No hace tanto tiempo, en la Itzulia que coronó a Joao Almeida, Enric Mas completó con el portugués su camino hacia Eibar. En ese tránsito, el mallorquín trató de negociar la victoria de etapa con Almeida, con la carrera vasca asegurada. Almeida batió a Mas en la calle Toribio Etxebarria.
Esa escena, la del mallorquín buscando una grieta de compasión en Almeida, estableció de alguna manera el relato alrededor de Enric Mas. Varias veces cerca de los mejores, pero finalmente, eclipsado, opacado, lejos de la victoria.
Las tres Vueltas en las que fue segundo, superado por Simon Yates (2018), Primoz Roglic (2021), al que el Tour no amaba pero al que encandilaba a la Vuelta, idílica su relación, y Remco Evenepoel (2022) amasó la derrota perpetúa en el rostro de Enric Mas, un ciclista muy bueno, pero no lo suficiente para someter a los mejores. Esa era su condena.
Ese perfil creó, en el ciclismo dicotómico que solo venera al campeón y desvirtúa los logros de los demás, a un ciclista con deje de derrota, con rostro de resignación y falta de confianza a medida que encajaba golpes adversos.
Entrada de Mas y el Movistar en Granada.
Anunciado en su día como el heredero de Alberto Contador, la expectativa, desmedida, contribuyó al desgaste de la figura de Mas a medida que acumulaba un palmarés exiguo, al que no contribuía su estilo contenido y reservado de correr. Más reactivo que propositivo.
La regularidad en la Vuelta –que el próximo curso comenzará en Santiago de Compostela y recorrerá Galicia las primeras cuatro etapas– siempre contrastó con su escaso impacto y vuelo en el Tour. Reconoció el balear un bloqueo mental en la carrera francesa que sirvió para reflejar la tremenda exigencia ante un ciclista notable, que, sin embargo, coincidió en una era de ciclistas atómicos.
Solvente Enric Mas
Solo es necesario recorrer la vitrina de Roglic, Evenepoel o Pogacar, entre otros, para fijar el rango de lo complicado que es vencer en un contexto fagocitado por las grandes luminarias. Con el tiempo, Mas se convirtió en una cuestión de fe. Pocos creían en él, probablemente su círculo más cercano, sobre una gran actuación en la Vuelta.
Después de un Giro de tonos grises, comprobado que el Tour era un asunto mayor para el mallorquín, la lógica señalaba en la dirección contraria a lo sucedido. Su desempeño en la Vuelta era una incógnita consolidada por la certeza de las dudas de anteriores campañas.
La vida y sus requiebros, el azar y sus caprichos, le reservaban un destino inopinado y feliz en Granada, donde celebró la victoria final junto a su familia. Campeón de la Vuelta. Recoge el testigo de Contador, el último ciclista español en lograr el laurel. Lo hizo en 2014.
Johannessen se impuso a Romele en Granada.
Además, el factor Pogacar, una categoría en sí mismo, fijaban un guion escrito en piedra, tallado para esculpir otra gesta del esloveno mágico. Todos esperaban a Pogacar en Granada, en el trono, y el misterio consistía en fijar las identidades de sus acompañantes en la foto final, en la orla de la gloria.
La caída de Pogacar
Una piedra en el camino quebró al esloveno, que tuvo que abandonar la carrera con la clavícula izquierda fracturada y una vértebra rota, y lo que tenía que ser, lo predestinado, varió el curso de la historia para siempre. Hasta ese día, Pogacar había conquistado tres etapas y una marcha militar que acumulaba minutos de ventaja sonaba a su paso.
Mas y el resto de competidores asistían a las exhibiciones del esloveno elevando los hombros de la resignación. La mímica que acompaña al “es lo que hay”. En ese escenario y antes del abandono de Pogacar, el mallorquín dejó huella en el sterrato, la pista de tierra que daba a la cima de El Bartolo. Sucedió lo inesperado.
El esloveno dejó a todos atrás hasta que justo en la bisagra del puerto, Mas, remontando, le tocó el hombro y le sobrepasó. En meta, al esprint, Pogacar le sometió con facilidad, pero Mas demostró que era el más fuerte entre los mortales. Fue el inicio de una Vuelta en la que “me lo he pasado pipa”. El mallorquín fue un rebelde con causa. La suya.
"El día clave, el más especial fue el triunfo en Aitana, donde conseguí la victoria. Debuté en la Vuelta en 2017 y siempre he soñado y trabajado para esto", dijo, feliz, el campeón.
Vuelta 2026
Vigesimoprimera y última etapa
1. Tobias Johannessen (Uno-X) 2h54:08
2. Alessandro Romele (Astana) m.t.
3. Ramses Debruyne (Alpecin) m.t.
4. Matthew Brennan (Visma) m.t.
6. Pello Bilbao (Bahrain) m.t.
87. Iñigo Elosegui (Kern Pharma) a 1:49
95. Urko Berrade (Kern Pharma) m.t.
100. Mikel Landa (Soudal) m.t.
118. Ibon Ruiz (Kern Pharma) m.t.
121. Xabier Mikel Azparren (Q 36.5) m.t.
General final
1. Enric Mas (Movistar) 73h52:22
2. Primoz Roglic (Red Bull) a 2:15
3. Felix Gall (Decathlon) a 2:44
4. Richard Carapaz (Education First) a 6:54
5. Sepp Kuss (Visma) a 8:45
6. Oscar Onley (Ineos) a 9:28
19. Urko Berrade (Kern Pharma) a 1h01:09
30. Mikel Landa (Soudal) a 1h36:39
33. Pello Bilbao (Bahrain) a 1h54:02
68. Ibon Ruiz (Kern Pharma) a 2h54:03
101. Xabier Mikel Azparren (Q 36.5) a 3h48:45
115. Iñigo Elosegui (Kern Pharma) a 4h11:57
Regularidad
1. Wout van Aert (Visma)
Montaña
1. Santiago Buitrago (Bahrain)
Mejor Joven
1. Oscar Onley (Ineos)
Equipos
1. Decathlon
Victoria en Aitana
La retirada del esloveno abrió una Vuelta que era hermética hasta entonces y liberó al mejor Mas, despreocupado, sin presión, feliz sobre la bicicleta. Replegado sobre sí mismo, tantas veces desconfiado por el ruido que se generaba a su alrededor, muchas veces menospreciado, el balear gritó una victoria curativa y sanadora en Aitana.
Su grito de celebración partió desde su alma, al fin en paz. Era la victoria de los vencidos El regreso desde el sótano del olvido. Numerosas veces vapuleado, tratado con crueldad y cuando no con cierta condescendencia, Mas reivindicó su nombre.
Desencadenado, aferrado al deleite, sin la necesidad de demostrar nada a nadie, creció la mejor versión de Mas. Ese estado de ánimo, sin la obligación de responder a las expectativas, de llevar el peso del favoritismo, le hizo competir con pausa, serenidad, control y jerarquía. Piel de campeón.
Cada montaña abrazó un poco más a Enric Mas, que nunca estuvo en el alambre. Después de tantos años en precario equilibrio, devorado por el personaje, caminó por un puente sólido en cada actuación desde que recogió el maillot rojo que desgarró el esloveno, arrastrado por una caída.
Control y dominio
Desde ese instante, apoyado en un Movistar solidario, bien dirigido, con sentido táctico, disfrutó cada jornada en el liderato. Ni Roglic, en su ocaso, ni Gall, fuerte, pero tácticamente discutible el manejo de su equipo, el Decathlon, pudieron laminar a Enric Mas. Carapaz trató de desestabilizar el tablero de juego, pero jamás inquietó el reinado del mallorquín.
Superior en los episodios de montaña, Enric Mas, que fue acumulando ventaja en racimos de segundos, encantado con el calor que sofocaba la carrera, se adentró en la semana definitiva con la amenaza de la crono, donde penalizaba. Al menos, en el pasado que le señaló en la Vuelta ante Roglic.
El esloveno estaba obligado a remontar, pero el mallorquín, con la confianza reforzada a cada pedalada, demostró que el tiempo también estaba a su favor. Contuvo a Roglic y alejó aún más a Felix Gall. Apenas le restaban dos capítulos en las montañas andaluzas para subrayar su dominio.
En el Collado del Alguacil, en el día de la resurrección de Mikel Landa, desde la alturas de Granada observó el cielo de La Alhambra. Allí, en los más alto, se instaló para siempre. Un marco inmejorable para reinar. Al fin rey. Mas reivindica su Vuelta.