María Elisa Peredo no tenía pensado dedicarse al sector de los cuidados. En Bolivia, su país de origen, se había formado en contabilidad y sociología y también había hecho sus pinitos con la artesanía. En 2006, con 33 años, migró a Euskadi con su familia y tuvo que rebajar sus expectativas laborales en un claro ejercicio de pragmatismo. “Sabía lo que había. Al menos al principio, no iba a poder ejercer de lo que había estudiado y terminaría trabajando en tareas de limpieza y cuidados”, sostiene.
Conquistas y deberes pendientes
Ocurre cada día. Las mujeres cuidadoras tienen que desplazarse hasta el domicilio de una persona dependiente. Pueden tardar unos pocos minutos o más de una hora hasta llegar al domicilio. Depende de los casos. Según cuenta María Elisa Peredo, estos desplazamientos ahora sí se computan como tiempo de trabajo, un derecho que han conquistado estas trabajadoras itinerantes. Sus contratos laborales están ahora encuadrados en el Régimen General de la Seguridad Social. Tienen derecho a paro y a vacaciones renumeradas. Ha habido avances en los últimos años. Sin embargo, María Luisa recuerda que el colectivo está lejos de alcanzar el trabajo decente. Ella aún se encuentra con personas usuarias que creen ser “dueñas de sus trabajadoras”. Además, desde la cooperativa insisten en reivindicar un convenio específico vasco de cuidadoras de personas dependientes que dignifique sus condiciones laborales.
Cuando se instaló, continuó formándose a través de distintos cursos de Lanbide. Durante todos estos años, se ha ido empapando de varios aspectos de nuestra cultura; entre ellos el euskera, la euskal dantza, la gastronomía vasca o el cooperativismo. Pero optar a un trabajo digno se convirtió en un camino sinuoso y más complejo de lo que ella pensaba cuando aterrizó aquí. María Elisa se ha topado con “la dura realidad” de ser mujer y migrante en un sector altamente precarizado, así que no le ha quedado más remedio que redefinir su concepto de prosperidad económica y laboral en Europa.
En la cooperativa defienden el derecho de las cuidadoras a recibir un trato digo en su trabajo.
También han sido años de lucha. Y de explorar, junto a sus compañeras cuidadoras, la mejora de su bienestar laboral para aspirar a lograr una ansiada satisfacción personal. La cooperativa de iniciativa social Maitelan, que ella misma ayudó a fundar en 2020 y actualmente preside, está compuesta por 18 socias trabajadoras y se define como “un instrumento creado para asumir colectivamente la responsabilidad social de los cuidados”. Su radio de acción se sitúa en la mancomunidad de Beterri Buruntza, compuesta por las localidades de Andoain, Astigarraga, Hernani, Lasarte-Oria, Urnieta y Usurbil.
El eslogan de la cooperativa es “personas cuidando a personas”. ¿No sería más justo decir explícitamente que son las mujeres las que cargan con los cuidados? María Elisa dice que sí, que es verdad que este es un ámbito enteramente feminizado, pero que con este mensaje pretenden subrayar el concepto de humanidad y el trato digno que merecen todas las personas al ejercer su trabajo. “Más allá de nuestra condición de mujeres, queríamos recalcar que muchas veces nos tratan como objetos por ser migrantes. Los cuidados que ofrecemos son cercanos y de calidad, se basan en el respeto. Nosotras pedimos lo mismo, que nos traten como a personas”, recalca.
El incómodo espejo de los ciudadanos
“Todavía existe una cultura machista en la que se les dice a las mujeres que están obligadas a cuidar a los demás”. María Elisa Peredo afirma que el sector de los cuidados funciona como una especie de espejo incómodo que refleja algunos de los males de la sociedad patriarcal. La comunidad de cuidadoras de Beterri Buruntza es consciente de esta situación y se suelen juntar y hacer piña entre ellas. Durante el mes de septiembre, por ejemplo, compartieron experiencias y disfrutaron de actividades conjuntas (con talleres de bordado, por ejemplo), con el objetivo de “seguir fortaleciendo” sus vínculos en el marco de la iniciativa Tejiendo redes entre cuidadoras, impulsada por Maitelan y la propia mancomunidad. Entre el año pasado y este también han puesto en marcha una red de apoyo dirigida, principalmente, a las cuidadoras que trabajan en régimen interno.
La representante de Maitelan lamenta que este sigue siendo “un trabajo infravalorado” desde distintos ámbitos. “A veces pienso que todo tiene más valor que una cooperativa de cuidados. Parece que la sociedad no quiere afrontar de verdad este tema”, denuncia. Aunque también se dedican a tareas de limpieza, estas auxiliares profesionales son contratadas por empresas que prestan servicios a las administraciones públicas, y reparten su tiempo en varias casas con personas dependientes de grado I y II.