Vida y estilo

Julia Navarro: “Cancelar es la muerte civil de alguien”

La periodista y autora que reniega de la etiqueta de "novela histórica" vuelve a la literatura con 'Una familia moderna'
Julia Navarro vuelve a la literatura con 'Una familia moderna'. / Juan Fernandez

A sus 73 años, Julia Navarro, y yo también, pierde la cuenta de las veces que tiene que pedirme que no le llame de usted a lo largo de la entrevista. Argumenta que somos colegas de profesión, a pesar de que ella también escribe novelas como Una familia moderna, donde los temas universales sobre la condición humana son los principales protagonistas.

La protagonista de Una familia moderna vive con angustia su declive físico como una pérdida de identidad. ¿Envejecer es más difícil con la actual presión estética, sobre todo presente en redes?

-Envejecer siempre ha sido difícil, lo que pasa es que ahora se pone de manifiesto. Tú ahora mismo, con la edad que tienes, tienes el síndrome de la eternidad. Cuando llegas a este estadio de la vida, afrontar eso es muy complicado, porque tienes que seguir viviendo y eres consciente de que la vida limita con la muerte. Antes había una cierta resignación, pero ahora -a través de la tecnología- te engañan: “En Silicon Valley están investigando para la inmortalidad”, lo cual yo creo que es imposible, pero hay quien la persigue. No le quiero dar solamente un aspecto frívolo a la búsqueda de la juventud o de la apariencia, es algo que va más allá, mucho más íntimo.

Me riñe por llamarle de usted, porque somos colegas, periodistas...

-Soy una periodista que escribe novelas, no reniego del pasado del periodismo. Hay muchos escritores que han sido periodistas y que parece que quieren que se olvide de dónde vienen. Yo me siento orgullosa, porque el periodismo me ha dado herramientas para escribir novelas, me ha permitido conocer muchas vidas y otras realidades. No me puedo explicar a mí misma si no fuera por el ejercicio del periodismo.

Reniega de la etiqueta de “escritora de novela histórica”...

-Es que yo no escribo novela histórica, soy una escritora de novelas sobre la condición humana. Quiero hablar de esos claroscuros, de las contradicciones del ser. Contar la historia la dejo en manos de los historiadores y grandes novelistas de novela histórica. O sea, no se me ocurre, me parecería una pretenciosidad por mi parte el ponerme esa etiqueta.

Usted colabora con la asociación Entreculturas... 

-¡Qué no me llames de usted!

Perdón..., y retrata la inmigración desde el punto de vista del personaje de Lucía en la novela.

-Porque estoy muy comprometida con el tema de la inmigración, a favor, absolutamente. No se puede entender la historia de la humanidad si no es a través de las migraciones. El que se crea que sus antepasados siempre han estado en el mismo sitio está cometiendo un grave error. El hombre desde el principio de los tiempo se ha marchado de un lugar cuando no se puede seguir viviendo en él. Lo que pasa es que ahora tenemos noticia de eso al minuto y parece que es un fenómeno nuevo. Algo que me irrita profundamente es: “Es que los inmigrantes no se integran”. Me encantaría mandarles al otro extremo del mundo, en un sitio completamente diferente, y decirles: “En una hora tiene que estar usted integrado, olvídese de todo lo que ha sido su vida y de sus certezas”. Me escandaliza muchísimo que esta Unión Europea tenga discursos políticos sobre la defensa de los valores, la libertad y la democracia y, sin embargo, esté pagando a terceros países para que retengan a esas personas que intentan llegar a Europa. Y quiero decir que, si yo hubiese nacido en otras circunstancias -en un lugar donde no tuviese futuro, oportunidades, estuviera rodeada de miseria, o hubiera violencia o guerras-, yo sería una emigrante. Tengo el alma de migrante.

La escritora y periodista Julia Navarro. Juan Manuel Fernández

El libro apunta a la desorientación de los jóvenes con demasiadas libertades. ¿Qué opina de la tendencia denominada “crianza respetuosa”?

-Ya no estoy en la edad de la crianza, pero creo que tener hijos significa también -en ocasiones- hacer un papel antipático, que es el de poner límites. Con los hijos no se negocia, no se pacta. Se vive, se les enseña y se les invita a que vayan conformando su propio pensamiento, pero lógicamente hay límites. Yo sé que a los jóvenes no os gusta esto. También creo que los padres..., mira, yo no soy amiga de mi hijo, yo soy su madre. Si asumo el papel de amiga, le estoy quitando algo que es importante: que tenga una madre. Es distinto a ser su amiga.

Retrata un caluroso julio en Madrid para escenificar la irritación permanente de la que no conseguimos desprendernos. Parece que ese hartazgo está comenzando a estallar alrededor del mundo…

-Nos está pasando que en nuestra vieja y confortable Europa, que después de la Segunda Guerra Mundial se construye sobre unos cimientos que nos parecían muy sólidos -la sociedad del bienestar-, hay un momento en que esas opciones políticas tradicionales se empiezan a olvidar de los problemas reales de la gente y abren otros espacios a problemas que también están ahí. Sin duda, hay que darles respuesta, pero los problemas que había siguen siendo los mismos: llegar a fin de mes, acceder a la vivienda, que le atiendan en el sistema de salud... Pasa que se abre el abanico de problemas según avanza la sociedad. No puedes dar respuesta a unas inquietudes sociales y olvidarte de otras, más si esas otras son muy importantes. Entonces, los jóvenes hacen muy bien en decir: “Oye, se acabó”. No soy partidaria de la violencia, sin ella también se pueden conseguir cosas, pero cada uno las resuelve como cree. Hay una ola de violencia por toda Europa de jóvenes airados que ven que los mayores no resuelven los problemas que no solo tienen ellos, sino toda la sociedad en conjunto. Pero son ellos los que salen a la calle, y creo que los jóvenes tenéis derecho a hacer lo que os dé la gana. Y a hacerlo como creáis, yo a veces estaré más de acuerdo o más en desacuerdo. Cada generación tiene ese derecho.

Su libro más emotivo, Cuando ellos se van, retrata la pérdida de su fiel compañero Argos. ¿Llegará un día en el que los duelos de las mascotas se reconozcan como se merecen, al igual que los de las personas?

-Espero que poco a poco la sociedad vaya teniendo más sensibilidad hacia el mundo animal. No tenemos respeto hacia otras especies. Los perretes tienen muchísima sensibilidad, siempre han estado en mi vida. No concibo mi vida sin un compañero peludo. Ahora tengo a Barbie, que la adopté al cabo de unos meses de morir Argos. Fue una conmoción, porque todo el mundo me decía: “Le cambiarás el nombre, ¿no?”. Siempre lo digo: “Desafío a cualquier feminista a que hablemos de feminismo en serio, no de eslóganes o por el nombre Barbie”. Estoy dispuesta y todavía nadie me ha dicho: “Venga, vamos a hablar de esto”. Me encontré con una presión..., son tus prejuicios, es tu cabeza la que tendrás que ordenar, no cambiar el nombre de esta perrita para demostrar que eres más feminista que nadie. No, yo soy feminista, pero no tengo que demostrarlo de esa manera estúpida.

Convivo con un teckel de casi 16 años. No quiero ni pensarlo...

-Sufrí mucho, me quedé absolutamente devastada. Todos mis perritos habían muerto sin que yo estuviera presente. Cuando Argos, un pastor alemán maravilloso, se quedó tetrapléjico y no quería comer ni beber, estuve recorriéndome todas las clínicas veterinarias que había en Madrid. Hasta que una veterinaria me dijo: “Julia, déjale irse”. Siempre he creído que tenía cosas claras, no muchas, y que una de ellas era la eutanasia. Pero no me atrevía, no era capaz de tomar esa decisión. Me tenía que debatir entre su sufrimiento, esa mirada de “déjame marcharme” y el tomar yo la decisión de que se marchara. Y la tomé abrazada a él, dándole besos. Nadie está preparado para eso.

Hemos hablado de muchas cuestiones humanas. ¿Alguna la ve como opción para tratarla en una próxima novela?

-Hay algo que me preocupa, que también sobrevuela esta novela, y es lo políticamente correcto. Mi hijo cuando leyó el libro me dijo: “Mami, puede haber gente que te cancele”. Me quedé en shock, quizá por primera vez fui más consciente de lo que significaba eso de la cancelación. No se puede ser diferente solo en una dirección, hay muchas maneras. Cancelar es la muerte civil de alguien, es una monstruosidad. No quiero vivir en una sociedad donde la gente se autocensura y le pido a los jóvenes que sean valientes y no participen en esto. Que no hagan suyo lo políticamente correcto. Estamos llegando a la pura impostura. “Me molesta la escena de caza, pero me estoy comiendo un filete”, pues imagínese usted a mí, que no me como un animal desde hace más de 40 años. Qué hipocresía.

08/11/2026