Polideportivo

El akelarre de Pogacar

El esloveno, en otra demostración alucinante, toma Le Lioran y se acerca aún más a París tras someter al resto en el Macizo Central con más de medio minuto de ventaja
Pogacar celebra con rabia la victoria en Le Lioran, la tercera en el presente Tour. / Efe

Cada 14 de julio, Fiesta Nacional Francesa, se toma la Bastilla al asalto desde 1789. A cada francés ese recuerdo le enardece y ondea su patriotismo.

Se golpea el pecho y le brotan a borbotones las sílabas de La Marsellesa, ese himno orgulloso y bélico que es un personaje en la inolvidable Casablanca.

En el corazón del ferviente julio, al calor humeante de la canícula que dispara balas de fuego que queman los organismos, late la revolución que dejó a Francia sin reyes.

Guillotinó la monarquía y desde aquello, la República francesa solo admite reyes y emperadores en el Tour. Napoleón fue una anomalía, autocoronado emperador.

En la Grande Boucle la corona pertenece a Tadej Pogacar, el único rey respetado, admirado y a la vez temido. Un tirano.

Un Napoleón que cabalga extendiendo su imperio, sometiendo enemigos entre chasquidos de genialidad y asombro. Implacable siempre. Decapitó al resto.

La celebración de la fiesta es la exaltación de una guerra en la carrera francesa, que después del día de descanso se santigua y reza, arrodillada, ante la presencia del Macizo Central y su calor atosigante, sádico.

Como Pogacar, el ciclista infinito. Otra vez brillando. Festejó su tercer laurel en lo que va de Tour. Otra postal victoriosa. Otra pose para su palmarés.

Les Angles, Gavarnie y Le Lioran le pertenecen. El sol esloveno es un sombra alargada que oscurece el Tour, la incertidumbre y la emoción arrinconadas. Sin espacio.

Un eclipse para el resto, perdidos en los confines de la impotencia ante el sometimiento atroz del esloveno, que venció en Le Lioran con más de medio minuto de renta sobre el grupo que encabezó Evenepoel.

Con él, Seixas, Lipowitz, Ayuso, Skjlemose y Vingegaard, que entregó diez segundos más. Todos pedaleando en la misma cuerda, en precario equilibro. Del Toro concedió 1:31.

Tras la enésima demostración, en la que Pogacar, rabioso y exultante, se hizo con su 24º victoria de etapa en el Tour, Vingegaard está a 3:36. Evenepoel, a 4:02, Ayuso, a 4:22, Seixas a 4:35 y Lipowitz, a 4:44. Del Toro, más terrenal, pierde más de cinco minutos.

Vingegaard, en su llegada a meta. Efe

Dominio absoluto

La carrera es un zombi. Sin vida para la emoción y la incertidumbre. Para Pogacar es un asunto contable. Frente a él, muertos vivientes que se descomponen ante la luz cegadora del esloveno que vampiriza récords. Se alimenta de la sangre de la gloria. Vive en ella.

Anilló su tercera victoria un 14 de julio. Lo hizo en 2021, en 2024 y 2026. Pogacar es la Fiesta Nacional francesa. De pasó se vengó de su derrota en Le Lioran ante Vingegaard hace dos campañas. La memoria aceleró aún más a Pogacar.

Ardía el asfalto, crepitaban los cuerpos. Los aplausos, los vítores y los ánimos que caían desde la cuneta para acariciar a los ciclistas apenas sirven de desahogo en un ambiente cargadísimo por la ola de calor, con arena en los pulmones, plomo en los bolsillos y la desesperanza cuando el recorrido mostraba el filo de su dentadura con siete cotas.

El día de la Fiesta Nacional, se reivindicó el poder del Macizo Central, que orgulloso, retador, provocador y pendenciero, abrió las fauces del dragón. Escupió fuego el Tour en la tierra ardiente de los volcanes.

La carrera entró en erupción desde el saludo al sol. Lava en los corazones y fuego en las piernas de las criaturas prodigiosas que corren sobre las brasas de infierno. Pólvora y mecha corta para una jornada.

Un mosaico de dolor, una trinchera infinita con el Côte de Pailherols, Col de la Griffoul, Col de Prat de Bouc, Côte de Murat, Puy Mary - Pas de Peyrol (1a, 7,8 km al 6 %), Col de Pertus (1a, 4,4 km al 8,5 %) y Col de Font de Cère.

El bochorno, el sofoco y la asfixia estallaron en cada pulgada de un territorio que horadó los cuerpos, expuestos a un tratado de tortura. Un paraje que es un averno, que une al ser humano con la metafísica. Cerca del más allá, lejos de la realidad. Una experiencia mística.

El UAE y su férreo control. Efe

Control del UAE

Los descamisados sin esperanza promulgaron una rebelión contra el dominio apabullante, insultante, del UAE, que zarandea la carrera a su antojo. Dioses contra humanos.

Agarrada por la pechera desde la mesiánica exhibición de Pogacar, una marcha nupcial convoca al batallón del esloveno, que es un grupo salvaje despiadado.

En ese terreno de bandoleros, asaltadores de caminos, buscavidas y virtuosos de las escapadas, se conformó, entre cargas y descargas, una fuga con muchos y afamados escapistas, entre ellos Ion Izagirre.

Cuatro cotas de desgarro después a Javier Romo solo y al comando, un hombre contra el destino y el imperio, mientras el resto se fundía, rostros de cera, ante el paso marcial de la formación de Pogacar, siempre intimidante su pose.

Apenas un puñado de dorsales además de los favoritos era capaz de seguir a los secundarios del esloveno, que empujaban con furia, bufando, mientras el resto jadeaba.

Pogacar, fiel a su pose inquebrantable, marmórea, museística permanecía hierático, boca cerrada. El esloveno corre en apnea.

Una criatura mitológica con un sistema respiratorio de fábula. Pogacar es un holograma de sí mismo. Infatigable, refractario al esfuerzo que a otros conmueve al extremo.

El esloveno es una proyección intangible, inmaterial, etérea. Romo, que pertenece a lo mundano, exhausto, tuvo que capitular en la subida a Pas de Peyrol.

La valentía de Carapaz

Un lugar para la agonía, una galería de retratos del tormento. El museo de los horrores. Lenguaje bélico en las entrañas del hexágono, en un laberinto de repechos. Se agitó Richard Carapaz, insobornable, corajudo, rostro de guerra el suyo.

Carapaz, en solitario. Efe

En el grupo de Pogacar se deshojaban los más débiles al compás de Adam Yates. Muerte por estrangulamiento. Una letanía. De repente, hubo un cambio. La pulsión de la juventud.

Seixas ordenó más potencia a Riccitello. Enfilaron al grupo. Coronaron a escasos quince segundos de Carapaz, que se alejó de la jauría que le acosaba trazando en los límites. El descenso, serpenteante, invocaba a los kamikazes.

Pidcock, excelso bajador, resbaló en una curva y perdió unas puntadas. Las remendó. Carapaz, a todo o nada, ciclistas a dos tintas, corría con la rabia impulsándole cada centímetro. En cada pedalada descargaba una tormenta de energía.

Con esa determinación, encaró el Col de Pertus, 4,4 kilómetros al 8,5%. Yates inició el esprint en la montaña como alma que lleva el diablo. Pogacar le susurró algo al oído. Se impuso un suspiro de calma entre el gentío que servía de cortafuegos.

Yates no era capaz de limar al ecuatoriano. La locomotora de Carchi era un tren cremallera echando humo montaña arriba. Alrededor de Pogacar, se balanceaban Vingegaard, Del Toro, Seixas, Evenepoel. Ayuso o Lipowitz.

Pogacar se enciende

Piganzoli, sherpa de Vingegaard, elevó los descibelios. Entonces estalló Pogacar. Lanzó su bomba. Muerte y destrucción a su paso. Quedaron los escombros. Vingegaard no hizo el amago por seguirle.

Continuó a su ritmo, al lado de los otros. Solo Del Toro se descompuso. El esloveno, ser alado, un Pegaso galopando, levitando, agarró a Carapaz cuando quiso.

Pogacar, en solitario, perseguido por el resto de favoritos. Efe

Le sobrepasó con un destello. Pogacar de nuevo a solas. Otra vez por delante. En el vis a vis que mantiene con la historia. Carapaz y el grupo de elegidos le perseguían sin desmayo. Intuían el amarillo. Pero no lograban verlo.

Lo sentían lejano. Siempre la misma narrativa. La historia interminable. Ni en el llano anterior a la cota final, un sexteto con los mejores ciclistas, Vingegaard, Seixas, Evenepoel., Lipowitz, Ayuso, y Skjelmose fueron capaces de restarle un solo segundo.

El esloveno, fuera de categoría, hombros oscilantes, se lanzaba hacia otra hazaña- El coleccionista de gestas. Enterrado el Tour en el Tourmalet, en el Macizo Central, donde la travesía era un castigo ejemplar, un muestrario repleto jadeos, de rostros penitentes, que son muecas de dolor en una carrera que envejece el organismo, que lo oxida, disfrutaba el esloveno.

Gozoso Pogacar en el calvario de un viaje al centro de la tierra, a los confines de uno mismo. En la Fiesta Nacional francesa, el campeón tomó el Tour, que arde en la hoguera de las vanidades. Danzad malditos. El esloveno montó su propia fiesta. El akelarre de Pogacar.

14/07/2026