Actualizado hace 9 minutos
El silencio que ha acompañado a las centenarias paredes del convento de Santa Clara de Azkoitia desde que la última monja lo abandonó en 2017 se ha roto estas últimas semanas de la mano del equipo de restauración que repara los daños del paso del tiempo en el retablo mayor de su iglesia.
Huellas del tiempo y los xilófagos
La restauradora Carmen Martín, del Taller CM, y su joven auxiliar Aiora Elkoro, cuidan con mimo una obra clave en la evolución del barroco guipuzcoano hacia el rococó, ahora apenas visible tras el intrincado andamiaje de postes, travesaños y plataformas de metal por los que Carmen y Aiora llegan a los puntos que necesitan de su intervención.
“Aparentemente no presenta daños relevantes, pero la realidad es distinta. El ataque de insectos xilófagos ha afectado sobre todo a la zona de la predela y a otros puntos del retablo, convirtiendo el soporte de madera en serrín y debilitando las zonas afectadas”, indicó Carmen en un alto de su trabajo.
Errores de restauración
También les tocará subsanar las consecuencias de acciones de mantenimiento en las que la buena voluntad ha sustituido al acierto.
“En muchas ocasiones esas intervenciones son realizadas por personas sin formación o aplicando criterios de restauración en desuso que alteran la visión general de la obra. Vamos a frenar el deterioro y devolverle la estabilidad y una lectura visual correcta, respetando el paso del tiempo”.
Esa labor se prolongará hasta mediados de julio y se traducirá en la limpieza de suciedad superficial, la eliminación de elementos y materiales ajenos a la obra, la consolidación de las partes de soporte debilitadas y la reconstrucción tanto volumétrica como del dorado y la policromía en zonas dañadas.
Cultura y tradición
La restauración del retablo es el punto de partida de un proyecto más ambicioso detrás del cual está la Fundación Valle de Iraurgi.
Bajo esta denominación se halla un grupo de personas vinculadas a Azkoitia y al valle de Iraurgi por su relación con la casa-torre Balda, y su linaje.
Se trata de descendientes de aquellos primeros Balda que formaron parte del bando gamboíno en las guerras banderizas, y que ahora se han agrupado en torno a una fundación que toma el nombre del valle que hollaron sus antepasados para poner en valor la cultura y las tradiciones de la zona.
Un gran andamio cubre el retablo mayor de la iglesia en la actualidad.
Alternativa a la casa-torre Balda
La Fundación Valle de Iraurgi nació con la idea de vincular el proyecto a la casa-torre Balda, una fortaleza construida en el siglo XIII y que hoy sigue dominando desde su privilegiada atalaya el casco urbano de Azkoitia.
Por desgracia, como señala Ernesto Balda, miembro de la fundación, la operación no fue posible y hubo que buscar una alternativa, lo que les llevó a posar su mirada en el convento de Santa Clara.
Desde comienzos del siglo XVII
Los orígenes del convento se remontan a comienzos del siglo XVII, cuando las primeras monjas llegaron al convento de Santa Clara, el 27 de septiembre de 1607.
Durante más de 400 años, sus paredes fueron ocupadas por sucesivas generaciones de religiosas vinculadas al precepto de la clausura, que limitaba su contacto con el exterior para dedicarse a la oración y al trabajo intramuros.
Esta situación se mantuvo durante más de 400 años, hasta que se produjo la marcha de sor Piedad Iruarrizaga, la última monja que vivía en el convento de Santa Clara, el 2 de diciembre de 2017.
Carmen Martín, trabajando en uno de los querubines que adornan el retablo.
Gestiones ante la Santa Sede
La compra del inmueble se produjo a finales de 2025, pero para ello tuvieron que llevar a cabo diversas gestiones con la administración eclesiástica.
olicitaron permisos a Roma y a la diócesis, en un proceso complejo destinado a garantizar la seguridad jurídica de la operación y evitar situaciones problemáticas como la de las monjas de Belorado.
Superados esos trámites, la fundación se ha marcado como meta restaurar el convento completamente y devolverlo, en la medida de lo posible, a su estado original de los siglos XVI y XVII.
“Pretendemos eliminar aquellos añadidos realizados a lo largo de los siglos que han alterado la armonía arquitectónica del conjunto, recuperando el contexto histórico original del edificio y rehabilitando también sus jardines”.
Un centro cultural y marco de eventos
Esta labor se acompañará del impulso de un programa encaminado a convertir el convento en un centro cultural con una doble función: albergar las actividades de la fundación y acoger eventos que ayuden a su sostenibilidad.
“Para garantizar su mantenimiento será necesario organizar eventos y actividades que generen recursos económicos. El coste de la restauración y el mantenimiento de las instalaciones será muy elevado y habrá que dotarse de medios para afrontarlos”, subrayó Balda.
A todo lo anterior se suma otra derivada: el papel de dinamizador social y económico de la comarca que pretende tener el convento de Santa Clara una vez que pueda acoger los primeros eventos, un objetivo en el que la Fundación Valle de Iraurgi ha depositado muchas ilusiones. l