de Wynton Marsalis. Paralelamente continúo desarrollando ANDONIX, con ensayos, conciertos y nuevas canciones. Es una etapa que resume bastante bien mi vida actual: orquesta, trabajo solista y de cámara, viajes y rock, todo coexistiendo a la vez.
"Cuánto cuesta construir esa vida lejos de casa"
Para terminar: si aquel niño de Bergara que empezó con el violín a los tres años pudiera verte hoy, con una carrera internacional, viviendo lejos de casa y compitiendo con los mejores tubistas del mundo, ¿qué crees que le sorprendería más de la vida que ha acabado teniendo?
Creo que le sorprendería comprobar que aquella sensación de ser un verso suelto, de no acabar de encajar del todo, terminó funcionando como un impulso y no solo como una incomodidad. Esa época sigue muy presente para mí: fue cuando empecé a convertir la sensación de no encajar en curiosidad por lo que podía encontrar fuera. Desde muy pequeño tuve ganas de salir, conocer otros lugares y averiguar hasta dónde podía llegar, aunque evidentemente no imaginaba el recorrido concreto. No habría pensado que la tuba me llevaría de Bergara a Ámsterdam, Zúrich, Berna, Tartu o Corea, ni que podría construir una vida en varios idiomas sin renunciar a ser también cantante, guitarrista o frontman. De más jovencito imaginaba la carrera como una línea bastante recta; ahora sé que está llena de trabajo, rechazos, dudas y reinicios que no aparecen en una biografía. Creo que estaría orgulloso. Sigo subiendo al escenario por la misma razón de entonces: porque el sonido y la posibilidad de comunicar me emocionan.