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“Las calles ya no parecían calles”: el miedo tras el terremoto en Colombia

Los supervivientes del Eje Cafetero describen edificios desplomados, familias en las calles y horas de angustia sin agua, luz ni comunicaciones
Los vecinos se encuentran entre los escombros tras el terremoto, en Pereira. / E. P.

El terremoto con epicentro en San José del Palmar ha vuelto a sumir al Eje Cafetero colombiano en el miedo y la devastación. El temblor provocó el pánico inmediato entre la población de localidades como Armenia, Calarcá, Pereira y Manizales. Para los habitantes de la región, la sacudida revivió de inmediato el trauma del seísmo de 1999, sacando a miles de personas a las calles en pijama y descalzas en medio de derrumbes, falta de suministros, cortes de comunicación y crecientes episodios de inseguridad.

En Armenia, situada a unos 76 kilómetros en línea recta del epicentro, Rosario Madrid Primero, de 70 años, vivió la emergencia sola en su vivienda. “También viví el de 1999, pero este ha sido el más largo que recuerdo; parecía que no terminaba nunca. Aquí ha sido menos grave que aquel, pero sentí muchísimo miedo, pánico y temor”, relató. Rosario explicó que el tránsito de vehículos quedó bloqueado por los escombros y que su sobrina debió desplazarse “en moto de casa en casa para comprobar que toda la familia estuviera bien” y trasladar a la hermana mayor de Rosario, Ludivia, ante el riesgo de colapso de su edificio. "Hemos estado incomunicadas y sin internet desde el terremoto hasta la madrugada. Me estoy enterando de lo que ocurre gracias a una radio de pilas", detalló Rosario.

En Calarcá, Paula Andrea Valencia, de 30 años, también revivió el recuerdo de la tragedia de 1999 mientras intentaba proteger a su hija pequeña: “Cuando empezó a moverse todo, yo solo pensaba en protegerla. Parecía que no iba a parar nunca. Las cosas se movían, todo temblaba y yo lo único que quería era tenerla conmigo y comprobar que estaba bien”. “Todos estamos recordando el terremoto de 1999. Yo era muy pequeña, pero crecí escuchando lo que ocurrió y viendo las consecuencias que dejó. Ahora sentimos que aquella devastación vuelve a estar encima de nosotros”, asegura, y afirma que "la primera noche fue lo peor. Mucha gente durmió fuera de sus casas porque tenía miedo de que se cayeran o de que llegaran más réplicas".

Los vecinos se encuentran entre los escombros tras el terremoto, en Pereira. E. P.

"Ya nada era igual"

Por su parte, Pereira se convirtió en una de las ciudades más destruidas. Diana Marcela Muñoz, de 36 años, presenció el desplome de una edificación de seis plantas mientras trabajaba en una panadería. "El suelo empezó a moverse como si estuviéramos encima de una ola. Mis compañeras y yo nos metimos debajo de las mesas como pudimos y veíamos caer los ladrillos y las tejas a nuestro alrededor", recordó. Al salir a la vía pública tras el colapso del inmueble vecino, la conmoción borró las referencias urbanas habituales: "Las casas que utilizaba para orientarme ya no estaban y las calles ya no parecían calles. No sé si me entiendes, pero nada era igual".

El ambiente en el centro de Pereira se transformó en una escena de angustia constante, con automóviles aplastados, cables eléctricos caídos y vecinos buscando a personas atrapadas. "Veía a personas cargando a otras en brazos y buscando a gritos taxis o carros que pudieran llevarlas al hospital. Todo era polvo, gritos y gente corriendo sin saber muy bien hacia dónde", añadió Diana Marcela, quien tardó más de un día en contactar con sus familiares en España por la falta de redes telefónicas y electricidad.

Un machetazo por un racimo de plátanos

Con el paso de las horas, la escasez de agua, luz y alimentos propició saqueos y actos de violencia. En el sector de Cuba, en Pereira, el comerciante Luis Alfonso fue atacado con un machete tras defender su tienda de barrio frente a varios asaltantes que pretendían sustraer botellas de agua y alimentos. "Un machetazo por un racimo de plátanos", lamentó el afectado con la poca batería que le quedaba en su teléfono, advirtiendo de que "lo peor está por venir" ante el aumento de la escasez. En Armenia y Calarcá, los propios residentes formaron brigadas nocturnas para vigilar los inmuebles vacíos y evitar robos.

Ante la ausencia de asistencia oficial inmediata en diversos puntos, las comunidades se organizan para compartir sus recursos. "No teníamos agua, luz ni servicios básicos. Era imposible comprar cualquier cosa porque todo estaba cerrado o no había suministros. Las familias comenzaron a sacar lo que tenían, a cocinar en las calles y a compartir la comida con los vecinos", afirmó Paula Andrea Valencia.

"Solo se puede orar y esperar"

Además, el desplazamiento por las vías intermunicipales presentó graves dificultades debido a derrumbes y bloqueos policiales. Farid Juliet Valencia Madrid, de 52 años, debió ser desviada por vías alternas al intentar viajar desde Armenia hacia Manizales. "En la carretera entre Armenia y Pereira nos encontramos varios derrumbes. En las afueras veíamos empresas y edificios con grietas, paredes caídas, puertas y ventanas destruidas", indicó. Solo para repostar combustible, Farid y su esposo debieron “hacer una hora y media de fila”.

Al llegar a Manizales, la pareja encontró casas agrietadas, familias pernoctando en la calle y la torre de la catedral con una marcada inclinación. En el sector de Chipre, la vivienda de la familia de su esposo sufrió la destrucción de aproximadamente el 70% de su estructura. Pese a la angustia y al colapso de las redes de comunicación, la población intenta sobreponerse a la tragedia. "Lo que más miedo da es la impotencia de no poder hacer nada. Sentir que tiembla cada vez más duro, que las cosas empiezan a caer y que uno no puede hacer absolutamente nada", decía Farid Juliet, quien concluyó: “Solo se puede orar y esperar a que pase”.

11/08/2026