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Enric Mas se libera

El mallorquín, sensacional, hace cima en Aitana en el duelo con Onley y logra unos segundos con Roglic y Gall para fortalecer el liderato de la Vuelta, que llega a su primer día de descanso
Enric Mas celebra exultante su victoria en Aitana. / Movistar / Sprint Cycling

Un grito desde los adentros, desde el alma, desde las profundidades del ser humano, vociferó la victoria de Enric Mas en la cima de Aitana. Bramó el mallorquín, vencedor en la Vuelta ocho años después.

Decenas de contratiempos y sinsabores después, Mas pudo acariciar la gloria y estrujarla como un niño que abraza a su peluche favorito después de una pesadilla. La de Mas ha sido larga. Demasiado. Apresado por sus demonios, sus miedos y presionado por las expectativas.

En el grito del triunfo, en su puño al aire, en su sí, sí, cuando se impuso a Oscar Onley y dejó atrás a Primoz Roglic, su némesis en la Vuelta, Mas, extasiado, alcanzó el Nirvana sobre las alturas. Tocó el cielo que tanto añoraba y deseo.

Se aproximó a él en tres ediciones de la Vuelta, segundo en 2018, 2021 y 2022, pero siempre se quedó corto, plegado sobre sí mismo.

En Aitana, sin el poder absolutista de Pogacar, el mallorquín dejó colgando del retrovisor de los recuerdos esos episodios, los fantasmas del pasado. Quiere ganarse el futuro, la Vuelta.

Se acercó a esa idea tras ser el más fuerte en entre los favoritos. Afianzó en una docena de segundos su ventaja, dispone de 1:12, sobre Roglic y alejó a Felix Gall, a 1:39 de Mas. Onley, que compartió plano en meta, se queda a 2:20 en la general. Volo Mas, al fin libre.

La subida, acelerada por el Decathlon de Gall, trenzó a los mejores en un pañuelo después de que Sivakov se quedara sin aire.

El ruso nacionalizado francés quería dedicar la victoria a Pogacar, su líder caído en desgracia. Buscaba un gesto solidario. De cariño, pero se quedó sin porvenir en una montaña eterna, descorazonadora.

Aitana, un puerto eterno, de 21,8 kilómetros al 5,9%, descontó la fuga. El puerto, de desgaste continuado, sin grandes escalones no perdonó.

Sus laderas, talladas de terrazas, almidonadas, altivas, recordaban el calvario de una ascensión muy constante en general, pero con tramos que maridan repechos y descansos hasta que la montaña pierde vegetación, paz y el viento ulula contra la pared.

El Decathlon esprintaba con furia y energía. Con descaro y ambición. Enfilaron el grupo de los notables. La apuesta era firme.

Mas necesitaba refrigerarse, bajar la temperatura, con el motor calentado, el maillot cada vez más abierto. Corría a pecho descubierto. Los sherpas de Gall decapaban el grupo, cuentas de un rosario. A Sepp Kuss le dejaron sin horizonte.

Gall danzó sobre los pedales. Comenzó el baile. Todos al salón. Widar, joven, enjuto, se ató a él. Mas, Roglic, Onley y Carapaz reaccionaron. Unidos en las distancias cortas. Aitana, tan largo, era un asunto mental, de resistencia.

Nadie en ese escenario como Carapaz. El ecuatoriano echaba humo. Corazón de guerra. En ese ecosistema opresivo, con las termitas del cansancio comiendo las piernas, Mas mantuvo la calma. Pasó revista en un par de ocasiones hasta que se encendió con convicción.

Onley se soldó al mallorquín, pero se sostenía en precario equilibrio. Roglic, sin el reprís de antaño, les buscaba con prismáticos. Se acercó y les tocó el hombro.

Mas no se alteró, en cuanto notó la presencia del esloveno, se agitó. Eso quebró a Roglic, que corrió para contener pérdidas mientras Mas buscaba ganancias. Como un pajarillo que al fin abandona la jaula y canta su libertad.

"Mi mejor estado de forma"

“Ahora entiendo a Tadej (Pogacar), el maillot te da alas”, bromeó el mallorquín, que gestionó la presión del liderato de fábula en un ascensión en la que se manejó desde la veteranía. Acertó en cada decisión.

Reconoció Mas que se encuentra en su mejor estado de forma. Con él obtuvo un gran botín en una carrera que se mide en las distancias cortas.

“Me he sentido muy bien al final. Los directores me han dicho cómo estaban los otros y he podido ganar. De verdad, soy muy cauto, me he llevado muchos palos en mi carrera. Tengo que ir día a día, pero poder ganar con el maillot de líder es una sensación muy especial”, dijo, inmensamente feliz Mas, que alcanza el día de descanso desde lo más alto.

La Vuelta arrastraba un sentimiento de orfandad, abatimiento y pesadumbre después del abandono de Tadej Pogacar, que lo fue todo para la carrera, que se quedó en nada, con la pena, la tristeza y la nostalgia garabateándole el pensamiento.

El día después aún se percibía la sensación de incredulidad, aturdimiento y confusión en las corrientes internas de la carrera, obligada a reinventarse a establecer otra jerarquía, distintas reglas. La vida sigue. No espera a nadie. El resto son recuerdos.

Acabado el reinado del esloveno, sin cumbres que anexionarse, sin imperio que ampliar, se reiniciaba la Vuelta. Renacimiento.

Desfigurado el orden establecido por el dinástico Pogacar, Enric Mas pasó a ser líder, aunque acechado por un grupo de ciclistas, Roglic, Gall, Kuss, Carapaz y Onley que representaban una amenaza real.

Sin el rey, los príncipes pretendientes observaron una oportunidad para poder reinar a modo de los quienes deseaban el trono de Ulíses en el tiempo que Penélope tejía un sudario interminable para no comprometerse con ninguno en Ítaca.

La Vuelta se iguala

Mientras el esloveno gobernó la carrera, dictatorial, puño de hierro en sonrisa de seda, el resto cohabitaba en un plano secundario, más cerca del atrezzo y de la decoración porque Pogacar lo fagocitaba todo. Inmisericorde.

Los que no eran candidatos, lo son y firmes, porque la carrera ha girado su eje gravitatorio del tal manera que los mejores deben reinventarse y reinterpretar una Vuelta que les era ajena por el principio Pogacar, ese que establece que él gana y el resto, a un mundo, se conforma con otros logros, en distintas latitudes.

Estrenó el mallorquín el liderato en la áspera, caluroso y desasosegante ruta hacia Aitana. Una larga marcha entre montañas en un jornada árida, crepitante el asfalto, los cuerpos, incandescentes, agobiados cobijándose con hielo en la nuca. Se acumularon las subidas a Puerto de Tárbena, Miraset, Tollos, Puerto de Tudons, Puerto de Benufallim bajo el sol despiadado.

Prístino el cielo, azul que te quiero azul, el termómetro superó los treinta grados en territorio valenciano. En ese escenario de readaptación, de tierras de las oportunidades, se conformó una fuga con 23 dorsales, donde respira Urko Berrade, que dejó en solitario a Romele, al que se unieron Sivakov y Camprubí en el ascenso a Tudons..

En el fondo, en otro plano, el del pelotón, el Movistar configuró un ritmo que no pudo someter a la fuga hasta la irrupción de Decathlon.

En realidad, el plantel de la muchachada de Mas estaba creado para cazar etapas, para adentrarse a la aventura no para componer un muro de defensa del liderato.

Cuando supieron que Pogacar acamparía en la Vuelta, determinaron que aspirar al triunfo era una quimera. Volteada la carrera, panza arriba sin el esloveno, comenzó el Juego de Tronos después de tantos días cainitas sobreviviendo con las migajas en los juegos del hambre.

En Aitana se cruzaron las miradas, de desconfianza, entre los notables, emparejados al máximo en una montaña despellejada, calva en su cresta. Mas, tantas veces contenido, conservador, se descapotó vestido de líder. Al rojo vivo. Mas se libera.

30/08/2026