¿Alguna vez has imaginado cómo sería trabajar como espía? El cine y la literatura llevan décadas alimentando esa fantasía con personajes como James Bond, Jason Bourne o Jack Reacher, convertidos en iconos de una profesión rodeada de misterio, acción y operaciones secretas. Sin embargo, la realidad del espionaje tiene poco que ver con los coches de lujo, las persecuciones y los gadgets sofisticados que aparecen en la ficción.
Jorge Dezcallar, exdirector del Centro Nacional de Inteligencia (CNI), conoce esa realidad de primera mano y ha puesto el foco en su lado más desconocido: la soledad, el riesgo y la presión permanente.
El diplomático ha hablado con Ricardo Moya en el podcast El Sentido de la Birra con motivo de la publicación de su nuevo libro, Pez Negro, una obra en la que aborda diferentes aspectos relacionados con el mundo del espionaje y las experiencias acumuladas durante su trayectoria profesional.
El exdirector del CNI Jorge Dezcallar se ha sentado con Ricardo Moya en su podcast, El Sentido de la Birra, para hablar del espionaje con conocimiento de primera mano.
Dezcallar, que también fue director general de África y Oriente Medio, sostiene que la realidad de los servicios de inteligencia puede llegar a ser mucho más compleja que cualquier historia de ficción. "La realidad supera la ficción", resume.
La vida de un espía no se parece a James Bond
Uno de los grandes mitos que rodean al espionaje es precisamente el de James Bond, una figura que Dezcallar considera muy alejada del trabajo real de los servicios de inteligencia.
"A la ficción se le va mucho la olla cuando habla de centros de inteligencia y de espías, sobre todo si ves a James Bond", explica. Y añade con humor: "Yo nunca he tenido un Aston Martin ni estas señoras tan estupendas". El exdirector del CNI reconoce, eso sí, que existen producciones audiovisuales que se acercan más a la realidad. Entre ellas menciona la francesa Le Bureau des Légendes, una serie centrada en las operaciones de inteligencia y los conflictos internacionales.
Roger Moore dio vida a James Bond, el espía más famoso de la historia del cine.
"Creo que recoge bien lo que pasa", señala. También destaca Homeland: "Homeland es buena, es más imaginativa, pero está bien".
La diferencia fundamental, según Dezcallar, está en que la ficción suele convertir el espionaje en una sucesión de éxitos, mientras que la realidad está marcada por la incertidumbre y las consecuencias de los errores.
El fracaso de una operación puede tener consecuencias graves
El trabajo de inteligencia tiene además una particularidad: gran parte de sus éxitos nunca llegan a conocerse públicamente. Una operación que permite evitar un atentado, anticiparse a una amenaza o conseguir información relevante puede permanecer en secreto durante años.
Dezcallar recurre a una comparación para explicar la diferencia entre la imagen exterior del espionaje y lo que ocurre cuando una operación sale mal: "Es como cuando estás patinando sobre hielo, que parece muy elegante y muy bonito, pero si te caes te pegas una enculada delante de todo el mundo y lo ve", afirma.
“El mundo del espionaje es un mundo muy duro. Hay que obtener información y que sea buena”, explica.
Y las consecuencias pueden ser especialmente graves cuando se produce un fallo de inteligencia. "Es muy espectacular si fallas. Es terrible, porque se produce un atentado terrorista y puede morir mucha gente. Nadie sabe lo que has evitado, porque esos no los cuentas", explica.
Esa dificultad para mostrar los resultados forma parte de la propia naturaleza del trabajo de los servicios de inteligencia. Los éxitos suelen permanecer ocultos, mientras que los errores pueden hacerse visibles cuando tienen consecuencias externas.
"Es un mundo muy solitario"
Uno de los aspectos en los que más incide Dezcallar es en la soledad que acompaña a determinadas funciones dentro del espionaje. El secretismo no se limita al entorno laboral, sino que puede afectar incluso a las relaciones personales y familiares.
"El mundo del espionaje es un mundo muy duro. Hay que obtener información y que sea buena", señala.
El diplomático explica que un agente puede encontrarse en situaciones en las que no puede compartir con sus personas más cercanas qué hace realmente o dónde trabaja.
"Es un lugar de mucha soledad, porque tú asumes que tu país no te va a defender si eres descubierto. No puedes hablar de eso con tu mujer. No puedes contar lo que haces, no puedes decir dónde trabajas. Es muy solitario, incluso en la propia familia", asegura.
La confidencialidad es una de las características esenciales de los servicios de inteligencia. La protección de las fuentes, de las operaciones y de la información obtenida obliga a mantener un elevado nivel de discreción incluso cuando la actividad profesional puede afectar directamente a la vida cotidiana.
¿Quién puede convertirse en espía?
A pesar de las dificultades, los servicios de inteligencia continúan despertando interés entre personas que aspiran a trabajar en este ámbito. Sin embargo, acceder al CNI exige superar procesos de selección y preparación específicos, ya que la organización necesita perfiles profesionales muy diversos.
No existe un único tipo de trabajador dentro de un servicio de inteligencia. Además de especialistas en información y análisis, pueden resultar necesarios perfiles relacionados con idiomas, tecnología, ciberseguridad, comunicaciones, economía, relaciones internacionales o diferentes ámbitos técnicos.
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Dezcallar explica que algunos perfiles llegan por iniciativa propia, mientras que en otros casos son los propios servicios los que tienen que localizar a personas con determinadas capacidades.
"A veces estos perfiles te llegan, otras hay que salir a buscarlos. Hay gente que viene por pura vocación, pero otras se va buscando a quien pudiera ayudar", cuenta.
Entre los perfiles que pueden resultar especialmente interesantes se encuentran los relacionados con las nuevas tecnologías. "En ocasiones buscas hackers, gente de 16 o 17 años que te pueden ayudar en un momento determinado", explica.
Un trabajo sin horarios
La imagen del espía que aparece en una película suele estar vinculada a grandes operaciones internacionales, persecuciones y encuentros clandestinos. Sin embargo, una de las principales exigencias de este tipo de trabajo es precisamente la disponibilidad permanente.
Dezcallar recuerda que durante su trayectoria profesional tuvo que interrumpir incluso actividades personales cuando surgía una situación que requería su atención.
"No tienes fines de semana, no tienes vacaciones. A mí me sacaron una vez del cine porque había pasado algo. O estás jugando al golf, o en la playa", recuerda.
También habla de las largas noches pendientes de una operación internacional: "Cuántas noches estás hasta las cuatro de la mañana esperando a tener noticias de una operación en el extranjero".