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Un clic de asombro. Un crack de dolor. Un futuro desconocido. Hasta que una piedra en el camino no derribó al mito Tadej Pogacar, convertido el dios pagano en ser humano doliente, vulnerable y frágil, el esloveno pertenecía a ese no lugar que se entiende por certeza. Incluso a un axioma. Indiscutible como que el sol sale por el oeste y se pone por el oeste.
En una era convulsa, repleta de incertidumbre, enajenado el mundo entre gobernantes disparatados, inestables como un cargamento de nitroglicerina, gente capaz de expresar a voces que la tierra es plana, Pogacar era el epítome de la costumbre, de la rutina, de lo permanente y perenne. Lo sólido en una sociedad líquida.
Tadej Pogacar era el líder indiscutible de la Vuelta hasta su caída.
El esloveno, de alguna manera, daba sentido al mundo. En tiempos inestables, en días extraños, era la confirmación de que todo tenía orden. Todo eso, lo conocido, el universo que sostenía, se quebró en un chasquido de mala suerte. La vida, cabe subrayarlo, se maneja a sí misma. Azarosa, caprichosa, todo es susceptible de cambio hasta lo que se promueve como eterno.
No hay un para siempre, aunque Pogacar invocó ese pensamiento. Su caída en la Vuelta, su fractura de clavícula izquierda, su rotura estable de la vértebra cervical c-7 y su conmoción cerebral, no solo barnizaron al héroe con el aspecto de lo humano, sino que lo que parecía imposible ocurrió. Recordó que nadie es ajeno al sufrimiento.
La edad de la inocencia quedó colgada con el dolor de Pogacar en el suelo. Su sangre, la ceja partida, su intento de ponerse en pie, a modo de un Cid, convocó una catarsis colectiva porque nadie creía que el esloveno, convertido en religión, podría caer. No era un dios, aunque lo pareciera.
Inasible, con la coraza brillante de los campeones que parecen infinitos, nada hacía presagiar que Pogacar, el pizpireto y sonriente, el de los ataques termonucleares, el de las victorias asombrosas, el de los récords inimaginables sin que se le mudara el gestos, el rictus siempre alegre, pudiera convertirse en un simple mortal.
Mensaje desde el hospital
En la cama del hospital donde espera la operación de clavícula, toda vez que la fractura de la vértebra es estable y debe soldarse sola, el paciente Pogacar, víctima de una caída, de los designios de la carretera, posó con un collarín, un apósito en la ceja derecha, abierta por el impacto contra el suelo, pero con la mano mostrando cuernos, el símbolo de los rockeros, y con Stayin Alive (Sobreviviendo) de los Bee Gees como banda sonora. Era el mensaje del campeón, el anuncio de su retorno, del que no se conoce fecha ni lugar. Demasiado pronto para establecer cualquier cálculo.
Tadej Pogacar ha mostrado su estado desde su cuenta oficial de Instagram.
En la hoja de ruta de Pogacar, en su biografía del ciclista que lucha contra la historia y el memorándum de Eddy Merckx, tenía a un palmo coronarse en la Vuelta, carrera que era suya hasta que el infortunio le zarandeó y le arrastró por los suelos, conquistar su tercer Mundial, coser el Europeo, que se disputa en Eslovenia, y tejer su sexto Il Lombardia consecutivo. Todas esas competiciones en las que Pogacar quería sellar el pasaporte de un campaña fabulosa, nunca antes vista, quedan por definir.
Los plazos de recuperación de las fracturas provocadas por la fea caída camino de Xeraco determinarán si Pogacar puede intentar buscar esos retos, todos ellos un desafío mayúsculo en plenas facultades, o si tiene que dar por finalizada una campaña extraordinaria donde ha alcanzado entrar en el panteón de los reyes inolvidables del Tour con su quinta corona.
Pogacar, dentro de la ambulancia.