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El descubrimiento del Nuevo Mundo comenzó, de alguna manera, en un convento franciscano, en el Monasterio de La Rábida, en Huelva, en Palos de la Frontera, desembocadura de la tercera semana de la Vuelta. Cristóbal Colón se hospedó años antes de su aventura en ese lugar imaginando su magno proyecto.
Encontró allí el apoyo necesario para iniciar la travesía en la que dio con América, aunque buscó otros mares, en 1492.
El monasterio custodia la imagen de Santa María de la Rábida o Nuestra Señora de los Milagros, ante la que el navegante genovés rezó por la buena mar.
Se desconoce si Matthew Brennan decidió orar para encontrar la victoria en La Rábida, pero llegó a buen puerto por cuarta vez en lo que va de Vuelta. Nadie ha ganado tanto como él. Es el mejor rematador, el más rápido, el más eficaz, el más eficiente.
Brennan recordó su supremacía mostrando cuatro dedos en otro esprint cómodo para él. Una huella dactilar por cada final conquistado. Manosque, Roquetes, Loja y La Rábida pertenecen a su navegación en la Vuelta. Postales victoriosas.
Hinchadas las velas por la confianza y el empuje formidable del huracán Van Aert, que le condujo bajo su cobijo, arrullado en su carenado, el inglés descerrajó otro tesoro para su palmarés. Nadie le pudo sombrear.
Protegido por el cordón sanitario del belga, que le llevó a hombros hasta la victoria, ni Coquard, entusiasta, ni Braet ni Meeus lograron conectar con él.
Siempre vieron por delante dorsal del joven inglés. Su horizonte era el de la derrota ante Brennan, sensacional su esprint, imparable. La Vuelta es un un banquete para Brennan de festín en festín. Voraz. Hambriento.
El Visma restableció el orden académico, la ortodoxia y el armazón que precede a los debates donde chocan los rayos. Relámpagos a pedales. Pastoreó la caza de la fuga pensando en la velocidad de guepardo de Brennan, el más felino de los velocistas de la carrera.
El Cofidis animaba a Coquard y el Red Bull a Meeus. Todo ellos invitados al punto de encuentro de los depredadores de la velocidad. El ventilador de la adrenalina y el frenesí giraba con devoción.
Van Aert, aplomado, figura indiscutible, mostró su jerarquía y ascendente trazando por el inglés, que se hizo bola en el perfil de su cuidador hasta que el belga, sexto, decidió soltarle para que contará otro triunfo con los dedos de la mano su exitosa singladura por la Vuelta.
De aquel hito que determinó el cambio de rumbo de la Historia, en la Rábida queda la memoria recuperada del Muelle de las Carabelas, donde descansan orgullosas las réplicas de la Niña, la Pinta y la Santa María, las naves que emprendieron el viaje a ninguna parte.
El sextante y la brújula del día, de nuevo al sol, fijó un rumbo nítido en la Vuelta después de que la piernas estuvieran en barbecho en el segundo día de descanso. La carrera estableció el timón para el esprint.
Imposible perderse en la Vuelta del sur, donde los cuerpos continúan sufriendo los latigazos del calor, que no cesa. El reloj solar impide desviarse. Crepitantes los organismos, otra vez el termómetro cerca de los 40 grados.
Fuga sin esperanza
Rodaban los dorsales sobre las ascuas de una parrilla. Ardiente el asfalto en la ruta fatigosa, apelmazada por los días de competición, por los kilómetros que se solapan en un hojaldre seco indigerible. Agua para pasarlo por el gaznate.
Hielo para enfriar el cuerpo y poder soportar la tortura del calor, tenaza incandescente en un verano que no se agota, que se niega a capitular. Bajo esos parámetros, la fuga con Vermaerke, Madouas, Dalby, Sütterlin y Thalmann era una distracción para el pelotón, dispuesto a encarar otro esprint.
Los huidos estaban unido por el dedal del carrete que maneja a su antojo, soltando o recortando, la mano rítmica del pelotón, que gestionaba la distancia, el tiempo, la velocidad y demás parámetros como si se tratara de un sencillo ejercicio de física.
No era preciso un ordenador cuántico para establecer el final de la escapada, apenas un señuelo. Dedicaron los kilómetros a jugar con el destino, fijado, de la fuga. Enric Mas observaba la escena desde la serenidad.
Se trataba de no contar problemas y desgracias. Como la de Ivo Oliveira, caído un el estrechamiento de la calzada en el callejero de Palos de la Frontera. Un aficionado, pitillo en la boca, ayudó a reponerse al portugués, golpeada la cadera.
Después del incidente, capturados los huidos, el Red Bull hostigó la marcha. Creció el nerviosismo. Enric Mas acudió de inmediato al foco de tensión. Los despistes penalizan demasiado cuando la carrera se sacude a espasmos de aceleración.
Hubo un corte que sanó poco después, una vez finalizada la convulsión por el calambre que provocó la agitación de la muchachada de Roglic.
No fue un oleaje suficiente para que nadie naufragara. Se arremolinaron los velocistas para la convocatoria al esprint. El Nuevo Mundo era el de siempre. Pertenecía al inglés. Cuatro dedos anunciaron el póquer de Brennan.