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Tanto en sus novelas como en sus artículos, Karmele Jaio construye un universo literario de lo más peculiar. La periodista nacida en Gasteiz da forma a un “alfabeto de latidos” que utiliza para nombrar las emociones y entender lo que duele en su nueva novela, Corazón de piedra.
La escritora reflexiona sobre la sensibilidad como acto de resistencia, la infancia como territorio fundacional, el peso del paisaje y la lengua, además de los desafíos de una sociedad cada vez más blindada frente a la fragilidad. Se trata de una conversación sincera en la que la autora se muestra más descubierta que nunca, al igual que hace en esta última novela.
La periodista nacida en Gasteiz da forma a un “alfabeto de latidos” en 'Corazón de piedra'.
Corazón de piedra está organizado como un diccionario, un “alfabeto de latidos” en el que busca en las palabras las explicaciones de lo que le sucede. ¿Necesitamos volver a la exactitud de las mismas para no perdernos?
-Las palabras nos ayudan a aterrizar los pensamientos abstractos que tenemos en la cabeza. Muchas veces tenemos emociones que nos cuesta descifrar y entender, y yo creo que escribir con ayuda de las palabras nos ayuda a entender lo que sentimos. En este ha sido así, como en mis anteriores libros, pero sí que este es quizá un libro un poco diferente en ese sentido, porque es más personal, diría... Aparezco más descubierta que cuando es pura ficción.
Su abuela Petra decía que era mejor tener un “corazón de piedra” para protegerse. Tras terminar estos relatos, ¿es la sensibilidad una forma de rebeldía en este mundo de “corazones blindados”?.
-Sí, siempre se ha hablado de la sensibilidad como una debilidad. Es cierto que tener un corazón sensible te hace más vulnerable, pero yo creo que es también una fortaleza. Porque te permite captar muchas emociones y detalles de la vida que de otra manera no los captas. No los sientes. Creo que vivir con un corazón de piedra es vivir también un poco a medias, porque sí estás más protegida de los dolores que te provoca la vida y el mundo -y sobre todo tal y como está hoy en día-, pero también te limita. Te pierdes muchas cosas con un corazón de piedra.
Muchos se identificarán con esos viajes eternos en coche, entre curvas y cantando rancheras para no marearse. ¿Qué queda de esa niña que escuchaba al Trío Calaveras desde Vitoria en la Karmele que hoy mira el muelle de Lekeitio con otros ojos?
-La verdad es que para mí ha sido como una sorpresa que en este libro hayan aparecido tantas imágenes de la niña. Ha sido reencontrarme con la niña que fui y me ha gustado. En la infancia está la esencia de quienes somos, y luego nos vamos tuneando y disfrazando un poco en la vida. Y creo que también han aparecido todos esos recuerdos de la infancia por el momento vital. Perdí a mi madre el año pasado, mi padre falleció hace ya bastantes años. Ese sentimiento de orfandad que se siente cuando ya no tienes padres y empiezas a no tener a nadie por delante..., creo que están escritas desde ahí, desde ese sentimiento. Por eso, han aparecido esas fotografías de la infancia, con las que creo que mucha gente se puede sentir identificada, porque no son tan diferentes nuestras vidas. Son diferentes, pero creo que pasamos por muchos estadios parecidos.
Es Premio Euskadi de Literatura, y afirma que el cielo de nuestros territorios “no es plano, lo engordan las nubes” y que la lengua ha sobrevivido en sus arrugas. ¿Le influye el paisaje de Euskal Herria en la “trastienda” de su escritura?
-No solo el paisaje físico, sino el paisaje social. Desde donde escribes marca también lo que escribes, a pesar de lo que escribimos. De eso me he dado cuenta con las traducciones. Cuando se traduce a otro idioma lo que escribo, me doy cuenta de que los lectores cambian igual algunos detalles. Estamos escribiendo temas universales, pero desde un lugar concreto. Y reivindico también lo propio en un mundo que cada vez es más uniforme. Creo que hay que defender lo propio, y defender lo propio en este sentido es defender también tu propia lengua, a través de la literatura en este caso.
Hablando de literatura vasca, ¿qué tiene la Azoka para que casi todos los escritores vascos presenten sus libros allí?
-Lo que tiene la Azoka es un público muy fiel. Hay gente que va siempre, independientemente de las novedades que hay ese año. Mucha gente relacionada con los regalos de Navidad también. Es un punto de encuentro muy importante para nosotros, porque escribir es un acto muy solitario, y te encuentras cara a cara con la gente. Y, sobre todo, recibes mucha información: sobre los anteriores libros..., y también es un punto de encuentro entre creadores.
Relata cómo hemos pasado de compartir un botellín de Kas naranja entre hermanos a “hacer hijos de padres pobres”. ¿Hemos perdido esa “consciencia de la realidad” en favor del consumo irreal?
-Vivimos en un mundo en el que más que ciudadanos y ciudadanas somos consumidores y consumidoras. Nos hemos convertido en eso. Nuestros hijos e hijas han nacido ahí, en medio de esa fiebre consumista que a veces se confunde incluso con el ocio. De repente, el ocio se convierte en consumo. Eso sumado a un mundo cada vez más individualista, que lo disfraza como libertad o empoderamiento... Creo que hay que estar atentos y atentas al mundo que estamos construyendo, y que hay que tener espacios para otras inquietudes, conversaciones y tipos de ocio, diferentes a pasar el tiempo en un centro comercial.
También reclama la necesidad de explicarle a estas nuevas generaciones “de qué va el melocotón” para evitar que el sexo se convierta en escenario de humillación ¿Busca hacerles entender que su valor no está en el físico?
-Yo por lo menos lo he intentado con mis hijos. Vivimos también, además de lo que hemos dicho, en una sociedad de la imagen en la que se prioriza -y ahora más con las redes- un canon de belleza e imagen. Hacerles entender -no solo a los jóvenes, esto afecta a todas las generaciones- que lo importante no está ahí. Que también es importante, pero que no descuidemos el interior con tanto mirar la carcasa.
Con una trayectoria tan afianzada, no solo en la escritura, sino también como colaboradora, ¿qué proyectos tiene para el futuro?
-Soy una escritora que no programa mucho lo que va a escribir. Soy superbrújula. Estoy escribiendo algo, pero todavía no sé lo que va a ser. Seguramente será una novela y el aliciente de empezar a escribirla ha surgido de lo que hemos comentado antes: de la niña. Ha aparecido una parte de mí que tenía olvidada y que me está haciendo entrar en un mundo que todavía no sé cuál va a ser.