Belén Lancha tiene 19 años y quiere ser enfermera de emergencias. Le gustaría estar allí donde cada segundo cuenta. El miércoles, sin embargo, la emergencia llegó hasta ella. Era su segundo día de prácticas en Neumología del Hospital Universitario de Toledo cuando recibió la noticia de que dos trenes habían chocado en Urda. Lo que comenzó como una jornada ordinaria terminó convirtiéndose en una experiencia para la que “no estaba preparada”.
Estudia tercero de Enfermería y había comenzado aquella semana su tercer periodo de prácticas. Entró a las 7.30 horas, como cualquier otro día. Medicaciones, toma de constantes, atención a los pacientes y preparativos para los desayunos. La rutina de la planta transcurría con normalidad hasta que alguien le comunicó que dos trenes habían colisionado. “No es que no me lo creyese, pero pensaba que sería algo de un descarrilamiento de los habituales. No me esperaba esto”. Poco después, las noticias comenzaron a ocupar las televisiones de las habitaciones. Las enfermeras recibieron información de lo sucedido y les advirtieron de que se preparasen: iban a llegar heridos al hospital.
El hospital, situado a 40 minutos de Urda, comenzó a movilizar recursos. La planta de Neumología donde Belén realizaba sus prácticas cuenta también con una pequeña unidad de cuidados intensivos respiratorios, de unas seis camas. Por sus características, podía ser necesario liberar espacio para atender a pacientes trasladados desde el lugar del accidente. “No había caos, pero sí agobio y nerviosismo. Había mucha gente moviéndose, llamadas de teléfono, médicos…”, describe. A las 9.55 horas escribió a sus padres para contarles lo que estaba ocurriendo.
Hacia las once, ella y sus compañeros bajaron a la cafetería para descansar. Entonces, la megafonía del hospital reclamó la colaboración de todos los servicios sanitarios y pidió despejar las zonas de acceso a Urgencias. Las ambulancias estaban a punto de llegar. Al salir a acompañar a un compañero para retirar un vehículo estacionado junto a las emergencias, contemplaron cómo médicos y enfermeras acudían al centro. También llegaban ambulancias, vehículos policiales y helicópteros. “Íbamos hablando entre nosotros: “¿Os imagináis que nos piden ayuda? ¿Qué haríamos? ¿Qué no haríamos?”. Pero creo que ninguno estábamos preparado para lo que realmente era”.
“ No había caos, pero sí agobio y nerviosismo. Mucha gente moviéndose, llamadas, médicos… ”
De vuelta en la planta, las enfermeras preparaban respiradores de alto flujo y equipos para trasladar a Urgencias. Belén y sus compañeros se ofrecieron a colaborar. Bajaron con los celadores el material necesario por los pasillos internos del hospital. A medida que se acercaban, el ambiente cambiaba. “Era como si fueses entrando en una cueva”, relata.
Al llegar a Urgencias se encontraron con un despliegue de profesionales sanitarios y con los primeros pacientes. Había personas de distintas edades y algunas presentaban heridas muy graves. La joven reconoce que se quedó en shock. “Si no hubiese estado allí con los auxiliares, no sé ni cómo habría reaccionado”.
Hay una imagen que todavía le cuesta ordenar. “Hubo un momento en que era como si no lo estuvieses viendo, como si no estuvieses en tu propio cuerpo. Literalmente, como si el alma se te saliese del cuerpo y lo vieses desde otra perspectiva. No me creía lo que estaba viendo”. Recuerda las camillas, los profesionales corriendo por los pasillos y las llamadas de atención para abrir paso. “Te tiemblan hasta las pestañas”, resume sobre aquella descarga de adrenalina.
Enfermeras y otros efectivos se prestaron a donar sangre allí mismo por la falta que hacía. Finalmente, después de coordinarlo con la universidad, regresaron a casa. Para Belén, no fue fácil cuando desapareció la actividad frenética y tuvo tiempo para asimilar lo ocurrido. “Al llegar a casa no podía dormir. Lo sueñas y, efectivamente, esa noche tuve pesadillas”. También lloró al hablar con su familia.
Al día siguiente, el accidente continúa en su trabajo. Los televisores encendidos en las habitaciones devuelven una y otra vez las imágenes del accidente. Y también llegan las preguntas de pacientes y familiares, que quieren saber qué vieron o qué ocurrió en Urgencias. “La gente no va a malas, pero a veces te preguntan y piensas que no puedes ni contestar porque, como lo hagas, a lo mejor te pones a llorar”.
Con 19 años, Belén reconoce que, si pudiera volver atrás, quizá no habría bajado a Urgencias. No por falta de voluntad de ayudar, sino por la dureza de unas imágenes que ahora lleva consigo. “Es que yo he estado ahí, es que yo los he visto”. A pesar de todo, las emergencias siguen siendo su vocación y esta semana ha estado allí donde precisaban de ella.