Hace 50 años, el misionero irunés José Ramón Amunarriz llegó a Kabuga, en Ruanda, tras dejar su empleo en el Banco San Sebastián. Allí, nada más aterrizar, empezó a trabajar de manera incansable para mejorar las condiciones de vida de un lugar que carecía de cosas tan básicas como la educación o la vivienda. El empoderamiento de la mujer era también otro de sus principales propósitos.
De esta manera nació la ONG Behar Bidasoa, que a día de hoy mantiene su labor allí donde comenzó, pero que ha ido extendiendo su radio de acción a lugares como la República Democrática del Congo (donde estuvo el propio José Ramón) o Angola. También cruzó al otro lado del charco, llegando a la localidad paraguaya de Villarrica o al municipio colombiano de Pereira, situado entre Medellín y Cali, donde siguen trabajando sobre el terreno en colaboración con las hermanas pasionistas.
Exposición en Arma Plaza
Para conmemorar su medio siglo de labor desinteresada y humanitaria, Arma Plaza acoge una exposición en la que se muestran, a través de diferentes elementos gráficos, los proyectos realizados por la asociación en Kabuga. La muestra combina imágenes de los inicios con otras más recientes tomadas por la fotógrafa hondarribiarra Estitxu Ortolaiz. Un trabajo sobrecogedor que refleja una realidad totalmente distinta a la del mundo occidental que conocemos.
Josema Soto, el vicepresidente de Behar Bidasoa, recibe a NOTICIAS DE GIPUZKOA en la exposición. “José Ramón Amunarriz no dejó de hacer cosas cuando llegó a Kabuga”, explica, “hizo una iglesia, un centro cultural, casas para la gente pobre, hizo puentes, las escuelas, el centro de salud o la traída de aguas, entre otras cosas”.
“Se generó un polo de desarrollo”, cuenta Soto, reseñando “el taller de carpintería, el taller de soldadura, la escuela profesional que tenía una sección de albañilería, corte y confección y electricidad”. Es evidente que todas estas labores no las podía acometer una única persona. Amunarriz echó mano de su cuadrilla y de conocidos, que no dudaron en sumarse al proyecto.
"La iglesia estaba llena de tiros"
Uno de ellos fue Josetxo Etxebeste, quien viajó como carpintero voluntario a Ruanda por primera vez en 1995, un año después del genocidio en el que fue asesinado el 70% de la población tutsi. “Los primeros días allí estás como volando, yo no dormía, no paraba de darle vueltas a la cabeza”. Casualmente, uno de los grandes instigadores y financiadores de este exterminio se apellidaba Kabuga. Su nombre era Félicien y nunca se hizo justicia: huyó del país, fue detenido con 84 años en París y, aunque el genocidio no prescribe, el Tribunal de La Haya no lo juzgó por padecer demencia. Falleció el pasado mes de mayo en los Países Bajos.
Etxebeste cuenta que “en Mugina nos enseñaron las fosas comunes, y había hasta esqueletos”, y recuerda que “toda la iglesia estaba llena de tiros de metralletas, mataron a muchísima gente allí”. Además, “eran críos de 11 y 12 años que estaban, a pesar de la edad, drogados”. Y es que en aquella zona “había unas 20.000 guerrillas”.
Gabarra al estilo Bidasoa
Para acometer las labores de carpintería en la zona, la solidaridad de las empresas de Gipuzkoa resultó primordial. “Talleres que cerraban nos regalaban las máquinas”, explica Josetxo, “y se arreglaban, se pintaban y se mandaban a Kabuga”. Entre ellas, una de Iturma y una sierra vertical del Museo San Telmo, “que todavía funciona”.
José Ramón Amunarriz en la gabarra Amahoro
Con estas máquinas construyeron una gabarra al estilo Bidasoa de once metros. Se trataba de una embarcación ideal para desplazarse por zonas de poca profundidad y cruzar el río Rugende, remontándolo a contracorriente para después dejar de remar y que la propia inercia los llevara a la otra orilla. A la embarcación se la bautizó como Amahoro, que significa paz en kiñaruandés, el idioma local.
Contenedores llenos
Otra de las personas involucradas en las labores humanitarias fue José Ignacio Sodupe. Él no viajó a Ruanda, pero colaboró llenando contenedores de ayuda a petición de Agustín Ugarte, galardonado con la Medalla de Oro de Irun en 2010 por su labor como presidente de Behar Bidasoa, que falleció el pasado año. “Como estábamos en Santiagotarrak, y Agustín vivía en la calle Santiago, nos pidió que echáramos una mano a cargar contenedores para mandar cosas a Kabuga, y no lo pensamos”, recuerda Sodupe.
“Nos traían un montón de material, Agustín Ugarte conseguía donaciones de todos los sitios”, explica Sodupe, “y entonces había gente que lo preparaba, limpiaba, ordenaba y metía en cajas”. Entre 30 y 40 personas se juntaban primero en Doman, y más adelante en Zaisa, donde “hacíamos una especie de cadena de montaje, y poco a poco acababa todo dentro de los contenedores”. El espacio se aprovechaba al máximo: “¿Que había un hueco? Pues abrías una caja de zapatos, cogías los zapatos y ocupabas el hueco que había sobrado, ¡parecía increíble que entrara todo!”.
Como agradecimiento, “Agustín nos daba un pequeño almuerzo, y todos estábamos contentos y hasta la proxima vez que nos pidiera ayudar”. Esta labor forjó “amistades que han durado toda la vida, ahora ya no mandamos contenedores, pero nos encontramos por la calle y seguimos manteniendo la amistad, dura para siempre”. En la exposición se puede ver una imagen tomada tras la carga de estos contenedores.
"Una experiencia impactante"
Quien sí estuvo sobre el terreno el año pasado fue Estitxu Ortolaiz, para quien resultó una “experiencia impactante, por un lado preciosa, pero por otro muy dura”. Ortolaiz remarca que “no tienen luz, agua o comida, si comen una vez al día están contentos”. No obstante, pone en valor el trabajo de Behar Bidasoa, que les proporciona “estudios, con lo cual te da oportunidad de tener un futuro”, porque “allí no hay trabajo, no hay empresas grandes, ni hay fábricas, es que no hay nada”.
El regreso a Hondarribia tras los días en Ruanda le supuso un fuerte impacto. “Allí vimos a unas mujeres viudas agarrando como si fuera oro pan de molde, era terrible, al volver fui al supermercado y me sentía mal”. Lo mismo ocurría con el jabón, “que lo enseñaban como un tesoro”. Estos contrastes hacían que continuamente “me saltaran las lágrimas, y normalmente sonrío detrás de la cámara”.
Sin embargo, también relata anécdotas divertidas. “Para los niños y niñas, yo era una ‘muzungu’ (persona blanca), y me tocaban el brazo porque les parecía extraño, aunque allí estaba Milagros Sanz, una misionera que hace un trabajazo y a la que sí estaban habituados”. Los jóvenes no paraban de pedirles fotos, salvo “un niño que se ponía a llorar si me veía, era como que le asustaba”, cuenta Estitxu, quien resalta que la gente en Kabuga “es muy cariñosa”.
Llamamiento para colaborar con Pereira
En estos momentos, Behar Bidasoa está haciendo un llamamiento para colaborar con el barrio de Las Brisas, uno de los más humildes de la localidad colombiana de Pereira, zona afectada recientemente por un terremoto. Aunque el seísmo no dejó víctimas mortales ni “daños estructurales importantes”, sí “se ha visto afectado el suministro eléctrico, la salubridad del agua y el abastecimiento de medicinas”, relata Josema Soto.
Además, explica que “mandamos dinero para que se abastecieran, y a los 15 días no habían podido ir al banco porque las carreteras y los comercios estaban cerrados”. De hecho, se estableció un sistema de cupos para evitar la circulación de personas y facilitar las operaciones de rescate. “En el edificio de las hermanas pasionistas había algún daño en alguna entreplanta y en el tejado, pero tenía que pasar un ingeniero a hacer la verificación, y es necesario porque dan de comer todos los días a 150 personas".
Proyecto de apadrinamientos
Behar Bidasoa también tiene en marcha un proyecto de apadrinamientos en países como Nigeria, Tanzania, Colombia o Cuba, gestionados por las hermanas pasionistas, “donde acogen a niños huérfanos y les dan un hogar y educación”, explica Soto. Este programa permite “a las familias sin recursos mandar al colegio a los niños y niñas, tenemos un programa de becas importante”.
De hecho, actualmente en Kabuga “tenemos 80 estudiantes becados y solemos pedir financiar principalmente los estudios de mujeres, porque son las que en principio tienen más dificultad ya que las familias suelen dar prioridad al varón”. Este mismo sistema se está empleando en Paraguay, donde “tenemos bolsas de estudio y principalmente se está apoyando la formación superior de jóvenes universitarios”.
Son 50 años de solidaridad que no tienen final. Un camino iniciado con un recorrido infinito.