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José Luis Villacañas (Úbeda, 1955), catedrático de Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid, presenta este martes a las 19:00 horas en el Modelo Aretoa de Zarautz, en una charla organizada por ZarautzOn, su último ensayo, Senderos que se bifurcan. Una historia del poder de los neandertales a Trump (Arpa, 2026). En esta obra, el pensador traza una anatomía de las formas de dominación para entender las derivas autoritarias de la geopolítica actual.
A lo largo de esta entrevista, Villacañas analiza las raíces del trumpismo, la hipervigilancia tecnológica heredada del 11-S y la trampa de la desafección política, apelando a la escala local y al diálogo cara a cara como la verdadera trinchera de resistencia frente al algoritmo.
Origen del libro
En Senderos que se bifurcan traza una genealogía del poder desde la Prehistoria hasta Donald Trump. ¿De qué urgencia del presente le nace la idea de escribir este libro y mirar tan atrás?
Hacer un alto reflexivo y ver desde qué pasado tenemos que mirar el presente para comprender la ola en la que vamos atrapados es una constante en las ciencias humanas y sociales. Me he sumado a una corriente actual llamada historia de larga duración o historia mundial. En lugar de reflexionar sobre los momentos tradicionales de la modernidad, como la Revolución Francesa o la Reforma, esta corriente analiza pulsiones humanas más arcaicas y elementos antropológicos antiguos que se ofrecen como constantes. El triunfo de los sapiens sobre los neandertales inicia una transformación social ligada a la mejora del lenguaje y los medios de comunicación. Esto permitió estructuras sociales más amplias. Hace unos 5.000 años irrumpieron grandes poderes centralizados y expansivos con técnicas de dominación muy radicales que destruyeron los mundos locales de la vida. Ha existido una pulsión permanente hacia la creación de poderes imperiales masivos, carentes de respeto por las minorías y los espacios locales.
Al fin y al cabo, es querer controlar el mundo y ser el dueño de todo.
Tiene que ver con la creación de teologías políticas, como ha estudiado Jan Assmann. Surge la irrupción de seres humanos que se ven como representantes de un Dios único en la Tierra, con capacidad para dominar las conciencias, exigir lealtad bajo amenazas de castigos eternos y aplicar formas de control poblacional. Esa pulsión sigue manifestándose hoy en personajes que se creen dioses en la Tierra, como Donald Trump, pero también en su entorno (Peter Thiel o JD Vance). Creen estar conduciendo la batalla apocalíptica final. Son figuras megalómanas y constantes en la historia que buscan la deificación.
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El dinero y la obsesión del poder
¿Y por qué cree que llegan a ese punto? Todos sabemos que la vida se va a acabar.
Es la pregunta de cómo enferman psíquicamente los seres humanos: gozando de manera absoluta de sus propias representaciones. Un ser humano ajusta sus ideas contrastándolas con el principio de realidad a través del diálogo con otros. Cuando alguien goza solo de sus representaciones, el mundo real se transforma en el mundo de sus ideas, entra en un túnel mental infinito y se vuelve reacio al principio de realidad. Donald Trump nombra a dos jueces del Tribunal Supremo y, cuando estos fallan en su contra sobre el voto por correo, dice: ¿Quiénes son estos? Deben ser unos impostores puestos por un mago, recordando la locura del Quijote. Es la mentalidad de un paranoide. Y está ahí arriba porque sirve a mucha gente que no está loca, pero que busca sus propios beneficios a cambio de que este personaje satisfaga sus intereses. Cervantes nos enseña que los locos siempre recuperan la cordura cuando se habla de dinero. El dinero es la representación abstracta que canaliza los ideales de omnipotencia del deseo. Por su propia estructura conceptual, el dinero es una fuente permanente de megalomanía y de obsesión por el poder absoluto.
Aboga por defender la organización comunitaria a una escala más pequeña.
Cuanto más concentrado sea el poder, menos capacidad tiene de frenar a los poderes imperiales, porque es más fácil negociar con ellos. Los poderes concentrados pactan entre sí. Lo único que podemos hacer como estructura de resistencia es diseminar los poderes tanto como sea posible, pero con una contrapartida: que los poderes locales estén en condiciones de cooperar intensamente. Si no existe cooperación sin generar monstruos centralizados, los mundos de la vida no sobrevivirán. El nivel local y comunitario es decisivo. En esta “guerra de guerrillas” de resistencia, la existencia de estructuras comunitarias capaces de defenderse es lo único que perturba una estrategia que solo cuenta con poderes concentrados, burocratizados y fácilmente vendibles.
Control masivo después del 11-S
Analiza las encrucijadas históricas. Recientemente ha sido la efeméride del 11-S. ¿Cree que ese acontecimiento sirvió para construir el gran catalizador del modelo de control y seguridad en el que vivimos hoy?
No te quepa la menor duda. En septiembre de 2003, dos años después del 11-S, tuvo lugar en Stanford la conferencia Política y Apocalipsis. Allí intervino Peter Thiel, propietario de Palantir, la mayor empresa de seguridad probada en el control de la población palestina y vendida luego al ICE estadounidense. Thiel planteó en su texto El momento straussiano que entrábamos en una época donde la noción de Apocalipsis sería central. Defendió que la estructura de seguridad es la fundamental, que obliga a romper los contrapesos constitucionales, que solo puede llevarlo a cabo un presidente con poderes especiales y que la seguridad mundial debe pasar a manos de la cooperación de los servicios secretos mundiales. Todo lo que vivimos 25 años después de las Torres Gemelas es ese programa: la convergencia de la industria tecnológica de seguridad con un planteamiento apocalíptico de la realidad mundial.
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En el ámbito estatal vemos una ciudadanía desencantada que no cree en los políticos. Aunque la abstención sea masiva, las élites siguen ocupando el poder. ¿Es esta desafección la victoria definitiva de un sistema que ha convertido la política en mero espectáculo?
Por supuesto. Los partidos llamados progresistas tienen una gran responsabilidad porque han actuado como partidos de Estado centralizados, distantes de la población y salpicados por corruptelas. Si nos enrolamos en el discurso político central, entramos en una comprensión abstracta y espectacular de la política que no resuelve las necesidades concretas. Necesitamos dotar de poder político real a las ciudades y comarcas. Todas las estructuras centrales de poder, desde el Antiguo Egipto, han buscado la despolitización y la desmotivación para extender un sentimiento de impotencia. La gente debe encontrar su sentimiento de potencia allí donde vive, en la cooperación local y en la solidaridad.
La felicidad, las noticias negativas en los medios y la charla de Zarautz
Hoy dependemos del teléfono móvil, internet y redes sociales. El algoritmo nos conoce y nos personaliza el miedo. En este contexto, ¿es el diálogo cara a cara y la presencia humana nuestra última trinchera de resistencia?
Sí. El problema de todo arte de vivir es el ritmo con el que entregamos nuestra atención. Si la tecnología sirve para que en Zarautz haya diez personas más mirándonos a los ojos, habrá un sentido. Nunca se ha desmantelado un sistema técnico, pero hay que evitar la delegación absoluta de nuestra expresividad en la técnica. Debemos recuperar los encuentros reales, los que generan la resonancia de los cuerpos y de la carne.
Los medios suelen centrarse en noticias negativas que generan desánimo. ¿La solución es aislarse o cómo recomienda buscar la felicidad?
Los grandes medios están diseñados para generar miedo e impotencia. Frente a eso, allí donde dos seres humanos conversan cara a cara pueden motivarse y politizar su existencia. Lo crucial es crear estructuras comunicativas locales que defiendan la pluralidad humana frente al empobrecimiento homogeneizador.
El próximo martes estará en el Modelo Aretoa de Zarautz. ¿Qué tipo de diálogo le gustaría provocar en el público que se acerque?
Lo que más nos urge en este momento es romper con las frases hechas, los dogmas y la mirada configurada por el algoritmo. Necesitamos encuentros donde brille la inteligencia compartida de los seres humanos. Trump no es el sistema, es solo el loco que tiene que poner el sistema boca abajo; un instrumento para canalizar un mundo que está muy bien diseñado por detrás. De todo eso y del mundo que nos preparan es de lo que me gustaría hablar en Zarautz la semana que viene.