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Entre el duelo por la muerte de su padre y una crisis vital y laboral, Marta Kayser decidió abandonar su profesión para emprender un proyecto que ha acabado convirtiéndose en su primera obra publicada: 'La Fábrica de Papel' (Lumen, 2026). Sus páginas transforman cartas, dibujos, fotografías y documentación sobre el pasado de su familia en materia narrativa.
Ha comentado que La Fábrica de Papel nació en una doble crisis, vital y laboral. ¿Considera que escribirla y dibujarla fue una experiencia catártica para usted? Bukowski decía que el dolor y el sufrimiento son combustible para crear arte.
Absolutamente. Digo desde hace tiempo que la muerte de mi padre me empujó a la vida. Le ha dado la vuelta a la escala de valores. En ese momento, se abrieron dos caminos: o me sumía en el duelo o intentaba hacer que su vida tuviera sentido a través de la mía. Sentí la necesidad de conocer a mi padre de verdad, porque solo le había conocido en la figura de padre. Detrás de eso hay muchas capas, como su infancia o su juventud. Todo eso me era totalmente ajeno. Meterme en el descubrimiento de estos personajes ha sido una manera de pasar el duelo. Quería conocerlos bien para, después, dejarlos ir.
A veces es difícil ver a los padres como personas, más allá de su rol.
Sí, porque se les impone la presión por ser perfectos. Que la vulnerabilidad no les toque. Pero no es así.
Reconstruye su pasado familiar a partir de cartas, fotografías y, por supuesto, sus propias viñetas. ¿Cómo fue el proceso de recopilar, organizar y dar forma a todos estos elementos para construir la narrativa de la obra?
Fue caótico porque había mucho material, incluso muchísimo más del que al final ha aparecido.
Imagen de unas páginas de la novela gráfica de Marta Kayser
¿Diría que la búsqueda del yo también funciona como un motor?
Sí, El hecho de hacer este trabajo, hacer que cada día que me levantara tuviera sentido, era algo así como esto me lo debo a mí misma. Ya no solo por lo que tiene que ver con las raíces familiares y el duelo, también porque decidí cambiar de vida. Ahora mismo, este es el barquito que me va a llevar a la otra orilla, aunque muchas veces va a haber marejadilla. Hay días en los que me levanto y me cuestiono qué estoy haciendo con mi vida, pero saco ese mismo impulso que me empujó a escribir esta novela. Me agarro a él para recordármelo en los días malos, porque el miedo sigue ahí.
La familia es el eje central. Después de siete años de trabajo, ¿quiénes son los Kayser?
Si algo he aprendido de mi familia es a llevar por bandera la honestidad y la transparencia. Eso no quiere decir que no se hayan permitido muchos silencios, como en todas las familias del mundo. Han sido personas que han llevado la vida observando todo, sin hacer ruido. Como teniendo muy presente que su trabajo, independientemente de cual fuera, es un servicio a los demás. Y a mí eso siempre me ha hecho mucho bien.
¿Qué más destacaría?
Era una persona a la que podías acudir para sentirte seguro, comprendido y escuchado. Son muchas cosas, pero destacaría la honestidad. Cuando mi padre murió, mi hermana me dijo que lo único que querían por lo que le recordaran era por ser un hombre bueno. Y ya está. Eso pusimos en el epitafio.
Nos lleva a lugares que nos resultan cercanos, como Donostia, donde su bisabuelo acudió a una reunión sobre los detalles de un trabajo que iba a realizarse nada menos que en el Moulin Rouge.
Esto forma parte de mi necesaria aproximación a Donostia. En la historia de mi bisabuelo hay dos cosas importantes: primero, no tengo mucha información de él porque murió muy joven y, además, mi abuelo nos habló poco de él. Lo único que sabía es que tenía una fábrica de papel pintado. Tenía la necesidad de conocer a este personaje, pero eso ha pasado por tener que ficcionar muchas cosas. Eso sí, me he documentado mucho sobre la Real Fábrica de Papel Pintado de Madrid y sus negocios asociados, sobre cómo fue ese oficio de artes decorativas de aquella época y sobre la relación con el sector en París…
¿Qué le une a esta ciudad?
En el 89 fui a vivir allí. Mi padre tenía un trabajo complicado. Digamos que podía ser un blanco fácil de ETA y, por eso, solo estuvimos un año. Pero nunca nos llegamos a despedir de la ciudad, aunque hemos vuelto todos los veranos.
¿Se ha resarcido de las frustraciones que le genera su faceta de arquitecta? ¿Cómo percibe la situación del sector en este momento?
Quiero dejar claro que sé que las nóminas son importantes para sostener la vida, pero, aunque las necesitemos, creo que hace falta repensar la profesión desde dentro. Hay que alzar la voz desde los colegios profesionales. En los años 40 había congresos internacionales de arquitectura donde se reunían arquitectos de todo el mundo para repensar tanto las ciudades como los espacios domésticos. De ahí salían criterios que marcaban la disciplina; no se podía tolerar menos. En cambio, ahora los arquitectos somos meros firmantes. Los colegios profesionales deberían retomar la voz que les pertenece y rebajar las demandas del mercado. Sigo descontenta. Pese a que el proyecto del que hablo en el libro no es real al cien por cien, hay datos sacados de cosas que he vivido de cerca.
¿Y qué me dice de los famosos bloques cebra?
Son la representación de quien promueve la vivienda no tiene nada que ver con quien promueve la arquitectura, porque a las promotoras solo les importa llevárselo calentito. Que la habitabilidad sea mejor o peor da igual.
Por último, ¿qué busca remover en los lectores con su primera novela gráfica?
Busco remover para colocar. Y que se emocionen.